La primera unificación castellano-leonesa

 

Proseguimos con el recorrido que estamos haciendo por los reinos cristianos peninsulares en la lucha por su supervivencia y por la expansión de la cristiandad hacia tierras más meridionales. En la entrada de hoy vamos a ser testigos de la primera unificación que se dio entre los reinos de Castilla y León, con las consecuencias que eso tuvo para la conquista de Toledo en 1085 por Alfonso VI. ¡Bienvenidos a Hispania!

Imagen destacada: Conquista de Toledo. Bancos de la Plaza España, Toledo.

La existencia de la presión navarra sobre la frontera castellano-oriental es un hecho que se ha aceptado como cierto. El por qué de esta situación debemos buscarlo en la necesidad que los navarros tienen de cohesionar políticamente zonas que mantienen una gran coherencia por el grado similar de desarrollo socioeconómico. En este sentido, las zonas de la Castilla más arcaica responderían a estos preceptos, ser susceptibles de ser anexionadas por el rey de Navarra.

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Imagen 1. Fernando I, el protagonista de nuestro artículo de hoy.

Siguiendo una táctica que ya funcionó con la anexión del condado de Aragón, la monarquía navarra ata importantes cabos dinásticos casándose el rey, Sancho III con la hermana del último conde castellano García Sánchez. De este modo, cuando el conde sea asesinado en León en 1029, el rey navarro hará valer los derechos de su esposa Munia y anexionará el condado de Castilla al reino de los Pirineos.

Asumir el gobierno de Castilla implica, necesariamente y si uno quiere ser bien aceptado por los súbditos, el convertir en propias las causas que estaban llevando a cabo los condes castellanos; esto es, la expansión por las tierras del Cea y del Pisuerga, una expansión que llevará a Sancho III a la guerra con León en 1034, conquistando la capital del reino leonés. Sancho III, no obstante, morirá al año siguiente y será su hijo, Fernando I, el que recoja el testigo de la causa de su padre. Fernando ya había estado ejerciendo como rey castellano mientras vivía su padre, y será la rivalidad entre Castilla y León la que lleve a ambos reinos a la guerra en la batalla de Tamarón en 1037. El nuevo rey de León, Vermudo III, que había regresado de Galicia para tomar el trono leonés al morir Sancho III, caerá derrotado y muerto sin descendencia en la batalla, siendo así Fernando I el que tomará el relevo del reino leonés casando con la hermana de Vermudo, Sancha. Corría así el año 1037 cuando se producía la primera unificación castellano-leonesa.

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Imagen 2. Extensión del reino de León en 1037, momento de su unificación con Castilla.

Es conveniente mencionar que la sociedad leonesa ya había superado con éxito la transformación de una sociedad heredera del modelo de Estado público a una sociedad estamental de corte feudal. Superada esta crisis, la sociedad leonesa avanzaba hacia el futuro con paso firme; mientras que la sociedad castellana todavía estaba lastrada por esa transformación sin haber sido superada del todo. Todavía más lo estaba, si cabe, por la adopción de modelos de sociedad navarros, tan primitivos como los castellanos orientales y que suponía un freno todavía mayor para liderar la expansión cristiana del norte peninsular.

Es ahora donde intervienen de nuevo los problemas dinásticos. A la muerte de Sancho III, quedaba como heredero del reino de Navarra García Sánchez III, primogénito del rey, mientras que Fernando I, el segundo hijo, había dado aquel golpe de mano magistral llegando a ser rey de Castila y León. Títulos que lo llevaron a titularse imperator, un título que lo colocaba por encima de su hermano el rey de Navarra. Fue este hecho el que comenzó a despertar las hostilidades entre ambos, ya que tradicionalmente se interpretaba que el primogénito tenía un rango superior y distintivo al del resto de hermanos, pero con la adopción de ese nuevo título por parte de Fernando la cosa cambiaba. A pesar de los intentos de mediación de Santo Domingo de Silos y el abad Íñigo de Oña, los hermanos llegaron a la guerra en la batalla de Atapuerca de 1054, siendo derrotado y muerto García Sánchez de Navarra y siendo titulado inmediatamente como rey Sancho IV Garcés. Fernando tan sólo exigió como compensación la anexión del noroeste de la Bureba.

Fernando I heredó una sociedad, la leonesa, con una estabilidad muy acusada y en proceso de dinámica expansiva y repobladora; una dinámica que ahora es eminentemente feudal en contraposición a la del siglo X, de corte público-estatal. Coincidió que esta reactivación expansiva, detenida durante sesenta años de rebeliones nobiliarias mientras el feudalismo calaba en la sociedad, coincidió con el desmoronamiento político del califato omeya de Córdoba. El califato nunca llegó a superar las diferencias étnicas y tribales de los diferentes grupos asentados en la Península tras la conquista del reino visigodo, grupos que ya habían protagonizado importantes tensiones anteriormente. Los problemas surgen cuando no existía ya una personalidad lo suficientemente potente como para acallar esas revueltas y someterlas, tal fue el caso de abd al-Rahman III o Almanzor, muerto en 1001, así como su hijo abd al-Malik, muerto poco después. La ausencia de una figura que aglutine al-Andalus lleva a la sociedad andalusí al borde de la guerra civil, un enfrentamiento que cristaliza en la formación de los reinos de taifas en 1031.

Esta situación es inmejorable para los reinos cristianos del norte, pero sólo el reino castellanoleonés posee el suficiente vigor como para poder aprovecharse de la oportunidad; y poco a poco comenzará a agredir la frontera andalusí del norte preludiando las importantes conquistas de finales del siglo XI como la de Toledo.

La creación y uso de las parias como rasgo de la hegemonía feudal.

No tenemos grandes avances territoriales en todo este siglo XI, pero a Fernando I le debemos la creación del sistema de recompensas a cambio de la ayuda militar a los reinos de taifas, el sistema de parias.

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Imagen 3. Cuando el califato omeya implosionó desde dentro por las intrigas palaciegas y la estricta burocracia, emergieron multitud de reinos de taifas, una situación que favoreció a los reinos del norte.

En palabras de José María Mínguez: “las parias, inicialmente, son enormes sumas de dinero que los reyes y príncipes cristianos exigen a las distintas facciones o reinos andalusíes inmersos en luchas internas a cambio de la ayuda militar cristiana”.

De la intervención ocasional del principio para obtener ayuda en algún conflicto puntual se pasó rápidamente a una protección sistemática e institucionalizada que pronto se reveló en auténtica dependencia militar de los reyes taifas al respecto de los cristianos. Una protección que se ejercía a cambio de tributos cada vez más onerosos para la población andalusí; ya que la sociedad del norte, en pleno proceso de expansión, requería de la circulación monetaria cada vez en mayor cantidad. Una actividad que revelaba simplemente el modelo de sociedad feudal basada en la dominación del más débil por parte del más poderoso, pero trasladado a las relaciones políticas entre Estados.

Pero la sociedad andalusí, de carácter público-estatal a pesar de estar ahora fracturada en numerosos y pequeños reinos, era diametralmente opuesta a la nueva sociedad feudal del norte, y los príncipes musulmanes carecían de la capacidad coactiva de los reyes feudales para imponer rentas a sus súbditos de forma arbitraria para poder recaudar más dinero. Esta ingente presión provocó un descontento increíble entre la población andalusí, descontento que explica por qué apoyarían más adelante a los almorávides contra los ejércitos del norte y, además, para someter a los diferentes reyes taifas.

Es, por tanto, el objetivo principal de Fernando I recaudar esas parias con cada expedición a al-Andalus. Pero las parias tienen una cara B que es incompatible con los procesos de expansión territorial, ya que la sostenibilidad del sistema depende de la capacidad de los reinos cristianos de proteger a esos reinos, de modo que la agresión a los mismos es incompatible. Es por esto por lo que la frontera occidental de la Cristiandad se establece en el río Mondego.

La creación de tres reinos a raíz de uno. La muerte de Fernando I.

Los éxitos de Fernando fueron posibles gracias a la unificación de Castilla y León, dos reinos que finalmente superaron juntos la crisis feudal del siglo X y avanzaban a buen paso hacia el futuro. Sin embargo, el rey no fue lo suficientemente listo como para realizar un testamento que fomentara los intereses que tanto había costado conseguir, y siguiendo la tónica general de la época, partió sus heredades entre sus hijos en 1063.

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Imagen 4. Situación de los reinos a la muerte de Fernando I. Esta situación no durará mucho, pues Alfonso VI se hará pronto con el control de la totalidad de los tres.

El primogénito, Sancho, heredaría Castilla y las parias del reino de Zaragoza. Alfonso heredaría León y las parias del reino de Toledo. Y finalmente el hermano menor, García, heredaría Portugal y las parias de los reinos de Badajoz y Sevilla.

El primero en alarmarse y molestarse por ese atentado contra la unidad territorial fue Sancho, aunque quizá más por motivos personales que políticos. Tiene mucho que ver que al mandarlo a Castilla se le apartaba de León y del título de imperator que iba ligado a esa ciudad desde el siglo X, título que otorgaba la preeminencia entre los demás reinos. No perderá el tiempo y, tras la muerte de Fernando, Sancho derrotará a Alfonso obligándolo a exiliarse a Toledo y encarcelará a García. Unas victorias efímeras, pues Sancho murió en el asedio a Zamora y esto posibilitó la vuelta de Alfonso al poder reunificando de nuevo Castilla y León con el nombre de Alfonso VI.

Todo este episodio será ampliamente novelado y llevado al cine con toda la historia de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid campeador, los juramentos de Santa Gadea, el ultraje de los infantes de Carrión a las hijas del héroe, que se presentará como víctima de la envidia y la perfidia del rey leonés… pero eso no nos toca ahora.

Bibliografía:

MÍNGUEZ FERNÁNDEZ, JOSÉ MARÍA: La España de los siglos VI al XIII. Guerra, expansión y transformaciones, Editorial Nerea, 2004.

ISLA FREZ, AMANCIO: Ejército, sociedad y política en la Península Ibérica entre los siglos VIII-X, Editorial CSIC, 2010.

 

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