Conociendo la Península Ibérica por los cuatro costados (I). El relieve.

Esta es la primera de una serie de entradas donde nos aproximaremos a conocer nuestra tierra, la auténtica, un poco más de cerca en un viaje hasta su más remoto pasado geológico. En esta entrada empezaremos por el principio y por eso vamos a hablar de placas tectónicas, continentes, orogenias, montañas, valles, fallas… ¿Te apetece saber cómo encajar todo esto? Vamos allá.

El relieve peninsular e insular.

Imagen 1. Mapa de las distintas placas tectónicas que existen. Además de ellas existen otras más pequeñas, como la microplaca ibérica, cuya fricción con la placa africana acabó configurando nuestra península. Fuente: matutinazo.com

Cuando hablamos de la Historia geológica de la Península Ibérica tenemos que saber que en ese pack también entran las islas Baleares, y es una Historia que hunde sus raíces en lo más profundo de las eras geológicas. La evolución de este territorio viene definida por su posición entre dos placas tectónicas, la euroasiática y la africana, y por ello los choques entre ambas van a condicionar lo que pase aquí. Por otro lado, tenemos las islas Canarias con una Historia geológica mucho más reciente. Vamos a ver cuáles son las características principales del relieve peninsular:

La Península Ibérica es maciza y tiene una extensión de 581.353 km2. Sus costas tienen un trazado generalmente rectilíneo y está unida al resto de Europa por los Pirineos, una cadena montañosa de unos 440 km de longitud.

Tiene una elevada altitud media, concretamente unos 660 metros sobre el nivel del mar. Este hecho provoca que España sea el segundo país europeo en altura, tan sólo superado por Suiza, debido a la elevada altitud de la Meseta.

El relieve tiene una configuración periférica a la Meseta. Alrededor de esta se disponen las restantes unidades del relieve que la aíslan de la influencia marina.

Recorramos ahora los orígenes de la Península en lo más profundo de las eras geológicas.

Era Precámbrica (4.600 – 570 m.a).

En los primeros momentos de formación de nuestro planeta no existían tierras emergidas que formasen parte de la Península Ibérica, pero sí que existía una banda montañosa configurada en dirección NO-SE en la zona que hoy ocupa el Macizo Galaico y que, de hecho, fue el germen de esta unidad montañosa. A finales del Precámbrico, tras muchos millones de años de erosión, este macizo estaba prácticamente arrasado y fue cubierto por los mares. El supercontinente Pangea se estaba formando.

Era Paleozoica o primaria (570 – 230 m.a).

Imagen 2. Durante el Paleozoico, emergió el zócalo ibérico o hespérico, todo él integrado en el supercontinente Pangea, que acabaría por conformar la base dura silícea de la futura Península Ibérica. Fuente: pinterest.es

En este período se produjeron la orogenia caledoniana y la orogenia herciniana, es decir, movimientos que generaron relieve; aunque sólo la última afectó a la futura Península Ibérica. En este momento se formaron el macizo Hespérico, los macizos Bético-Rifeños y el Catalano-Balear, unidades de relieve muy antiguo que se desarrollarían más adelante formando las cordilleras Béticas y la cordillera Costero-catalana.

Pangea comienza su separación en dos bloques: Gondwana al sur y Laurasia al norte, quedando la Península dentro de este último conjunto y conformándose el mar de Tethis como la gran divisoria entre ambos conjuntos, el lejano precedente de nuestro mar Mediterráneo.

La orogenia herciniana hizo emerger la Meseta y el esqueleto principal del relieve peninsular. Estas rocas conformaban un zócalo paleozoico duro y de composición silícea, dando lugar a lo que hoy conocemos como España silícea.

Era Mesozoica o secundaria (230 – 65 m.a).

Imagen 3. Durante el Mesozoico, la península ya se parecía algo más a lo que conocemos, pero todavía que daba mucho por hacer. Los sedimentos de la parte silícea se depositaron en los mares para conformar el resto del relieve. Fuente: pinterest.es

Este largo período se caracterizó por la calma orogénica, y lo que encontramos es un largo proceso de erosión y sedimentación de los relieves existentes. En el caso de la Península Ibérica tenemos que destacar:

Los relieves hercinianos se erosionaron hasta crear una gran llanura, depositándose todos esos sedimentos en los mares poco profundos.

El mar avanzó y retrocedió tras varios movimientos que se conocen como movimientos epirogénicos.

Las fosas marinas que se ubicaban en lo que hoy son los Pirineos y las cordilleras Béticas se fueron colmatando de sedimentos calizos, formándose una gran cobertera plástica sobre el zócalo paleozoico silíceo y duro, conformando lo que hoy conocemos como España caliza.

La Meseta se inclinó hacia el mar Mediterráneo, produciéndose un basculamiento de todos los ríos primitivos hacia aquel mar.

Era Cenozoica terciaria (65 – 2 m.a).

Imagen 4. Durante el Cenozoico, la Península Ibérica alcanzó prácticamente la configuración que conocemos hoy. La sedimentación acabó por conformar la depresión del Guadalquivir y el litoral mediterráneo. A pesar de que no se recoge en la imagen, las islas Baleares emergieron también aquí como prolongación del macizo Bético. Imagen: pinterest.es

La Meseta se definió por fin tal y como la conocemos, así como sus rebordes montañosos, y se produjo el nacimiento de las islas Canarias. Las placas tectónicas euroasiática y africana chocaron, produciendo lo que conocemos como orogenia alpina, un nuevo movimiento por el cual se elevaron de nuevo las unidades del relieve y los continentes se quedaron definidos tal y como los conocemos hoy. En el caso de la Península Ibérica:

Se elevaron los Pirineos y las cordilleras Béticas a través del plegamiento de los materiales calizos que se habían depositado a través de la sedimentación. Las islas Baleares surgieron entonces como una prolongación de las cordilleras Béticas y también surgieron la cordillera Costero-catalana y los Montes Vascos como prolongación de los Pirineos.

Se abrieron las cuencas de los ríos Ebro y Guadalquivir, que fueron llenándose progresivamente de sedimentos.

El macizo Hespérico se fracturó en bloques según el modelo de horst y graben, una denominación alemana que designa el hundimiento de unos bloques duros formando cubetas y el alzamiento de otros bloques formando cadenas montañosas. Los bloques que se alzaron fueron el macizo Galaico, la parte occidental de la Cordillera Cantábrica, el Sistema Central y los Montes de Toledo; mientras que los bloques hundidos fueron las submesetas Norte y Sur.

La Meseta dejó de inclinarse hacia el Mediterráneo y se inclinó hacia el Atlántico, manteniéndose así hasta la fecha.

– Los continuos choques de las fallas provocaron intensa actividad volcánica en zonas como el Campo de Calatrava (Ciudad Real), Olot (Girona) o el Cabo de Gata (Almería).

– Por último, la orogenia alpina fracturó el fondo oceánico del Atlántico haciendo emerger material magmático del interior de la Tierra que acabó por solidificarse y formó las islas Canarias.

Era Cenozoica cuaternaria (2 m.a – actualidad).

Imagen 5. Durante el Cuaternario, el glaciarismo terminó por modelar algunos aspectos del relieve, si bien la Península Ibérica ya tenía las características qeu conocemos hoy. Fuente: pinterest.es

Esta etapa se caracterizó por el fenómeno del glaciarismo, mientras que la sedimentación es poco potente. El glaciarismo se caracterizó por la alternancia de períodos glaciares de intenso frío con otros interglaciares más templados.

En la Península, el glaciarismo estuvo presente en los Pirineos, Cordillera Cantábrica, Sistema Central, Sistema Ibérico y las cordilleras Béticas, concretamente en Sierra Nevada. Los ríos fueron erosionando sus cauces y excavando los relieves por los que discurrían, formando los valles aluviales y las terrazas. Por último, las líneas de costa se modificaron por los ascensos y descensos del nivel del mar según los glaciares de los polos aumentaban o disminuían de tamaño.

Bibliografía:

Imagen destacada extraída de: museoecologiahumana.org.

vv.aa (2002): Geografía de los Grandes Espacios Mundiales I y II. Editorial UNED.

vv.aa (2009): Geografía General I. Geografía Física. Editorial UNED.

Las primeras batallas de los godos contra Roma

El contacto de los godos con los pueblos orientales, más dedicados al nomadismo y al pastoreo, terminó por lograr que estos se relacionaran más con el caballo como montura e instrumento de guerra, un elemento central para los nobles godos. No sólo en las monturas, sino que la influencia sármata se dejó sentir en las armas, estilos de lucha, organización militar y en otros muchos aspectos. Por lo demás, los godos se encontraban ahora en un contexto de continuas alianzas y luchas con otros pueblos bárbaros y, por supuesto, con Roma; contra la que se estrellaron miles de godos en la guerra. En esta entrada nos valdremos de la numismática para ilustrar los períodos basándonos en los distintos emperadores.

Contactos en el siglo III.

Imagen 1. As de Gordiano III mirando hacia la derecha en el anverso, mientras que en el reverso se representa a la Libertas Augusti, la “Libertad del emperador”. A partir del siglo III es frecuente encontrar representaciones de la libertad, la justicia, la seguridad o la representación de Roma para buscar la legitimidad de los numerosos emperadores usurpadores que se sucedieron entre los siglos III y V. Fuente: cgbfr.es

El primer momento en que tenemos atestiguado el traspaso del limes romano por los godos lo tenemos en el año 238, al comienzo del reinado de Gordiano III. Los godos asaltaron las provincias de la Dacia y Mesia Inferior en un ataque lo suficientemente potente como para que Roma firmara con ellos un acuerdo, mediante el cual se pagarían subsidios y el alistamiento de miles de godos en el ejército romano para enfrentarse a los persas a cambio de la paz; un hecho atestiguado por Jordanes cuando se realiza el recuento de las fuerzas que Gordiano III y Filipo el Árabe llevaron contra la Persia sasánida en el 244. Pero como tantas veces ocurrirá en la turbulenta relación entre Roma y los godos, aquella dejó de pagar los subsidios a los godos cuando Gordiano III falleció a manos del rey persa Sapor I. Probablemente los godos intuyeran la debilidad romana y la oportunidad de amasar ingentes botines como pago por los miles de godos muertos en la lejana Persia junto con las legiones romanas; incursiones que repitieron entre 245 y 247.

Jordanes hace referencia a que las bandas de godos sumaban unos 30.000 hombres reunidos en torno a un rey, Ostrogota, quien en el año 248 volvió a devastar las provincias danubianas poniendo asedio a la ciudad de Marcianópolis, que tuvo que pagar un cuantioso rescate a cambio de levantar el asedio. Ningún ejército romano les molestó mientras volvían a casa cargados de esclavos y riquezas.

Imagen 2. Antoniniano (tipo de moneda más baja en contenido en plata que los denarios) de Trajano Decio, representado mirando hacia la derecha en el anverso mientras que en el reverso se representa a Pannoniae, las dos provincias de Panonia Superior e Inferior, su tierra natal. Fuente: cgbfr.es

Otra grave invasión debió ser la de los años 250-251, pues el emperador Decio en persona tuvo que acudir al frente de un gran ejército junto a su coemperador, Herenio Etrusco. El ejército romano, de unos 45.000 hombres, infligió un grave revés a los godos en Nicópolis; pero los supervivientes huyeron junto a su jefe, Cniva, y pusieron asedio a la ciudad de Filipópolis, que acabó cediendo por traición desde dentro. La horda continuó en movimiento, acosada por las tropas de Decio hasta que fueron acorralados en los pantanos de Abrittus, lugar del todo insalubre. A los romanos les hubiera bastado con esperar acampados a que los godos murieran de hambre o por la enfermedad; pero Decio no quiso esperar e invadió los pantanos acosando a los godos. La tragedia se hizo evidente cuando la infantería pesada romana quedó atascada en el fango y las ciénagas, por lo que los godos, de equipamiento mucho más ligero, no tuvieron más que ir eliminando hombre por hombre. Decio murió combatiendo con valentía… pero sin lograr su objetivo. La situación se estaba complicando mucho para Roma.

En el año 255, otros grupos de godos se embarcaron en el mar Negro con rumbo al sur, poniendo sitio a la ciudad de Pisius, que no pudieron tomar. Lejos de desanimarse, continuaron navegando hacia el sur, alcanzando la ciudad de Trebisonda, capital de una rica región y con una doble muralla considerada inexpugnable, lo que llevó a la guarnición a confiarse y a no echar cuenta a que los godos lograron escalar las defensas y penetraron dentro. La ciudad entera fue saqueada, los templos incendiados y miles de ciudadanos fueron hechos esclavos, colmándose los barcos godos de botín y prisioneros. Todavía pudieron tomar y saquear más poblaciones sin que ningún ejército les estorbase, así que, cuando ya no pudieron cargar nada más; regresaron por el estrecho del Bósforo y regresaron a sus tierras.

Imagen 3. Antoniniano de Claudio II “El Gótico”. El emperador se representa mirando hacia la derecha mientras que en el anverso se representa la Aequitas Augusti, la “Equidad del emperador” con un cuerno de la abundancia o cornucopia en su mano izquierda para representar la bonanza económica pretendida por este emperador. Fuente: cgbfr.es

Estos años y los siguientes fueron años duros para Roma y años buenos para los godos. Entre el 261 y el 270 sembraron la destrucción desde Creta hasta Rodas, a Dacia y a las costas orientales de Italia. Llegaron a saquear varias ciudades de Grecia, entre ellas Argos, Corinto y Esparta, hasta que acabaron en Atenas, donde encontraron una férrea resistencia y donde los atenienses lograron infligirles hasta 3.000 bajas. Los godos huyeron hacia el norte, hacia Tracia, donde el emperador Galieno acudía ya con un nuevo ejército y les causó una grave derrota, eliminando al rey de los hérulos, aniquilando miles de guerreros, apresando a gran parte de sus mujeres y niños y liberando a todos los prisioneros romanos que tenían, una victoria que probablemente sea la que está inmortalizada en el sarcófago Ludovisi. Muerto Galieno por traición, fue Claudio II el que ascendió al poder y reanudó la lucha contra los godos.

En el año 268 se produjo una invasión gigantesca de godos. Las fuentes estiman unas 320.000 personas, una cifra sin duda exagerada pero que nos da pistas sobre la magnitud del grupo. Otro calificativo que dan las fuentes a esta horda fue el de “pesadilla de los godos”, pero a pesar de todo los meses pasaron y las ciudades que fueron asediando lograron resistir. Llegado el invierno y muertos de hambre y frío, los godos se dividieron en dos grupos, yendo el primero hacia las islas del Egeo con intención de abastecerse y el otro poniendo rumbo hacia Macedonia. Pero a estos los estaba esperando el emperador en la figura de Aureliano, su jefe de caballería, quien hostigó a los godos para que siguieran desplazándose hacia el norte siguiendo el plan de Claudio para interceptarlos con el ejército a pie.

Y es que el ejército de Claudio II era imponente, estimándose en unos 6.000 jinetes y unos 45.000 soldados de a pie. La batalla entre godos y romanos estuvo ciertamente reñida, pero la actuación de la caballería de Aureliano fue decisiva para envolver a los bárbaros, lográndose así una rotunda victoria romana en la que se estiman unos 50.000 muertos del bando visigodo; una victoria tan grande que le mereció a Claudio II el sobrenombre de Gothicus (el Gótico). Los godos que sobrevivieron lograron irse al sur y entrar en Atenas, saqueando y dañando lugares emblemáticos como la Academia o la Biblioteca de Adriano, pero la caballería de Aureliano los fue hostigando hasta acabar con ellos. Claudio II acabaría muriendo tras contraer la peste, de modo que fue Aureliano el encargado de reclamar el Imperio y de terminar con los últimos resquicios de las bandas godas, persiguiéndolas hasta más allá del limes danubiano y llevando la guerra hasta las tierras de los godos. Tales victorias le valieron a Aureliano el sobrenombre de Gothicus Maximus, revelando que para el año 271 los godos eran el enemigo más temido por Roma en el Danubio.

Imagen 4. Antoniniano del emperador Aureliano mirando hacia la derecha en el anverso, mientras que en el reverso se representa la Restitutor Orbis, la “Restauración del Mundo”, apareciendo la paz entregando una corona de laurel a Aureliano, que está vestido con armadura y sostiene una lanza. Es una clara referencia al contexto de crisis y cambio que se vivía en el Imperio; donde continuamente había que hacer referencia a la paz y a la restauración del orden romano. Fuente: cgbfr.es

A pesar de todo, las sucesivas victorias obtenidas por Claudio II y Aureliano no pudieron impedir que el nuevo emperador reconociera como definitivamente perdida la provincia de Dacia conquistada por Trajano. Pero a pesar de ello, Aureliano logró mantener la paz en el Imperio y acabar con el Imperio de Palmira, restaurando el Imperio Oriental y, del mismo modo, logró someter al Imperio Galo, reintegrando aquella región para Roma. El Imperio volvía a ser fuerte y reunificado bajo un emperador.

A finales del siglo III los godos no dieron excesivos problemas a Roma, al contrario, se alistaron como soldados del ejército romano en época de Diocleciano y Galerio para luchar contra Persia entre el 295 y 298, pero mientras tanto se fortalecían y se reponían de la dura derrota ante Claudio II y Aureliano.

Imagen 5. Antoniniano del emperador Diocleciano con diadema y mirando hacia la derecha. En el reverso se representa a los cuatro miembros de la Tetrarquía de finales del siglo III: Diocleciano, Maximiano, Constantino y Galerio bajo la fórmula Virtus Militum, el “Poder de los Militares”. En el Bajo Imperio Romano fue habitual que las dos partes del Imperio, Occidente y Oriente, fueran gobernadas por dos emperadores y dos césares como su mano derecha, aunque esto era motivo frecuente de guerras civiles. Fuente: cgbfr.es

Contactos en el siglo IV.

En el 319 los godos rompieron las defensas que Diocleciano y Galerio habían establecido en el Danubio, pero Constantino logró convencerlos de que era mejor que se retiraran y liberaran a los cautivos de sus incursiones en Tracia, bajo el mando de Licinio, que se mostró sumamente ofendido por ese acuerdo. Derrotado este y reunificado el Imperio, Constantino proyectó su poder hacia las fronteras, donde no podía permitir que los godos siguieran haciéndose más fuertes, pues poco a poco los godos se estaban agrupando en confederaciones tribales de las que destacaban sobre todo dos: los tervingios entre los ríos Dniéster, Danubio y Tisza y los greutungos entre los ríos Dniéster y Don. Sin duda tenemos que afirmar que estas entidades políticas eran muy difusas, pero desde luego suponían un salto cualitativo y cuantitativo en cuanto a poder militar que los godos podían reunir y en cuanto a su desarrollo político, social y económico.

Imagen 6. Follis del emperador Constantino en bronce con el emperador con diadema mirando hacia la derecha en el anverso, mientras en el reverso se representa al Sol Invicto Comiti el emperador “acompañado por el Sol invicto”, haciendo así propaganda de su victoria sobre los demás líderes del Imperio y sobre los bárbaros. Fuente: cgbfr.es

En el 328 Constantino ordenó reforzar el limes danubiano y construir nuevas fortalezas antes de que la guerra estallara, lo que finalmente sucedió en el 331. Fue un enfrentamiento costoso en hombres y recursos, pero el dominio romano del río permitió a estos ir aislando a los godos, que carecían de logística alguna, hasta que en el invierno de 331-332 hasta 100.000 godos tervingios perecieron de hambre y frío, quedando los supervivientes realmente desmoralizados y con pocas ganas de luchar más. El emperador firmó con ellos entonces un foedus mediante el cual el jefe de los tervingios, Ariarico, aceptaba dejar de percibir subsidios y respetar la frontera romana, además de entregar como rehén a su hijo y mandar al menos 3.000 guerreros cuando se le requiriera. A cambio, se permitía a los godos poseer la mayor parte de la antigua provincia de Dacia y comerciar con las provincias romanas limítrofes.

Fueron estas aventuras las que, poco a poco, fueron configurando unos nuevos godos que conocería la Historia y nosotros mismos como los visigodos y los ostrogodos.

Bibliografía:

Imagen destacada: La victoria de Claudio II sobre los godos, relieve contenido en el conocido como sarcófago Ludovisi. Fuente: Historia National Geographic.

Jiménez Garnica, Ana Mª. (2010): Nuevas gentes, nuevo Imperio: los godos y Occidente en el siglo V, Editorial UNED, Madrid.

Sanz Serrano, R. (2009): Historia de los godos, una epopeya histórica de Escandinavia a Toledo, La Esfera de los Libros, Madrid.

Soto Chica, J. (2020): Los visigodos. Hijos de un dios furioso, Desperta Ferro Ediciones, Madrid.

Rastreando el pasado (II): ¿Por qué emigraron los godos?

Veíamos en la entrada anterior las descripciones y noticias históricas que tenemos acerca de las migraciones de los godos y otros pueblos desde el lejano norte, en Escandinavia, hasta llegar a las tierras dominadas por los romanos de Oriente. Ahora tenemos que detenernos en las razones que llevaron a estos pueblos a emigrar hasta tierras tan lejanas, ¡bienvenidos a la Germania antigua!

Germania y los germanos.

Cuando Julio César se enfrentó a los germanos a lo largo de la Guerra de las Galias (58 – 51 a.C.), Germania era un territorio pobre que estaba poblado por pequeñas agrupaciones tribales. Diversos estudios históricos, arqueológicos y polínicos constatan que los bosques cubrían enormes extensiones de territorio y entre ellos se encontraban pequeños asentamientos humanos con una duración generalmente breve. La economía de esta gran región que los romanos conocían como Germania Libera era muy primitiva, caracterizada por la presencia de pequeñas aldeas cuyos habitantes empleaban técnicas agrícolas deficientes utilizando un arado sin reja de hierro que era incapaz de profundizar en el surco y de voltear la tierra arrancando las raíces; por lo que esta no lograba oxigenarse.

Imagen 1. Diversos pueblos germanos al otro lado de la frontera romana. Fuente: wikimedia.org

La tendencia al monocultivo y el único empleo de la ceniza como abono obligaba a estos aldeanos a labrar nuevas tierras que, una vez cosechadas, debían dejarse en barbecho al menos dos años para que pudieran volver a ser fértiles. A pesar de esto, no se podía evitar que, al cabo de un par de generaciones, los campos se agotaran y la aldea entera tuviera que emigrar buscando un nuevo asentamiento más propicio donde comenzar de nuevo el ciclo. El cultivo predominante eran los cereales, y la ganadería no servía para paliar la escasez de alimentos de los cultivos, ya que la falta de forraje para el invierno hacía necesario sacrificar al final del otoño la mayoría de los animales por la imposibilidad de estabularlos y alimentarlos durante el invierno, así que la caza seguía ostentando un importante papel como fuente de proteínas y podía significar la diferencia entre la vida y la muerte en años de malas cosechas.

Como podréis imaginar, este tipo de economías no permitían la existencia de artesanos especializados que se dedicaran exclusivamente a producir útiles de cualquier clase o incluso manifestaciones artísticas, ya que todas las manos eran necesarias para el campo. Se desconocía la fabricación de cerámica a torno con piezas bien elaboradas y cocidas como llevaban produciéndose siglos en el mundo Mediterráneo; y los germanos tenían que conformarse con sencillas y frágiles vajillas hechas a mano. Lo mismo sucede con los elementos de adorno personal, siendo los más abundantes de bronce, algunos de plata y casi ninguno de oro.

Con las armas pasaba lo mismo, eran en líneas generales muy deficientes. A lo largo del siglo I la mayoría de los germanos no llevaba ni yelmo ni armaduras de ninguna clase, protegiéndose tan solo con escudos de madera y portando ligeras lanzas de estrecha y afilada hoja. Podemos concluir, por tanto, que la vida en la gran región de la Germania Libera era pobre en el vestir y en el guerrear.

Imagen 2. Escena de la batalla de Teutoburgo, en 9 d.C. Los guerreros germanos apenas portaban armamento comparados con los legionarios romanos aunque en este caso falló la planificación romana, dando la victoria a los germanos de Arminio. Fuente: irminsuldigital.wordpress.com

Pero poco a poco todo esto comenzó a cambiar con el establecimiento de las fronteras romanas a lo largo del Rin y del Danubio, pues la instalación de decenas de miles de soldados significó la demanda de una gran variedad de productos que acabaron por dinamizar la economía de las tribus más próximas a la frontera, así como las que se hallaban inmediatamente después de ellas. La plata comenzó a llegar a estas regiones y con ella nuevas técnicas agrícolas, como un arado más pesado dotado de cuchillas y reja de hierro al estilo romano. No sólo eso, sino que también se aprendió a usar el estiércol del ganado para abonar los campos y se introdujo un sistema de rotación que incluía a una nueva planta, se ponía trigo el primer año y cebada, avena o legumbres el segundo, por lo que los campos pasaban de tener que estar en barbecho dos años a sólo uno.

Las aldeas también cambiaron, y pasaron de ser pequeños asentamientos de chozas a ser grandes poblados permanentes que podían llegar a albergar miles de personas. Hablamos de una gran revolución tanto económica como demográfica que significó una transformación total de estas tribus situadas entre el Rin y el Elba hacia el año 100 de nuestra era pero que no llegó más allá, por lo que mientras la población y la riqueza de las tribus occidentales crecía sin parar, las tribus de godos asentadas en la desembocadura del Vístula seguían inmersas en el estilo de vida que hemos mencionado anteriormente.

Como podréis comprobar, se presentaba como inevitable que los godos y otras tribus como los vándalos, los longobardos o los burgundios se vieran atraídas por esta explosión a todos los niveles y que se desplazasen hacia esos territorios del oeste y el sur.

Pero, ¿y por qué los godos se fueron a otro sitio?

La respuesta es la misma, pero en un lugar diferente: los godos se sentían atraídos por otro foco de riqueza y que ellos conocían como Oium, es decir, las regiones que hoy se incluyen en Moldavia, Ucrania, el sur de Rusia y el este de Rumanía, tierras ricas de verdad debido a la fertilidad de sus suelos y por el comercio que bullía en aquella región. Comercio no sólo de bienes físicos, sino también de influencias culturales, artísticas, sociales, tecnológicas y guerreras.

Imagen 3. Las provincias romanas con los pueblos germanos más allá de la frontera. Los godos siguieron una ruta de emigración más oriental que les llevó al Mar Negro (Pontus Euxinus), y desde allí tuvieron contacto con las provincias más orientales, sobre todo Moesia Superior e Inferior y Tracia. Fuente: historia-aleman.blogspot.com

¿Sabían dónde iban? Está claro, y la influencia que obtuvieron en estas regiones fue realmente decisiva y así ha quedado evidenciada en numerosos ajuares funerarios, sobre todo en sepulturas principescas, donde los nobles godos aparecen rodeados de ricos objetos de influencia sármata como largas espadas de doble filo y lanzas de caballería muy largas con las que hacían cargas de caballería. Que estos elementos materiales fruto del comercio aparecieran en primer lugar entre los godos antes que las revoluciones agrarias que hemos mencionado antes evidencian que el comercio y la guerra eran el motor que impulsó los cambios sociales en los que la aristocracia militar jugaba un papel fundamental.

Se ha tenido en cuenta que esta aristocracia comenzó a ganar cada vez más protagonismo en los primeros siglos de nuestra era, los cuales lograban reunir a su alrededor a cada vez más seguidores y vasallos, así como criados y esclavos. Esta nueva nobleza contaba con cada vez más hombres armados a su alrededor; y entre todos compartían aventuras guerreras y riquezas. Fue esta nueva nobleza la que impulsó la migración hacia Oriente primero y hacia Occidente después, por lo que nos tenemos que imaginar al noble seguido de su familia y sus seguidores, criados y siervos en busca de nuevos lugares. A veces estos grupos podían juntarse para evitar peligros, pero en general serían bastante autónomos.

También tenemos que pensar que las tierras a las que llegaron no estaban vacías, pues había allí numerosos grupos de otros pueblos. Los godos se hicieron sitio entre estos pueblos guerreando contra ellos y apropiándose de sus tierras o bien sometiéndolos, aunque también aliándose y mezclándose con ellos; de tal modo que, hacia 220 ya estaban asentados en Moldavia y en las laderas orientales de los Cárpatos. Los godos no tardarían en darse cuenta de las posibilidades de pillaje que ofrecían las cercanas provincias romanas de Dacia, Mesia y Tracia, por lo que, a partir del año 238, comenzaron a asaltar la frontera junto con otras tribus.

Bibliografía:

Imagen de cabecera: Mapa detallado de Germania en época antigua. Fuente: 123rf.com

Jiménez Garnica, Ana Mª. (2010): Nuevas gentes, nuevo Imperio: los godos y Occidente en el siglo V, Editorial UNED, Madrid.

Sanz Serrano, R. (2009): Historia de los godos, una epopeya histórica de Escandinavia a Toledo, La Esfera de los Libros, Madrid.

Soto Chica, J. (2020): Los visigodos. Hijos de un dios furioso, Desperta Ferro Ediciones, Madrid.

Rastreando el pasado (I): ¿De dónde provienen los godos?

Dedicamos esta entrada a descubrir, a través de la historia y la arqueología, el origen de los godos y las razones que los llevaron a entrar en contacto con otros pueblos y con las fronteras romanas en el siglo III de nuestra era. Además, analizaremos qué clase de región era Germania y sus características principales.

Hay una región en Suecia que, desde tiempos antiguos, se llama Götaland y que en tiempos antiguos albergó un pueblo que conocemos como los götar o gautas, o, dicho de otra manera, los godos. Esta región se hallaba dividida en numerosos señoríos agrupados en dos entidades territoriales superiores: la Gotia del Este o Vestrogotia, y la Gotia del Oeste u Ostrogotia.

Imagen 1. Mapa de la región de Götaland en la Suecia actual, con Göteborg como capital de la región conservando aún el nombre de los godos. Fuente: Wikimedia.org

Durante toda la Edad Media, los habitantes de Götaland reivindicaron siempre a sus ancestros godos, y esa identificación podemos rastrearla documentalmente en el siglo VIII cuando se redacta el poema épico Beowulf, un héroe que ostenta de hecho el título de rey de los gautas o godos. Esa identificación se alargó durante toda la Baja Edad Media y aún en el siglo XVII encontramos evidencias de que suecos y españoles afirmaban ser descendientes de los godos. A este respecto encontramos la obra de Diego de Saavedra Fajardo Corona gótica, castellana y austriaca políticamente ilustrada, un tratado destinado a facilitar el acercamiento en las negociaciones entre españoles y suecos de cara a la Paz de Westfalia de 1648. Pero remontémonos más atrás.

Jordanes, en su archiconocida obra Getica escrita hacia 551 d.C. afirmó que Escandinavia era el lugar desde donde los godos habían partido y que, por lo tanto, allí se encontraba su cuna. Hay que destacar que Jordanes no nos habla de la Escandinavia del año 100 a.C. sino de la contemporánea al momento en que él escribe. El autor señala a los gautigodos como una raza de “hombres fieros, siempre dispuestos a combatir”. Tras ellos, menciona a los ostrogodos y los greoringos. Parece viable identificar a los gautigodos de Jordanes con los gautas de Beowulf, una teoría que refuerza Procopio cuando también describe la Escandinavia del siglo VI colocando a los gautas. La conexión entre estos gautas del siglo VI y los del siglo VIII del poema épico parece clara, pero ¿qué hay de los godos que aparecieron en las fronteras romanas durante el siglo III? ¿Podían los godos del siglo VI tener evidencias ciertas de su origen escandinavo? Echemos un vistazo a una historia que Procopio recoge.

Imagen 2. Idealización de unos guerreros bárbaros. Los gautas/godos podrían encajar con este perfil. Fuente: etniasdelmundo.com

Había asentado un gran contingente de hérulos en la región danubiana al servicio del emperador Justiniano. Habían llegado allí en torno al año 510 tras ser derrotados por los longobardos, pero algunas bandas de hérulos decidieron emigrar hacia otros lugares. Una de ellas concretamente decidió emprender un largo camino hacia el norte hasta alcanzar la costa del mar Báltico, en torno a lo que hoy es Mecklemburgo y Pomerania. Aún caminarían más, pues liderados por caudillos de la familia real, atravesaron el Báltico hasta las tierras de los daneses y a las de los hérulos del norte, sus parientes, y allí decidieron instalarse junto a los gautas o godos.

Años más tarde, los hérulos que se habían quedado en tierras de Justiniano como federados del emperador, asesinaron a su rey. Pero poco después se arrepintieron y decidieron mandar una embajada a las lejanas tierras nórdicas de sus parientes, aquellos que hacía ya treinta años que se habían asentado allí en torno a las raíces de su pueblo. Tras numerosos meses de viajes y penurias, la embajada llegó al lejano norte y allí seleccionó a un miembro superviviente de la vieja familia real hérula que, junto a unos doscientos guerreros, emprendieron el camino de vuelta hacia las tierras del emperador Justiniano. Como había pasado tanto tiempo, los hérulos que quedaron en territorio imperial se cansaron de esperar y pidieron al emperador que les diese un rey. Éste, encantado con la idea, les envió a Suartuas, un noble hérulo de su confianza que le servía como guardia personal y que, poco después, fue aclamado como rey de los hérulos.

Todo fue perfecto hasta que la embajada del norte regresó a salvo y triunfante, con nada menos que un rey hérulo de Escandinavia para acaudillar a su pueblo. El choque entre ambos monarcas fue inevitable, y los hérulos del Danubio acabaron por abandonar al que había propuesto Justiniano para pasarse al otro bando. El emperador no se lo tomó demasiado bien y apoyó con tropas y dinero a su candidato en una encarnizada guerra civil que ensangrentó al pueblo hérulo. Temerosos de la cólera imperial, muchos hérulos se pusieron bajo la protección de los gépidos, longobardos y ávaros, pueblos en guerra permanente con el Imperio y entre sí mismos. Así llegamos al final de la historia, encontrando que los hérulos fueron diluyéndose poco a poco hasta encontrar la última mención al respecto de ellos en el 599, entremezclados y diluidos ya con grupos de gépidos, búlgaros y eslavos.

Una historia fascinante, pero lo que nos interesa es que Procopio afirmó que tomaba sus fuentes de informantes directamente llegados de Escandinavia y de hérulos protagonistas de los sucesos que hemos mencionado, es decir, que en pleno siglo VI un pueblo germánico que había migrado desde Escandinavia a la par que los godos y que había vagado por Europa, desde España hasta Ucrania, conservaba todavía el vivo recuerdo de su origen escandinavo hasta el punto de regresar para asentarse en la tierra de sus ancestros. Es evidente que nada de esto se habrían planteado si los hérulos no conservasen, además de recuerdos, noticias ciertas y frescas de la pervivencia de sus parientes asentados en el norte. El relato de Procopio nos muestra, por tanto, con qué facilidad un pueblo podía migrar en la Europa de aquel momento y cómo una banda guerrera de no más de doscientos miembros podía plantearse atravesar media Europa para buscar a un candidato con el que reclamar un trono y unas tierras ubicadas en el Imperio.

Así que tal vez las sagas y canciones germánicas a las que con frecuencia acude Jordanes encierren no poca verdad y, en el caso del origen escandinavo de los godos, tener toda la razón. Pero ¿qué hay de la arqueología?

Imagen 3. Ruta de emigración del pueblo godo hacia el sur con sus respectivas fechas. Fuente: arrecaballo.es

La arqueología nos muestra que en el siglo I a.C. se produjo un gran despoblamiento por abandono de las tierras que las fuentes ubican como lugar de origen de los godos, pero no se han hallado pruebas del “traslado” de estas poblaciones al sur del Báltico. Por tanto, los arqueólogos tenemos que aceptar, aunque sea a regañadientes, la multitud de relatos históricos entre los siglos I y IV que coinciden en afirmar aquellas tierras como las originarias de los godos.

Así que podemos concluir que en torno al año 100 a.C. hubo grupos de godos que abandonaron Escandinavia para trasladarse al otro lado del mar Báltico y que, hacia el 20 a.C., tras haber sometido a los habitantes del lugar, estaban sólidamente asentados en las tierras en torno a la desembocadura del río Vístula. Por otro lado, como Jordanes indica que en su migración hacia el sur los godos arrollaron a los vándalos, se ha pensado una cierta relación entre la migración de los godos hacia el sur y el este con el desplazamiento hacia el oeste y el sur de otros pueblos como longobardos, vándalos y burgundios; dando lugar así a las feroces guerras marcomanas producidas entre el 165 y el 189 d.C.

Bibliografía:

Imagen destacada tomada de Desperta Ferro Especiales XXIII: Ejércitos medievales hispánicos (I). Los visigodos. Autor: Adrian Ziliox.

Jiménez Garnica, Ana Mª. (2010): Nuevas gentes, nuevo Imperio: los godos y Occidente en el siglo V, Editorial UNED, Madrid.

Sanz Serrano, R. (2009): Historia de los godos, una epopeya histórica de Escandinavia a Toledo, La Esfera de los Libros, Madrid.

Soto Chica, J. (2020): Los visigodos. Hijos de un dios furioso, Desperta Ferro Ediciones, Madrid.