Los orígenes del reino de Asturias (I)

Teniendo en cuenta lo turbulento del panorama político actual en España, he creído buena idea realizar un estudio sobre los orígenes de lo que fue la Alta Edad Media peninsular; qué es lo que surge tras la súbita caída del reino visigodo en toda la cornisa cantábrica y pirenaica del norte de la Península Ibérica. ¿Fue el mismo proceso el que llevó al reino astur a formarse que el que siguieron los territorios del Pirineo occidental y oriental? Este es un tema que me interesa mucho como investigador y ya me acerqué a este período cuando realicé el trabajo de fin de grado acerca de la formación del reino astur y su transformación posterior en el reino de León. Espero que a vosotros también os guste, y habrá más entradas al respecto. ¡Bienvenidos a Hispania!

Imagen de cabecera: Castillo de Gauzón.

Sobre las cenizas del reino visigodo.

Es de sobra conocido que, en las décadas anteriores a la conquista musulmana de la Península Ibérica, la estructura política centralizada del reino visigodo se hallaba completamente desarticulada con motivo de las transformaciones económicas y sociales que venían realizándose desde tiempo atrás. Me atrevo a afirmar que la caída del reino visigodo fue posible gracias a que ese Estado no fue capaz de ofrecer una resistencia coherente.

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Imagen 1. Vías de penetración y conquista musulmanas en el reino visigodo. Fuente: iris.cnice.mec.es

Era tal la fragmentación política que los nuevos invasores tan sólo hubieron de echar mano de las políticas de pactos y concesiones que tan bien les había funcionado en Siria y en Egipto previamente, y sólo tuvieron que emplear la violencia en contadas ocasiones. Los musulmanes tan sólo hubieron de comprometerse a respetar tanto los bienes de la nobleza territorial, así como los dominios que esta poseía sobre territorios extensos. Se garantizó la libertad de los habitantes, se respetaron sus propiedades y se les permitió seguir ejerciendo su culto a cambio de tributos. Estos pactos son los que revelan la gran fragmentación; pactos que revelan que la aristocracia visigoda veló primero por sus intereses particulares abortando cualquier defensa de cualquier institución superior.

Veamos ahora en qué regiones operaron unos factores u otros dependiendo de su ubicación y lo integradas que estuvieron en el sistema administrativo romano y visigodo.

La marginalidad de la cuenca del Duero.

En este amplio espacio proliferaron las villae lujosas a partir del siglo III. Debido a esta cronología, son espacios que surgen cuando la romanidad comienza ya su inexorable declive y cuando se da inicio la Antigüedad Tardía. La amenaza de la nueva invasión y la emigración de la aristocracia visigoda que había posibilitado que esta región siguiese funcionando dan al traste con este espacio; la situación esclavista tocó a su fin al huir los “amos” y los campesinos permanecieron en estos espacios en situaciones de completa independencia de cualquier poder.

A esto tenemos que sumarle que la frontera andalusí nunca terminó de incluir este espacio, sino que más bien se quedó fijada en la vertiente sur del Sistema Central, mientras que en la cuenca del Duero se asentaron determinadas tribus bereberes que habían contribuido a la conquista debido a la excepcionalidad del territorio para la ganadería. El reino asturleonés tampoco comenzaría a integrar este espacio hasta ya la mitad del siglo X.

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Imagen 2. Núcleo originario del reino de Asturias y posterior expansión. Fuente: danielylosquince.blogspot.com

Esta situación es completamente antagónica a la que se vivió en la cuenca del Ebro y, por ende, en el noreste peninsular. Aquí teníamos importantes ciudades como Calahorra, Zaragoza, Lérida, Tortosa, Tarragona, Barcelona, etc. Esto revela la gran actividad romanizadora de este entorno y lo integrada que estaba esta región en una estructura administrativa superior, primero romana, después visigoda y finalmente musulmana. Pero a esta región nos acercaremos más adelante.

Los habitantes de las montañas. La transformación de la sociedad.

En estos territorios que se corresponden a los grupos humanos que residían en la Cordillera Cantábrica y los Pirineos, la romanización fue mucho más débil que en otros territorios; y así también lo fue la dominación islámica.

En estos territorios, dicha imposición se materializaba únicamente en la recaudación periódica de tributos posible gracias a una tibia e intermitente presencia militar concretada en guarniciones asentadas en pasos específicos y estratégicos, sobre todo en la cadena de fortificaciones visigodas posicionadas para controlar y someter a los cántabros siglos atrás. En el caso pirenaico, el control de los pasos fue decisivo sobre todo para proseguir la ofensiva hacia territorio franco o para repeler una contraofensiva.

Esta situación nos lleva a fijarnos en un detalle interesante. Parece que quienes asumen la iniciativa y el protagonismo de la expansión del siglo VIII no van a ser los pueblos que se habían incorporado plenamente en la estructura administrativa romano-visigoda sino esos pueblos insumisos que habían permanecido relativamente aislados que ahora experimentaban transformaciones sustanciosas.

El caso de la sociedad cántabra.

Está claro que, con la integración de este territorio en la órbita imperial, los pueblos astures y cántabros comienzan a tener acceso a sistemas de ordenación y de organización novedosos para ellos, así como también acceden a los sistemas de producción romanos.

Esto se materializa en la proliferación de villae productoras de recursos en Asturias y Cantabria, con un sistema esclavista muy poco arraigado según parece deducirse de los datos. Esta teoría, de la cual soy partidario, nos dice que este sistema de organización económica y social de grandes terratenientes propietarios puede haberse generado por la influencia romana pero no como resultado de la romanización; esto es, puede ser una evolución autóctona pero influenciada por elementos externos. La permeabilidad está clara, como también parece aceptado que al mismo tiempo que se desarrollan estos sistemas de producción basado en un modelo de villae, también existe población que va cambiando del modelo tradicional de familia extensa a modelos familiares más segmentados en el que la agricultura ha ganado mucho espacio junto a la ganadería tradicional.

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Imagen 3. Los pueblos cantabro-astures, más aislados, desarrollaron pronto unas técnicas productivas y una organización social que permitió su posterior expansión. Fuente: Pinterest.

Este modelo produce una clase terrateniente permeable a influencias externas y poseedora de grandes territorios frente a una base social campesina más reticente y apegada a los sistemas tradicionales. Un dualismo que no debemos olvidar para explicar el origen del reino astur desde una perspectiva de “herederos de la cultura romano-visigoda”. Un posible ejemplo son las primeras expediciones llevadas a cabo por Alfonso I y por su sucesor Fruela contra el valle del Duero; expediciones recogidas en la Crónica de Alfonso III y que tienen una enorme crueldad y afán depredatorio; elementos alejados de los cánones civilizadores y colonizadores de la romanidad.

La verdadera expansión no se producirá hasta el siglo IX, momento en el que quizá la sociedad astur-cántabra llegue a una cohesión interior que le permita expandirse hacia el sur, cohesión unida a la generalización de un sistema productivo basado en la agricultura y la ganadería totalmente sistematizado. También será este el momento en que se produzca la creación definitiva de la familia conyugal como unidad económica de explotación y que será la célula de las comunidades campesinas de este período, permitiendo una agricultura más productiva y de un crecimiento demográfico más rápido.

Los pueblos pirenaicos.

El contraste entre estos pueblos y el cántabro-astur está claro. Mientras que los pueblos cantábricos se encuentran en un estado de semi aislamiento, los pueblos de los Pirineos centrales y orientales se hallan entre dos zonas muy desarrolladas en época romana: el valle del Ebro y el sur de la Galia. Dos zonas estrechamente relacionadas y además bien comunicadas con vías que cruzan los valles pirenaicos y que servirían como polos irradiadores de la civilización romana.

Los visigodos del reino de Tolosa necesitaron afirmar su control sobre estos pasos para poder penetrar y asentarse en la Península, y los musulmanes trataron de controlarlos también para proseguir la conquista de la Galia o para prevenir ataques francos, quienes también hubieron de controlar estas vías de comunicación cuando establecieron la Marca Hispánica.

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Imagen 4. Los valles pirenaicos más inaccesibles fueron baluartes de grupos humanos que aún se movían en la organización tribal. Los pasos montañosos en cambio fueron muy disputados por carolingios, musulmanes y autóctonos. Fuente: abthirion.blogs.sudouest.fr

Esta situación entre dos formaciones políticas antagónicas propició que los valles pirenaicos se convirtieran en un lugar de refugio para los habitantes de comarcas vecinas y, en los altos valles aislados de las llanuras aún podemos encontrar sistemas tribales de organización social en pleno siglo X. Esta conjunción de habitantes propició que quienes ofrecieran resistencia a los musulmanes fueran individuos pertenecientes aún a ese orden tribal en los valles más aislados, habitantes hispanorromanos y visigodos de la llanura y el ejército carolingio, siempre pugnando por crear un colchón defensivo en los Pirineos.

Los vascones del Pirineo occidental también muestran diferencias respecto al resto de sus vecinos. Durante la época romana, Pamplona se convirtió en el núcleo urbano más importante de la región, con una función eminentemente militar y de vigilancia. La influencia romanizadora de la ciudad fue muy débil en la transformación del entorno, un entorno habitado por un sustrato de población rural que no modificó sus tradiciones, economía y estructura social. La crisis del Imperio dio al traste con la autoridad romana casi de manera instantánea; y Pamplona fue absorbida por el sustrato rural vascón; dividiéndose el territorio en demarcaciones repartidas entre jefes tribales. Los visigodos recuperaron la ciudad como foco de control de los levantiscos vascones y en ella establecieron una guarnición militar que capituló en el 718 al invasor musulmán. Pero esa capitulación no sometió a la población rural, que siguió enfrentándose a los musulmanes primero y a los carolingios después.

Dos sociedades, la vascona, la de los Pirineos orientales y la cántabro-astur, que evolucionaron de manera similar desde un sustrato indígena muy poco influenciado por romanos y visigodos hacia un tipo de sociedad unifamiliar y con una economía más desarrollada que posibilitaría los acontecimientos posteriores que seguiremos desgranando en más entradas.

Bibliografía:

MÍNGUEZ FERNÁNDEZ, JOSÉ MARÍA: La España de los siglos VI al XIII. Guerra, expansión y transformaciones, Editorial Nerea, 2004.

ISLA FREZ, AMANCIO: Ejército, sociedad y política en la Península Ibérica entre los siglos VIII-X, Editorial CSIC, 2010.

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