Bárbaros en las fronteras. La visión romana acerca del extranjero y su choque cultural con Roma

En la anterior entrada pudimos observar cómo las gentes entendidas como grupos familiares más o menos extensos eran originarios, según los romanos, de lugares lejanos, inhóspitos y muchas veces fantásticos, como los hiperbóreos; que eran originarios de un lugar donde nunca salía el sol. Poco a poco esas gentes fueron migrando hacia el Sur y hacia el Oeste, en dirección a las fronteras del Imperio y empujadas por diversas razones como hambrunas, pestes, guerra o la búsqueda de territorios más favorables para el cultivo y el asentamiento humano. El Imperio era el remedio perfecto a todas esas contingencias. Poco a poco lograrán permeabilizar el mítico limes o frontera del Imperio, un concepto muy importante para la población romana y acabarán como federados e integrantes de los ejércitos imperiales; un atributo característico de la Roma bajoimperial.

Imagen 1. El muro de Hadriano probablemente sea la imagen más representativa del concepto de limes o frontera, la separación física entre lo que los romanos consideraban civilización y orden frente a barbarie y caos.

En esta entrada vamos a realizar un recorrido por las mentes de los romanos que vieron transitar por sus fronteras a aquellos extraños extranjeros que creían poco menos salidos de una pesadilla. Sólo mediante este paso previo podemos ingresar con nuestros primigenios godos en las legiones bajoimperiales. Vamos a ello.

Tendremos que esperar hasta el tardío siglo VI d.C. para encontrar un relato un poco más complejo y elaborado sobre los orígenes de los godos. Hablamos del romano Casiodoro, que trabajaba para el rey ostrogodo Teodorico en Italia. No deja de resultar cuanto menos extraño que un romano elabore una crónica para su rey, un rey godo, sobre el origen de su pueblo por encargo de aquel, ¿verdad? Así avanzaron los acontecimientos y poco a poco llegaremos a ellos en futuras entradas. Hemos citado a este autor para referirnos a otro que se basó en él unas décadas después, Jordanes, autor fundamental para entender el origen de los godos y que será el mejor guía acerca de este pueblo. Jordanes ya era puramente godo y su obra se titula De origine actibusque Getarum o más comúnmente conocida como Getica, fechada hacia el año 551. En ella sitúa el origen del pueblo godo en una isla denominada Scanda, situada frente al río Vístula entre la Germania y la Escitia caracterizada por un clima frío extremo. Los que emigraron finalmente eran los gauthigoths o descendientes del divino Gaut que después se dividieron en tres grupos según su localización geográfica. Así pues encontramos a los greutingos, los tervingios y los gépidos. Estos grupos salieron de Scanda en tres barcos distintos liderados por su rey Berig y desembarcaron en Gothiscandia, una región que Jordanes denomina pomposamente como fábrica de pueblos y vagina de naciones. (officina gentium aut certe velut vagina nationum, Getica 25-26). Allí lucharon contra otros pueblos que no les dejarían asentarse en sus tierras como los vándalos; posteriormente se aludirá a este remoto origen para explicar las rencillas entre los dos pueblos. Finalmente fue el séptimo rey godo, Filimer, quien llevó a su pueblo hasta llegar al mar Negro, en Escitia, donde de nuevo tuvieron que luchar con otros pueblos por las tierras.

Es en estas tierras y posiblemente no antes del siglo III d.C. cuando según Jordanes se produce ya la división definitiva de los godos, de modo que los que ocupaban la región oriental se denominaron ostrogodos y los que estaban asentados en la región occidental fueron llamados visigodos. Ambos grupos estaban regidos por dos familias, los Amalos o “celestiales” dirigían a los ostrogodos y los Baltos u “osados” dirigían a los visigodos. Respecto a esta cuestión hay algunos autores que se pronuncian. Por un lado Amiano Marcelino sigue tratándolos a todos como tervingios y greutingos aún en el siglo IV. P. Heather (En R. Sanz, 2009, p. 42) opina en cambio que es en el siglo IV cuando esta división se produciría, al ser los orientales engullidos por los hunos y ser los visigodos los únicos que escaparon hacia Occidente. A mí personalmente me gusta más interpretar que estos grupos se dividieron como tal en su origen según Jordanes, aunque es cuando se configura el reino visigodo de Hispania y el reino ostrogodo de Italia cuando estas dos diferenciaciones toman realmente forma.

En definitiva, se definía el origen nórdico a la par que germano de los godos, su división en dos grandes grupos dirigidos por las dos grandes familias, su llegada al mar Negro y su emigración causada por la adversidad climatológica. Es tarea imposible rastrear su migración de forma exhaustiva o metódica, ya que durante su viaje seguramente desplazaron y se mezclaron con otras gentes. A pesar de eso se ha intentado rastrear este viaje en la llamada “cultura de Tschernjachow” desarrollada entre los ríos Dniéster y Don, pero los restos materiales aquí ubicados son muy semejantes a otros de lugares muy variopintos más allá del Danubio. Lo mismo se intentó rastreando el tipo de armamento, pero la semejanza de las armas del norte y el sur de Europa hacen imposible acotar un territorio único en esta época en que predominaban los espacios muy difusos y muy amplios.

Así las cosas, encontramos unos orígenes ciertamente difíciles de rastrear que dieron lugar al pueblo conocido como los godos, grandes protagonistas del fin del Imperio Romano occidental y que, en ésta época final ya distaban mucho de la pureza étnica original de la que alardeaban algunos autores. Estos orígenes tan mitificados se vieron necesarios en una época convulsa en que Roma había caído, no era tanto remontarse a los orígenes sino mostrar a la nueva población sometida, los romanos, que los godos habían sido y “querían ser” una natio donde convivieran godos y romanos pero bajo la supremacía de los primeros. El mismo fenómeno de los godos se dio en pueblos como el lombardo, cuyos orígenes se remontaban al dios Odín y los francos, que se consideraban descendientes del mítico Eneas de Troya, como los propios romanos.

Pero, ¿Por qué los romanos los descalificaban tanto? ¿Tenían una razón para ello?  Bien es cierto que las representaciones de los bárbaros dadas por los autores romanos están muy deformadas debido a la circulación oral de impresiones y a la exageración de los mismos; pero probablemente como siempre sucede, habría algo de verdad en esas exageraciones. La clave para que estos pueblos causaran tanto pavor al romano es su condición de nómada. Esto no los hacía más atrasados cultural o socialmente, era un nomadismo que respondía a unas circunstancias concretas y que había llevado a los emigrantes a deambular a veces durante años. Como emigrantes, mientras éste periplo duraba, ellos se organizarían como podría suceder con los primeros colonos en el Lejano Oeste, y como es de suponer, la composición de estos grupos no era ni homogénea ni sencilla. Se organizaban y movían en bandas, adaptándose a las circunstancias más inmediatas; y a ellos se unían personajes de otro tipo: campesinos, aventureros, proscritos, desertores del ejército… que acentuaban aún más si cabe la imagen de desorden que los romanos percibían de ellos.

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Imagen 2. Círculo de carretas idealizado para el antiguo Oeste pero que revela cómo sería la táctica real de protegerse tras los carros de los enemigos.

Amiano de hecho se quejaba de que los expertos en minas huidos se unían a estos grupos por culpa de la excesiva presión fiscal y el Codex Theodosianus prohibía tajantemente la venta de armas a los extranjeros. Esto encajaría con que, a pesar de  la fama que los bárbaros tenían sobre su desconocimiento del asedio, lo cierto es que las narraciones están repletas de ejemplos que indican lo contrario.

Viajaban con mujeres, niños y ancianos, y hacían toda su vida en sus monturas y carretas mientras la migración durase. Esto significaba un estilo de vida realmente austero y precario así como la alimentación; pues sin terreno disponible para cultivar no tenían nada con lo que sustentarse. Amiano describía a los hunos del siglo IV d.C. situándolos montados en sus caballos y comiendo raíces y carne cruda, vestidos con pieles de cabra o incluso de ratones. Zósimo incluso va más allá, indicando que sus cuerpos eran chatos y mezquinos. Estos hunos cayeron sobre los godos ubicados cerca de la frontera danubiana y los obligaron a huir a Occidente, “suplicando al emperador con las manos extendidas que los acogiera y prometieron comportarse para con él como leales y firmes aliados”.

Claudiano se refería a los godos de Alarico como que iban en grandes grupos y que llevaban consigo a sus mujeres y un gran botín. En su discurso Contra Rufino (En R. Sanz, 2009, p. 70) mencionaba que luchaban formando un círculo defensivo hecho de estacas con doble fosa y cubrían con las pieles de bueyes sacrificados los carros colocados a la manera de una muralla. (Vid supra). La violencia estaba implícita en las condiciones de vida del nómada más aún si era rechazado allá donde llegaban sus pasos si no había cerrado algún trato previo con el emperador.

Fueron esas pequeñas y paulatinas intrusiones por los miles de huecos de un limes permeable las que hacían temer a los romanos por sus haciendas y bienes, alimentando así la xenofobia y el descrédito hacia los emigrantes. Además si a esto le sumamos la incomodidad de compartir el territorio con unas gentes que el Estado ya se había encargado de denigrar y desacreditar con una eficiente propaganda, el conflicto estaba servido. Las migraciones pacíficas se convertían en serias amenazas invasivas.

A pesar de ello no es nuestra intención salvaguardar a los godos o a otros pueblos, pues es sabido que no se comportarían como hermanitas de la caridad. Así las cosas no serían en vano los lamentos de Sinesio de Cirene sobre las depredaciones de los bárbaros del desierto en la provincia Cirenaica o de Hidacio para Hispania refiriéndose a los suevos y godos, o de Agustín de Hipona y Víctor de Vita para los vándalos de África o incluso los documentos oficiales de la corte imperial para las reacciones traidoras y desmesuradas de los godos en Italia, entre ellas el propio saqueo de Roma de Alarico en 410, que no debió de ser precisamente un festival.

Los bárbaros finalmente entraron en contacto con Roma y deambularon por sus territorios con mayor o menor fortuna, pero aún les quedaba mucho por recorrer.

Bibliografía:

SANZ SERRANO, R: Historia de los godos. Una epopeya histórica de Escandinavia a Toledo, Madrid, 2009.
GIMÉNEZ, I.: “Los hunos, el azote del Imperio” en Desperta Ferro, 1, pp. 10-15.
SYVANNE, I.: “El sistema militar godo” en Desperta Ferro, 1, pp. 28-35.

Imagen 1: http://goo.gl/ZXUjzN
Imagen 2: http://goo.gl/AIs4cF

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