Las primeras batallas de los godos contra Roma

El contacto de los godos con los pueblos orientales, más dedicados al nomadismo y al pastoreo, terminó por lograr que estos se relacionaran más con el caballo como montura e instrumento de guerra, un elemento central para los nobles godos. No sólo en las monturas, sino que la influencia sármata se dejó sentir en las armas, estilos de lucha, organización militar y en otros muchos aspectos. Por lo demás, los godos se encontraban ahora en un contexto de continuas alianzas y luchas con otros pueblos bárbaros y, por supuesto, con Roma; contra la que se estrellaron miles de godos en la guerra. En esta entrada nos valdremos de la numismática para ilustrar los períodos basándonos en los distintos emperadores.

Contactos en el siglo III.

Imagen 1. As de Gordiano III mirando hacia la derecha en el anverso, mientras que en el reverso se representa a la Libertas Augusti, la “Libertad del emperador”. A partir del siglo III es frecuente encontrar representaciones de la libertad, la justicia, la seguridad o la representación de Roma para buscar la legitimidad de los numerosos emperadores usurpadores que se sucedieron entre los siglos III y V. Fuente: cgbfr.es

El primer momento en que tenemos atestiguado el traspaso del limes romano por los godos lo tenemos en el año 238, al comienzo del reinado de Gordiano III. Los godos asaltaron las provincias de la Dacia y Mesia Inferior en un ataque lo suficientemente potente como para que Roma firmara con ellos un acuerdo, mediante el cual se pagarían subsidios y el alistamiento de miles de godos en el ejército romano para enfrentarse a los persas a cambio de la paz; un hecho atestiguado por Jordanes cuando se realiza el recuento de las fuerzas que Gordiano III y Filipo el Árabe llevaron contra la Persia sasánida en el 244. Pero como tantas veces ocurrirá en la turbulenta relación entre Roma y los godos, aquella dejó de pagar los subsidios a los godos cuando Gordiano III falleció a manos del rey persa Sapor I. Probablemente los godos intuyeran la debilidad romana y la oportunidad de amasar ingentes botines como pago por los miles de godos muertos en la lejana Persia junto con las legiones romanas; incursiones que repitieron entre 245 y 247.

Jordanes hace referencia a que las bandas de godos sumaban unos 30.000 hombres reunidos en torno a un rey, Ostrogota, quien en el año 248 volvió a devastar las provincias danubianas poniendo asedio a la ciudad de Marcianópolis, que tuvo que pagar un cuantioso rescate a cambio de levantar el asedio. Ningún ejército romano les molestó mientras volvían a casa cargados de esclavos y riquezas.

Imagen 2. Antoniniano (tipo de moneda más baja en contenido en plata que los denarios) de Trajano Decio, representado mirando hacia la derecha en el anverso mientras que en el reverso se representa a Pannoniae, las dos provincias de Panonia Superior e Inferior, su tierra natal. Fuente: cgbfr.es

Otra grave invasión debió ser la de los años 250-251, pues el emperador Decio en persona tuvo que acudir al frente de un gran ejército junto a su coemperador, Herenio Etrusco. El ejército romano, de unos 45.000 hombres, infligió un grave revés a los godos en Nicópolis; pero los supervivientes huyeron junto a su jefe, Cniva, y pusieron asedio a la ciudad de Filipópolis, que acabó cediendo por traición desde dentro. La horda continuó en movimiento, acosada por las tropas de Decio hasta que fueron acorralados en los pantanos de Abrittus, lugar del todo insalubre. A los romanos les hubiera bastado con esperar acampados a que los godos murieran de hambre o por la enfermedad; pero Decio no quiso esperar e invadió los pantanos acosando a los godos. La tragedia se hizo evidente cuando la infantería pesada romana quedó atascada en el fango y las ciénagas, por lo que los godos, de equipamiento mucho más ligero, no tuvieron más que ir eliminando hombre por hombre. Decio murió combatiendo con valentía… pero sin lograr su objetivo. La situación se estaba complicando mucho para Roma.

En el año 255, otros grupos de godos se embarcaron en el mar Negro con rumbo al sur, poniendo sitio a la ciudad de Pisius, que no pudieron tomar. Lejos de desanimarse, continuaron navegando hacia el sur, alcanzando la ciudad de Trebisonda, capital de una rica región y con una doble muralla considerada inexpugnable, lo que llevó a la guarnición a confiarse y a no echar cuenta a que los godos lograron escalar las defensas y penetraron dentro. La ciudad entera fue saqueada, los templos incendiados y miles de ciudadanos fueron hechos esclavos, colmándose los barcos godos de botín y prisioneros. Todavía pudieron tomar y saquear más poblaciones sin que ningún ejército les estorbase, así que, cuando ya no pudieron cargar nada más; regresaron por el estrecho del Bósforo y regresaron a sus tierras.

Imagen 3. Antoniniano de Claudio II “El Gótico”. El emperador se representa mirando hacia la derecha mientras que en el anverso se representa la Aequitas Augusti, la “Equidad del emperador” con un cuerno de la abundancia o cornucopia en su mano izquierda para representar la bonanza económica pretendida por este emperador. Fuente: cgbfr.es

Estos años y los siguientes fueron años duros para Roma y años buenos para los godos. Entre el 261 y el 270 sembraron la destrucción desde Creta hasta Rodas, a Dacia y a las costas orientales de Italia. Llegaron a saquear varias ciudades de Grecia, entre ellas Argos, Corinto y Esparta, hasta que acabaron en Atenas, donde encontraron una férrea resistencia y donde los atenienses lograron infligirles hasta 3.000 bajas. Los godos huyeron hacia el norte, hacia Tracia, donde el emperador Galieno acudía ya con un nuevo ejército y les causó una grave derrota, eliminando al rey de los hérulos, aniquilando miles de guerreros, apresando a gran parte de sus mujeres y niños y liberando a todos los prisioneros romanos que tenían, una victoria que probablemente sea la que está inmortalizada en el sarcófago Ludovisi. Muerto Galieno por traición, fue Claudio II el que ascendió al poder y reanudó la lucha contra los godos.

En el año 268 se produjo una invasión gigantesca de godos. Las fuentes estiman unas 320.000 personas, una cifra sin duda exagerada pero que nos da pistas sobre la magnitud del grupo. Otro calificativo que dan las fuentes a esta horda fue el de “pesadilla de los godos”, pero a pesar de todo los meses pasaron y las ciudades que fueron asediando lograron resistir. Llegado el invierno y muertos de hambre y frío, los godos se dividieron en dos grupos, yendo el primero hacia las islas del Egeo con intención de abastecerse y el otro poniendo rumbo hacia Macedonia. Pero a estos los estaba esperando el emperador en la figura de Aureliano, su jefe de caballería, quien hostigó a los godos para que siguieran desplazándose hacia el norte siguiendo el plan de Claudio para interceptarlos con el ejército a pie.

Y es que el ejército de Claudio II era imponente, estimándose en unos 6.000 jinetes y unos 45.000 soldados de a pie. La batalla entre godos y romanos estuvo ciertamente reñida, pero la actuación de la caballería de Aureliano fue decisiva para envolver a los bárbaros, lográndose así una rotunda victoria romana en la que se estiman unos 50.000 muertos del bando visigodo; una victoria tan grande que le mereció a Claudio II el sobrenombre de Gothicus (el Gótico). Los godos que sobrevivieron lograron irse al sur y entrar en Atenas, saqueando y dañando lugares emblemáticos como la Academia o la Biblioteca de Adriano, pero la caballería de Aureliano los fue hostigando hasta acabar con ellos. Claudio II acabaría muriendo tras contraer la peste, de modo que fue Aureliano el encargado de reclamar el Imperio y de terminar con los últimos resquicios de las bandas godas, persiguiéndolas hasta más allá del limes danubiano y llevando la guerra hasta las tierras de los godos. Tales victorias le valieron a Aureliano el sobrenombre de Gothicus Maximus, revelando que para el año 271 los godos eran el enemigo más temido por Roma en el Danubio.

Imagen 4. Antoniniano del emperador Aureliano mirando hacia la derecha en el anverso, mientras que en el reverso se representa la Restitutor Orbis, la “Restauración del Mundo”, apareciendo la paz entregando una corona de laurel a Aureliano, que está vestido con armadura y sostiene una lanza. Es una clara referencia al contexto de crisis y cambio que se vivía en el Imperio; donde continuamente había que hacer referencia a la paz y a la restauración del orden romano. Fuente: cgbfr.es

A pesar de todo, las sucesivas victorias obtenidas por Claudio II y Aureliano no pudieron impedir que el nuevo emperador reconociera como definitivamente perdida la provincia de Dacia conquistada por Trajano. Pero a pesar de ello, Aureliano logró mantener la paz en el Imperio y acabar con el Imperio de Palmira, restaurando el Imperio Oriental y, del mismo modo, logró someter al Imperio Galo, reintegrando aquella región para Roma. El Imperio volvía a ser fuerte y reunificado bajo un emperador.

A finales del siglo III los godos no dieron excesivos problemas a Roma, al contrario, se alistaron como soldados del ejército romano en época de Diocleciano y Galerio para luchar contra Persia entre el 295 y 298, pero mientras tanto se fortalecían y se reponían de la dura derrota ante Claudio II y Aureliano.

Imagen 5. Antoniniano del emperador Diocleciano con diadema y mirando hacia la derecha. En el reverso se representa a los cuatro miembros de la Tetrarquía de finales del siglo III: Diocleciano, Maximiano, Constantino y Galerio bajo la fórmula Virtus Militum, el “Poder de los Militares”. En el Bajo Imperio Romano fue habitual que las dos partes del Imperio, Occidente y Oriente, fueran gobernadas por dos emperadores y dos césares como su mano derecha, aunque esto era motivo frecuente de guerras civiles. Fuente: cgbfr.es

Contactos en el siglo IV.

En el 319 los godos rompieron las defensas que Diocleciano y Galerio habían establecido en el Danubio, pero Constantino logró convencerlos de que era mejor que se retiraran y liberaran a los cautivos de sus incursiones en Tracia, bajo el mando de Licinio, que se mostró sumamente ofendido por ese acuerdo. Derrotado este y reunificado el Imperio, Constantino proyectó su poder hacia las fronteras, donde no podía permitir que los godos siguieran haciéndose más fuertes, pues poco a poco los godos se estaban agrupando en confederaciones tribales de las que destacaban sobre todo dos: los tervingios entre los ríos Dniéster, Danubio y Tisza y los greutungos entre los ríos Dniéster y Don. Sin duda tenemos que afirmar que estas entidades políticas eran muy difusas, pero desde luego suponían un salto cualitativo y cuantitativo en cuanto a poder militar que los godos podían reunir y en cuanto a su desarrollo político, social y económico.

Imagen 6. Follis del emperador Constantino en bronce con el emperador con diadema mirando hacia la derecha en el anverso, mientras en el reverso se representa al Sol Invicto Comiti el emperador “acompañado por el Sol invicto”, haciendo así propaganda de su victoria sobre los demás líderes del Imperio y sobre los bárbaros. Fuente: cgbfr.es

En el 328 Constantino ordenó reforzar el limes danubiano y construir nuevas fortalezas antes de que la guerra estallara, lo que finalmente sucedió en el 331. Fue un enfrentamiento costoso en hombres y recursos, pero el dominio romano del río permitió a estos ir aislando a los godos, que carecían de logística alguna, hasta que en el invierno de 331-332 hasta 100.000 godos tervingios perecieron de hambre y frío, quedando los supervivientes realmente desmoralizados y con pocas ganas de luchar más. El emperador firmó con ellos entonces un foedus mediante el cual el jefe de los tervingios, Ariarico, aceptaba dejar de percibir subsidios y respetar la frontera romana, además de entregar como rehén a su hijo y mandar al menos 3.000 guerreros cuando se le requiriera. A cambio, se permitía a los godos poseer la mayor parte de la antigua provincia de Dacia y comerciar con las provincias romanas limítrofes.

Fueron estas aventuras las que, poco a poco, fueron configurando unos nuevos godos que conocería la Historia y nosotros mismos como los visigodos y los ostrogodos.

Bibliografía:

Imagen destacada: La victoria de Claudio II sobre los godos, relieve contenido en el conocido como sarcófago Ludovisi. Fuente: Historia National Geographic.

Jiménez Garnica, Ana Mª. (2010): Nuevas gentes, nuevo Imperio: los godos y Occidente en el siglo V, Editorial UNED, Madrid.

Sanz Serrano, R. (2009): Historia de los godos, una epopeya histórica de Escandinavia a Toledo, La Esfera de los Libros, Madrid.

Soto Chica, J. (2020): Los visigodos. Hijos de un dios furioso, Desperta Ferro Ediciones, Madrid.

La huella arqueológica de los pueblos germánicos

En la entrada anterior vimos cómo el reino de Tolosa se desvanecía tras el desastre sucedido en la batalla de Vouillé. El pueblo visigodo perdía su reino y a su rey de un plumazo y fue la Península Ibérica la que ahora sería la sede definitiva de este pueblo errante durante siglos. ¿Realmente podemos rastrear esa migración hacia Hispania? ¿Tenemos fuentes arqueológicas que nos permitan esclarecer claramente el paso y el asentamiento de nuevos pobladores? En la entrada de hoy vamos a ir de mano de la arqueología para intentar esclarecer si los pueblos germánicos en general dejaron una huella arqueológica tan visible como para ser rastreados por el territorio. Continúa leyendo La huella arqueológica de los pueblos germánicos

La decadencia del Imperio de Occidente

En entradas anteriores hemos realizado un recorrido por todo el Barbaricum de más allá de las fronteras imperiales, hemos conocido a los pueblos que lo componían y los motivos que los llevaron a ser tan osados con sus vecinos mediterráneos. Hemos visto cómo el Estado romano integraba a los jóvenes bárbaros en las filas de las legiones para así aculturarlos a la manera romana y esperar con ello que esos jóvenes sirviesen de defensa previa contra los bárbaros de más allá del limes. Hoy vamos a trasladarnos al siglo III para conocer los problemas que, de forma creciente, pusieron en jaque a los sucesivos emperadores occidentales.

El comienzo de la decadencia de la hegemonía romana.

Podemos situar el punto de partida a mediados de este siglo, ya que en el año 251 d.C. el emperador Trajano Decio murió en la batalla de Abrittus contra una confederación de pueblos germánicos. La magnitud de esta muerte sienta una base para los peligros que están por venir para el Imperio, ya que los bárbaros habían dejado de ser una amenaza que combatir en escaramuzas. Ahora se habían llevado por delante la vida de un emperador. Tan sólo diez años después el emperador Valeriano era sometido a la esclavitud luchando en el frente oriental contra los persas.

Imagen 1. Áureo del emperador Trajano Decio, muerto en la batalla de Abrito en 251 d.C. a manos de los godos de Cniva. Fuente: aureocalico.bidinside.com

En este caos es cuando tenemos noticias de posibles godos atacando las provincias danubianas bajo la denominación de gépidos. Esto podemos saberlo porque siglos más tarde San Isidoro menciona que fue en aquel momento cuando los godos descendieron de los montes que habitaban y devastaron las provincias llegando incluso hasta el Peloponeso griego e incluso a Bizancio en el año 258. Zósimo nos relata el peligro de estos tiempos, incluso los peligros que los bárbaros suponían para Roma:

Los escitas se aunaron en un propósito común y congregaron todos sus pueblos y linajes en un solo cuerpo, una fracción del cual devastaba Iliria y saqueaba las ciudades de aquella zona, mientras que la otra, tras invadir Italia, marchaba sobre Roma. En tanto que Galieno se hacía fuerte en los lugares de más allá de los Alpes y se ocupaba de guerrear contra los germanos, el Senado, viendo que Roma se hallaba en situación extrema, armó a los soldados que se encontraban en la ciudad, entregó igualmente armas a los más fuertes de entre la plebe y reunió un ejército que superaba en número a los bárbaros; atemorizadas ante ello, las fuerzas enemigas abandonaron Roma, pero se lanzaron sobre Italia, a la que castigaron prácticamente en su totalidad.

Los godos continuaron sus acciones conjuntas con los escitas en el Mar Negro, obligando al emperador Claudio II apodado “El Gótico” por sus victorias sobre aquellos, a reorganizar las defensas. A esta situación de peligro en Oriente se sumó la llegada de los germanos al extremo occidental del Imperio, pues grupos principalmente de francos y alamanes llegaron hasta la Península Ibérica. Orosio (en Rosa Sanz, pp. 97-98) denuncia la extrema violencia de estos grupos en regiones como Tarragona, y aunque si bien sus textos se han tildado de apocalípticos y catastrofistas, no hay que darlos por malos. La única suerte de los habitantes del Imperio era la incapacidad por aquel entonces de los godos y otros pueblos de no saber organizarse políticamente ya que el número de integrantes de esos grupos era muy reducido y el control que podían ejercer sobre ciudades y regiones era nulo.

La fortificación de las ciudades del Imperio.

Hasta tal punto este terror caló en la mentalidad romana que Roma fue fortificada con una nueva muralla construida por el emperador Aureliano entre 270 y 275, mientras que sus sucesores, Galieno y Probo, se vieron obligados a tratar con los grupos que merodeaban por las provincias integrándolos en el Imperio mediante la estructura de foeda o contratos de servicio militar a cambio de tierras. A estos grupos se los distribuyó por las provincias del limes, que sin dejar de sufrir el continuo devenir de las incursiones, ya estaban prácticamente barbarizadas.

Imagen 2. Plano de Roma. En oscuro tenemos el recinto protegido por las murallas servianas, del siglo IV a.C., las primeras murallas de Roma, y del recinto protegido por las murallas aurelianas, realizadas a finales del siglo III d.C. ante la amenaza bárbara. Los siglos III y IV d.C. fueron un momento de auge de la fortificación de los municipios romanos de todo el Imperio ante la amenaza cada vez más frecuente de ataques bárbaros. Fuente: wikimedia.org

Los acontecimientos que hemos descrito para el siglo III nos dan la impresión de que los bárbaros conocían lo que se gestaba más allá de su particular limes con los romanos. Ataques en los extremos de las fronteras siendo además aparentemente coordinados nos dan la impresión de ello. Además deberían conocer todas las guerras civiles que sacudían también las estructuras imperiales, conocían el escaso valor militar de las legiones en aquel período y la incapacidad del Estado para pagar a sus mercenarios tras décadas de guerras civiles. El culmen de ese descontento puede comprobarse en que algunas de las provincias brindaban su ayuda a estos bárbaros para intentar sacudirse de esa desesperada situación.

El traslado de la capital imperial a Constantinopla en tiempos de Constantino, pensando que así estaría mucho más protegido, provocó la mayoría de sucesos que tendrán lugar en el siglo IV. Los emperadores se aislaron progresivamente en sus cortes rodeados de eunucos y asesores que realmente dirigían los designios del Imperio. Poco a poco la visión del emperador-general que dirigía a las legiones fue desapareciendo y en su lugar apareció el emperador recluido en la Corte y protegido por un costoso aparato simbólico representado en las monedas y el arte. En un momento dado el obispo Sinesio de Cirene, al tiempo que se lamentaba de los problemas militares, incluso instaba al emperador Arcadio a mantener una mayor humildad de costumbres y de vida; no obstante la monarquía estaba ya muy lejos del Senado o del ejército, se había vuelto incontrolable y ello suponía que se encontraba cuestionada por muchos frentes: El Senado quedó como una institución honorífica, los decisiones las tomaba el consejo imperial o sacrum consistorium, concretamente al maestro de oficios que compartía el poder con el responsable de la justicia y el responsable del tesoro imperial. Ahora una burocracia interminable, despreocupada y anquilosada, miraba con indiferencia los problemas militares de las fronteras.

Las provincias gozaron entonces de mayor autonomía y al mando de los gobernadores provinciales se agruparon en diócesis al frente de cada cual se encontraba un vicario. Estas diócesis dependían en último término del general de caballería, el de infantería y éstos a su vez del magister militum praesentalis o general de los ejércitos; que a estas alturas era ya de procedencia bárbara. Esta organización tan autónoma respecto de la autoridad imperial provocó que no siempre los gobernadores locales o provinciales estuvieran de acuerdo con los designios de los generales; y fue la causa de numerosos movimientos rebeldes y secesionistas en el siglo IV con los bárbaros como indiscutibles protagonistas.

Bibliografía:

SANZ SERRANO, R: Historia de los godos. Una epopeya histórica de Escandinavia a Toledo, Madrid, 2009.

FERNÁNDEZ DELGADO, A.: “La caída de Roma” en Desperta Ferro, 1, pp. 6-9.

La aparición de los godos en la sociedad y el ejército romano.

Hemos visto en la entrada anterior cómo los bárbaros y entre ellos los godos fueron vistos desde la óptica romana de orden y civilización. También hemos recorrido los orígenes que las culturas mediterráneas daban a esos extranjeros, muchas veces no más allá de cuentos o historias mitológicas, pero siempre colocando una clara barrera entre ellos y los de más allá, inaugurando el concepto de frontera o limes que veníamos explicando también en la entrada anterior, teniendo su reflejo material más relevante en el muro de Hadriano. Continúa leyendo La aparición de los godos en la sociedad y el ejército romano.