Conociendo a los tervingios: nacimiento, auge y transformación

En la entrada de hoy rastrearemos a los tervingios a través de las fuentes, y también recorreremos sus acciones a lo largo de la frontera del Danubio hasta dar con Valente en la gran batalla de Adrianópolis, de la que nos ocuparemos en una entrada posterior.

Rastreando las fuentes.

Podemos atribuir al controvertido testimonio del “Divino Claudio”, una de las vidas de emperadores contenidas en la Historia Augusta, la primera aparición de los tervingios como tal en una fuente. Son citados en torno al 268 en una lista de tribus que avanzaron sobre la frontera romana produciendo saqueos en lugares muy dispares del Imperio de Oriente. En esta lista también encontramos pueblos como los peucinos, greutungos, gépidos, hérulos y algunos otros pueblos recogidos en términos ya un poco obsoletos para la fecha como los escitas y los celtas. Veinte años después, en un panegírico del emperador Maximiano pronunciado por el poeta Claudio Mamertino en 292, en Tréveris, se mencionó a los tervingios de forma expresa relacionándolos con el agitado maremágnum de pueblos bárbaros en la frontera.

Que los tervingios aparezcan citados en un poema pronunciado muy lejos de donde eran originarios tiene que revelarnos que éstos no podían ser una novedad, y que su poder era lo suficientemente grande como para ser recogidos como protagonistas. Y es que su poder era manifiesto, ya que estaban empujando a los gépidos y a los vándalos de sus hábitats originales, del mismo modo que harían con los carpos y los sármatas. Será Jordanes el que intente engrandecer un poco esta historia al enlazar a los Amalos, la familia real a la que pertenecía Teodorico el Grande donde Jordanes servía, con la familia de los Baltos, familia a la que pertenecía Ataúlfo, segundo rey visigodo.

Imagen 1. Caudillo visigodo recibe a un probable legado romano con alguna propuesta. Fuente: archivoshistoria.com

Amiano Marcelino distingue entre el término de “magistrado” o de “juez” para referirse a Atanarico, el soberano tervingio que guerreó con Valente entre 367 y 369, mientras que para referirse a Ermenrico, el jefe de los greutungos, usa el término “rey”. La investigación histórica ha querido ver aquí que tal vez los tervingios tenían unos jefes con poder político limitado y que no tenían linaje real; pero Zósimo sí que menciona que los tervingios tenían dicho linaje, algo que también mencionan otros textos del siglo IV.

De lo que no cabe duda es de que los tervingios fueron muy capaces de sobrevivir y expandirse en la tumultuosa frontera romana. Temistio, cuyos escritos se fechan entre 369 y 370, señala la existencia de varios reyes tervingios que aceptaban la jefatura suprema del juez Atanarico, el cual los dirigía en la guerra y representaba ante Valente.

La evolución de los tervingios.

Nos gustaría que el lector visualizara ahora la ciudad de Roma en el siglo III, cuando el emperador Aureliano, en un fastuoso triunfo, mostró a los romanos la gloria y el poder de Roma reconstituidos al mostrar a Zenobia de Palmira cargada de cadenas de oro junto a todos los tesoros de Oriente; pero también pudieron ver los romanos a un grupo de amazonas godas, multitud de cautivos godos atados y, lo más relevante, el carro del rey de los godos.

Imagen 2. Reconstrucción virtual del rostro del emperador Aureliano por el artista Haroun Binous, una llamativa e interesante forma de acercarnos el pasado. Fuente: muhimu.es.

Este detalle, aparentemente un apunte literario sin importancia, es muy llamativo porque fue el vehículo elegido por el emperador para mostrarse a los romanos. Y no es que el emperador no tuviera carros a su disposición, mucho más ricos y decorados que este, sino porque estaba claro que Aureliano quería mostrar su aplastante victoria sobre los godos mostrándose sobre el carro de su rey. ¿Entonces es que los godos tenían un rey que fue derrotado por Aureliano? ¿No estábamos hablando de bandas dirigidas por caudillos que no dejaban impronta política o dinástica? Trebonio Polión nos informa de que Aureliano venció a Canabaudes, a quien había matado junto a 100.000 de sus guerreros. Restando importancia a las cifras, parece ser que ese tal Canabaudes tenía la suficiente entidad o poder como para ser el candidato perfecto para ser rey de los godos, tanto poder como para que Aureliano se llevara su rústico y bárbaro carro para pasearse por Roma, es decir, Canabaudes era un caudillo que destacaba sobre cualquier jefe godo como nunca antes hizo ninguno. Podemos por tanto aventurar un paralelismo con que este jefe godo fuera un juez o rey de los tervingios para el año 268.

Jordanes menciona en sus escritos que los godos contaban con un rey de nombre Geberico, quien luchó contra los vándalos y logró expulsarlos de la Dacia. Este rey puede ubicarse en torno al año 292, cuando Claudio Mamertino nos ofrecía noticias acerca del desplazamiento de los vándalos de sus tierras a manos de los godos, pero no sería un caudillo aislado, pues antes de él encontraríamos a Canabaudes y, si atendemos a la petición de auxilio de los vándalos a Constantino en el 334 porque los godos de Ariarico los seguían acosando, podemos establecer una línea dinástica entre estos tres personajes sucesivos.

Imagen 3. Grabado idealizado del rey tervingio Atanarico, realizado en el siglo XVIII por Manuel Rodríguez. Fuente: wikimedia.org

Esta línea dinástica encontró turbulencias en torno al año 376 cuando Atanarico perdió el control del estado tervingio a manos de los caudillos Alavivo y Fritigerno. ¿Quiénes eran estos? Cabe pensar como lo más probable que fueran reyezuelos ligados a la figura política de Atanarico, pero de un linaje lo suficientemente importante como para disputarle el liderazgo del reino tervingio, lo que nos sugiere que uno de ellos o ambos, fueran descendientes de la familia real a la que pertenecían Canabaudes y Geberico.

El empujón imperial.

Bien es cierto que, como dijimos en entradas anteriores, los tervingios recibieron un inestimable empujón imperial para asentar su hegemonía. Roma no sólo convirtió a estos godos en sus interlocutores válidos a través de pactos o foedera para emplearlos como guerreros o para establecer rutas comerciales, sino que intervino activamente para eliminar al que se alzaba como poderoso rival de los tervingios, una tribu que según se nos dice en la Origo Constantini Imperatoris era la “más numerosa y poderosa de las tribus godas”, en el 334; allanando sin duda el camino de los tervingios para establecer su hegemonía.

Imagen 4. Recreación de la construcción de una torre de vigilancia en el limes danubiano. Los limitanei, o tropas de la frontera, la fortifican y ultiman los detalles. Fuente: arrecaballo.es

Parece que fue Atanarico, hijo de Aorico, quien tuvo el enfrentamiento más duro con Roma, y de hecho hablaremos de sus periplos relacionados con ésta. Parece que el origen de estos enfrentamientos fue que, desde el año 332, el poder tervingio no había dejado de crecer y ahora se buscaba una relación más igualada con el Imperio.

Atanarico intervino activamente con el envío de tropas en la rebelión de Procopio, primo de Juliano, cuando Joviano fue elegido como nuevo augusto. Como Procopio podía —y seguramente sería— considerado un potencial peligro por el nuevo emperador, renunció a sus cargos públicos y se retiró a sus fincas en Capadocia. Muerto Joviano, fue Valente el que ascendió al trono, quien consideró que no le convenía que un miembro de la familia de Constantino El Grande siguiera vivo y envió hombres para detenerlo. Procopio huyó a Crimea y aprovechó que Valente preparaba una campaña contra Persia para ir a Constantinopla y comenzar allí una rebelión, obteniendo algunos éxitos iniciales. Aquí entra en el juego Atanarico, apoyando al pretendiente que creía más sólido, enviando 10.000 guerreros en su ayuda; pero Procopio fue vencido en la batalla de Nicolea el 26 de mayo de 366, siendo ajusticiado poco después.

Imagen 5. El limes danubiano o moesio transcurría siguiendo el río Danubio hasta su desembocadura. Esta región se vio seriamente comprometida desde el siglo III. Fuente: arrecaballo.es

Atanarico se veía ahora en una posición tremendamente comprometida, porque había apoyado al bando perdedor de la guerra civil romana y había perdido 10.000 guerreros, un tercio de su fuerza total.

Así que Valente, viendo que Atanarico había traicionado a los dos augustos legítimos —él y su hermano Valentiniano—, decidió que aplastaría a los godos. Comenzó a reunir y a abastecer un formidable ejército para cruzar el Danubio al año siguiente y acabar con Atanarico y los tervingios.

Las campañas godas de Valente fueron tediosas, caras y sin éxitos claros o notables, ya que Atanarico optó por la guerra de guerrillas y se retiró a las montañas de los Cárpatos, ya que no quería un enfrentamiento directo con Valente. En el 369, en la tercera campaña, Valente logró enfrentarse por fin a los tervingios cuando éstos y su juez supremo acudieron en ayuda de los greutungos que el emperador ya combatía. Valente logró la victoria sobre los bárbaros, pero, como decimos, no fue una victoria decisiva y poco cambiaba la situación respecto al punto de inicio. Ambos protagonistas empezaron a recibir presiones: por un lado, Valente recibía presión del senado de Constantinopla urgiéndole a acabar ya aquella costosa e incierta guerra, y por otro estaba Atanarico, que no había sido derrotado, pero era muy consciente de que otra campaña romana más llevaría a su gente a la inanición y a la consecuente muerte por el hambre o por la espada.

Así que Valente, consciente de que no podía costearse una cuarta campaña goda teniendo la persa ya casi lista, decidió que sus generales Víctor y Ariteo gestionaran la paz con los tervingios, pero dejando muy claro su victoria para aumentar el prestigio imperial que tanto necesitaba. Pero claro, Atanarico también tenía que dejar alto el listón si quería mantener el liderazgo y evitar insurgencias o incluso que se deshiciera su confederación. Así que Atanarico dejó claro a Víctor y Ariteo que quería la paz pero que no se humillaría para lograrla, acudiendo tanto él como Valente al río, a territorio en teoría neutral, para firmar una paz “entre iguales”. Valente tenía que aceptar, aunque no era lo que él quería, no sólo porque necesitaba las manos libres para guerrear con Persia, sino porque necesitaba que Atanarico siguiera conteniendo a su gente para no tener una confederación deshecha en numerosas bandas de saqueadores imposibles de controlar en la frontera.

Imagen 6. Recreación del tránsito de personas y mercancías en el limes danubiano. Cuando los godos violentaban esta frontera era muy difícil detener tantas bandas guerreras; por eso desde Roma siempre se trató de buscar un caudillo que liderara a todas las bandas o a la mayoría de ellas. Fuente: Arrecaballo.es

Así que ambos se entrevistaron en el Danubio y acordaron unos términos duros para los godos, pero aceptables. Los términos del nuevo foedus no dejan lugar a duda de la derrota de Atanarico. En primer lugar, los 10.000 guerreros mandados en ayuda de Procopio no volverían a sus tierras, sino que serían alistados en el ejército romano de Valente. En segundo lugar, los tervingios se comprometerían a no cruzar el Danubio bajo ningún contexto, cesando así las incursiones en el delta del río. En tercer lugar, los tervingios renunciaban a los subsidios y prebendas del Imperio, y finalmente, se limitaba el comercio con Roma a dos puntos, dos ciudades designadas por el emperador para que los funcionarios imperiales controlaran mejor el tráfico y gestionaran los impuestos.

Valente podía, por fin, despreocuparse del Danubio y centrarse en Persia, mientras Atanarico vio seriamente comprometido su poder. Es en este momento, en 370, cuando Alavivo y Fritigerno comenzaron a socavar el poder del juez supremo y de su clan, los Baltos. En este contexto tan convulso y de disgregación los godos tendrán que afrontar la nueva amenaza que se cernía sobre ellos desde las estepas: los hunos.

Bibliografía:

Imagen destacada: Reconstrucción del limes romano en Kastell Zugmantel, Taunus, Alemania.

Jiménez Garnica, Ana Mª. (2010): Nuevas gentes, nuevo Imperio: los godos y Occidente en el siglo V, Editorial UNED, Madrid.

Sanz Serrano, R. (2009): Historia de los godos, una epopeya histórica de Escandinavia a Toledo, La Esfera de los Libros, Madrid.

Soto Chica, J. (2020): Los visigodos. Hijos de un dios furioso, Desperta Ferro Ediciones, Madrid.

Un cambio en la percepción: De ser bárbaros a iguales.

Hemos estado viendo en entradas anteriores cómo los godos nacieron y se movieron por las tierras de Europa Oriental hasta llegar a las fronteras con Roma. También hemos visto la evolución en sus estructuras sociales y políticas desde que los romanos empezaran a hablar de ellos en el siglo I d.C. para pasar a ser poco a poco otra cosa diferente… ¿Cómo evolucionaron esas bandas de godos para pasar a ser un auténtico agente político reconocido por Roma? Vamos a descubrirlo.

Un sistema basado en relaciones desiguales.

Imagen 1. Jefes y nobles celtas discuten algún tipo de alianza o acción conjunta durante el Alto Imperio romano. Fuente: romaimperial.com.

Desde que Roma estableciese relaciones diplomáticas o militares con los germanos, éstas siempre habían sido fuertemente desiguales. Nunca se toleró que hubiera vecinos fuertes en las fronteras y, de ser así, se organizaban campañas para destruirlo, tal y como hizo Trajano contra los dacios en el siglo II d.C. Pero esto cambió casi por completo un siglo después.

Tal y como sabemos, Roma había logrado rechazar a los godos y a otros pueblos invasores en el siglo III, pero cuando el Imperio firmó un primer foedus con un grupo de godos en el 332 d.C., ya iniciado el siglo IV, no sólo se estaba reconociendo a aquel grupo de godos como un aliado, sino que se le trataba por tanto en igualdad de condiciones y se le reconocía como interlocutor reconocido de cara a tratar con otros pueblos bárbaros. ¿Qué ha pasado aquí?

Todos sabemos lo que supusieron las invasiones del siglo V para el Imperio romano, pero nadie suele detenerse en las del siglo III y en el esfuerzo titánico que Roma hubo de hacer para rechazarlas movilizando ingentes cantidades de hombres y recursos. Entonces, ¿por qué Roma encajó mejor las invasiones del siglo III que las del siglo V? Tal y como comenta José Soto, se trató únicamente de la férrea voluntad de resistir de los romanos del siglo III, mientras que esa voluntad no fue tan firme dos siglos después.

Imagen 2. Asalto bárbaro al limes romano, seguramente en el Danubio, en las invasiones del siglo III. Fuente: arrecaballo.es.

Los bárbaros del siglo III eran igual de fieros y numerosos que los del siglo V; lo que sí es cierto es que su organización no estaba tan afianzada como en momentos posteriores, así como, por paradójico que pueda resultar, su grado de romanización.

Los romanos del siglo III, en cambio, tenían una gran voluntad de resistir, pero, además, el Imperio contó con emperadores tan vivaces y combativos como Claudio II o Aureliano; figuras claves en la lucha contra los invasores. La Roma del siglo III confió mucho más en sí misma y en su capacidad de sobreponerse a los germanos que la Roma del siglo V, mucho más titubeante y dependiente de los propios germanos para su subsistencia, concretamente de los godos.

Como último elemento de génesis de los tervingios tenemos que mencionar que fueron los propios emperadores romanos, sobre todo Constantino, el que estabilizó la situación de anarquía que los bárbaros tenían a través del reconocimiento de jueces y jefes guerreros entre los godos para que éstos sobresalieran en su sociedad y pudieran organizarla de algún modo, logrando así controlar mucho mejor a esos pueblos organizados en grandes núcleos que no en pequeñas bandas guerreras incontrolables y anárquicas como había sido hasta ese momento.

¿Qué ha cambiado tanto?

Imagen 3. Invasiones bárbaras del siglo III d.C. en ambas partes del Imperio. Fuente: arrecaballo.es.

Si nos retrotraemos brevemente, a inicios del siglo III los godos eran habitantes de pequeños asentamientos en régimen de subsistencia, mientras que en el siglo IV nos hallamos con grandes aldeas que, en muchos casos, explotan sus recursos de manera muy avanzada a imagen y semejanza del Imperio. Y no sólo eran asentamientos dedicados al campo, sino que también producían artículos para exportar mientras importaban otros. Ya no estamos ante los pobres godos del Báltico, sino ante sociedades que consumen y producen objetos de gran calidad. La arqueología nos muestra cómo la tierra se trabajaba ya con arados con reja de hierro y cómo se roturaban nuevas tierras; con el incremento de población correspondiente. No sólo eso, sino que, como muestra José Soto, en la actual Ucrania, había una auténtica “factoría” dedicada a la producción de herramientas y armas de hierro; encontrándose allí restos de 15 herrerías agrupadas donde trabajarían al menos 45 artesanos produciendo objetos que se exportaban muy lejos. Y, como en el caso del hierro, también tenemos ejemplos de producción de ánforas, joyas, vidrio y textiles. ¿Y cómo habían cambiado tanto en apenas un siglo?

Pues, como es lógico pensar, a través de las invasiones, ya que lo primero que éstas facilitaron fue el mestizaje tanto bárbaro en el interior de estas sociedades como en el cautiverio de romanos que fueron llevados a sus asentamientos más allá del Danubio. La convivencia de estos cautivos de origen romano junto con los señores godos fomentó que se produjeran estos cambios de manera tan rápida, ya que los conocimientos de estos se emplearon en el campo y en la producción artesanal.

Esa influencia romana se produjo no sólo en lo económico, sino también en lo cultural. Es ahora cuando comienza a extenderse entre los godos el cristianismo romano, siendo el principal promotor del mismo el nieto de unos cautivos romanos apresados en el 257. Hablamos de Ulfilas, que significa “el pequeño lobo” en lengua goda; y que este romano de pura cepa recibiera un nombre godo refleja esa nueva realidad del mestizaje entre sociedades que estamos poniendo en evidencia. Ulfilas, que nació hacia el 311, conocía el latín, el griego y la lengua goda, lo que refleja que los cautivos romanos gozaban de cierta autonomía educativa y cultural a pesar de que sus señores godos seguían siendo paganos.

Imagen 4. Grabado de 1890 que muestra al obispo arriano Ulfilas enseñando la fe y los Evangelios a varios caudillos godos. La importancia de Ulfilas en el devenir político y cultural de los visigodos fue indiscutible. Fuente: wikimedia.org.

La cristianización de Gotia se convirtió en un factor a tener muy en cuenta de cara a las relaciones políticas entre los godos y el Imperio para tener un elemento común de cara a las negociaciones. Así lo interpretaron también los señores godos, pues cuando las relaciones con Roma eran cordiales no estorbaban a los cristianos, pero cuando éstas no eran buenas, perseguían a los cristianos como medida de presión. Así que Ulfilas jugó un papel fundamental al traducir a la lengua goda los Evangelios, y este hecho refleja que había suficientes y potenciales oyentes que leyeran y escucharan sus palabras.

¿Y qué sucede con las transformaciones políticas?

Lo primero que tenemos que tener presente es que, a lo largo del siglo III vemos numerosos ataques de bandas germánicas a territorio romano encabezadas por líderes que van y vienen, es decir, no son gobernantes que dejen un legado o que amplíen alguno existente; simplemente se dedican al pillaje y no tienen relevancia política alguna. En segundo lugar, las fuentes primarias desmienten a Jordanes y a la historiografía tradicional en tanto que ni los tervingios ni los greutungos eran antecesores directos de visigodos y ostrogodos, ni estas eran las dos únicas realidades godas del siglo IV. Para no alargar mucho este hecho con demasiados ejemplos, podemos afirmar que, siguiendo las fuentes, en apenas 20 años nos encontramos con ocho jefes o reyes godos independientes entre sí y que no se sucedieron unos a otros; de hecho, ni siquiera tenían lazos familiares entre ellos. También parece secundar esto la arqueología, ya que entre finales del siglo III e inicios del IV se han hallado media docena de grandes complejos fortificados que parecen haber sido el centro político de otras tantas jefaturas.

Imagen 5. Detalle del sarcófago Ludovisi, donde se muestra probablemente a Claudio II el Gótico o a Galieno en una de sus victorias sobre los germanos en el siglo III. Fuente: pinterest.es.

La realidad política de los tervingios y los greutungos parece haberse gestado a mediados del siglo III en pleno apogeo de los ataques godos al Imperio, y aunque posteriormente se convirtieron en realidades poderosas, no fueron ni uniformes ni tampoco las únicas de las formaciones godas, fueron simplemente las más vistosas formaciones godas para los romanos.

¿Qué papel jugaron entonces los tervingios en el nacimiento de los visigodos? Pues desde luego jugaron un papel importante en su nacimiento, pero desde luego no fue ni el único ni el más decisivo. Podemos ver cómo los godos de Alarico, el primer y auténtico “rey visigodo”, estaban conformados por varios grupos de origen tervingio y también greutungo. Además, había numerosos elementos étnicos de origen alano y huno, taifales y masas de romanos de dispar origen. Nos encontramos, en definitiva, ante una realidad muy alejada de la homogeneidad historiográfica del siglo XIX y de principios del siglo XX, tiempos en que se presentaban las invasiones germánicas como una especie de “inyección racial” visigoda donde unos vigorosos y apuestos germanos renovaron la decadencia romana.

Tendremos que seguir recorriendo unas pocas cuestiones más para comprender bien el nacimiento de los visigodos, ¿Cómo y cuando surgieron los tervingios? ¿Cómo se gestó entre ellos una dinastía real? ¿Qué relación tenían con los visigodos de Alarico?

Bibliografía:

Imagen de cabecera: Vista del castillo Devin, en Eslovaquia, en el limes danubiano.

Jiménez Garnica, Ana Mª. (2010): Nuevas gentes, nuevo Imperio: los godos y Occidente en el siglo V, Editorial UNED, Madrid.

Sanz Serrano, R. (2009): Historia de los godos, una epopeya histórica de Escandinavia a Toledo, La Esfera de los Libros, Madrid.

Soto Chica, J. (2020): Los visigodos. Hijos de un dios furioso, Desperta Ferro Ediciones, Madrid.

Las primeras batallas de los godos contra Roma

El contacto de los godos con los pueblos orientales, más dedicados al nomadismo y al pastoreo, terminó por lograr que estos se relacionaran más con el caballo como montura e instrumento de guerra, un elemento central para los nobles godos. No sólo en las monturas, sino que la influencia sármata se dejó sentir en las armas, estilos de lucha, organización militar y en otros muchos aspectos. Por lo demás, los godos se encontraban ahora en un contexto de continuas alianzas y luchas con otros pueblos bárbaros y, por supuesto, con Roma; contra la que se estrellaron miles de godos en la guerra. En esta entrada nos valdremos de la numismática para ilustrar los períodos basándonos en los distintos emperadores.

Contactos en el siglo III.

Imagen 1. As de Gordiano III mirando hacia la derecha en el anverso, mientras que en el reverso se representa a la Libertas Augusti, la “Libertad del emperador”. A partir del siglo III es frecuente encontrar representaciones de la libertad, la justicia, la seguridad o la representación de Roma para buscar la legitimidad de los numerosos emperadores usurpadores que se sucedieron entre los siglos III y V. Fuente: cgbfr.es

El primer momento en que tenemos atestiguado el traspaso del limes romano por los godos lo tenemos en el año 238, al comienzo del reinado de Gordiano III. Los godos asaltaron las provincias de la Dacia y Mesia Inferior en un ataque lo suficientemente potente como para que Roma firmara con ellos un acuerdo, mediante el cual se pagarían subsidios y el alistamiento de miles de godos en el ejército romano para enfrentarse a los persas a cambio de la paz; un hecho atestiguado por Jordanes cuando se realiza el recuento de las fuerzas que Gordiano III y Filipo el Árabe llevaron contra la Persia sasánida en el 244. Pero como tantas veces ocurrirá en la turbulenta relación entre Roma y los godos, aquella dejó de pagar los subsidios a los godos cuando Gordiano III falleció a manos del rey persa Sapor I. Probablemente los godos intuyeran la debilidad romana y la oportunidad de amasar ingentes botines como pago por los miles de godos muertos en la lejana Persia junto con las legiones romanas; incursiones que repitieron entre 245 y 247.

Jordanes hace referencia a que las bandas de godos sumaban unos 30.000 hombres reunidos en torno a un rey, Ostrogota, quien en el año 248 volvió a devastar las provincias danubianas poniendo asedio a la ciudad de Marcianópolis, que tuvo que pagar un cuantioso rescate a cambio de levantar el asedio. Ningún ejército romano les molestó mientras volvían a casa cargados de esclavos y riquezas.

Imagen 2. Antoniniano (tipo de moneda más baja en contenido en plata que los denarios) de Trajano Decio, representado mirando hacia la derecha en el anverso mientras que en el reverso se representa a Pannoniae, las dos provincias de Panonia Superior e Inferior, su tierra natal. Fuente: cgbfr.es

Otra grave invasión debió ser la de los años 250-251, pues el emperador Decio en persona tuvo que acudir al frente de un gran ejército junto a su coemperador, Herenio Etrusco. El ejército romano, de unos 45.000 hombres, infligió un grave revés a los godos en Nicópolis; pero los supervivientes huyeron junto a su jefe, Cniva, y pusieron asedio a la ciudad de Filipópolis, que acabó cediendo por traición desde dentro. La horda continuó en movimiento, acosada por las tropas de Decio hasta que fueron acorralados en los pantanos de Abrittus, lugar del todo insalubre. A los romanos les hubiera bastado con esperar acampados a que los godos murieran de hambre o por la enfermedad; pero Decio no quiso esperar e invadió los pantanos acosando a los godos. La tragedia se hizo evidente cuando la infantería pesada romana quedó atascada en el fango y las ciénagas, por lo que los godos, de equipamiento mucho más ligero, no tuvieron más que ir eliminando hombre por hombre. Decio murió combatiendo con valentía… pero sin lograr su objetivo. La situación se estaba complicando mucho para Roma.

En el año 255, otros grupos de godos se embarcaron en el mar Negro con rumbo al sur, poniendo sitio a la ciudad de Pisius, que no pudieron tomar. Lejos de desanimarse, continuaron navegando hacia el sur, alcanzando la ciudad de Trebisonda, capital de una rica región y con una doble muralla considerada inexpugnable, lo que llevó a la guarnición a confiarse y a no echar cuenta a que los godos lograron escalar las defensas y penetraron dentro. La ciudad entera fue saqueada, los templos incendiados y miles de ciudadanos fueron hechos esclavos, colmándose los barcos godos de botín y prisioneros. Todavía pudieron tomar y saquear más poblaciones sin que ningún ejército les estorbase, así que, cuando ya no pudieron cargar nada más; regresaron por el estrecho del Bósforo y regresaron a sus tierras.

Imagen 3. Antoniniano de Claudio II “El Gótico”. El emperador se representa mirando hacia la derecha mientras que en el anverso se representa la Aequitas Augusti, la “Equidad del emperador” con un cuerno de la abundancia o cornucopia en su mano izquierda para representar la bonanza económica pretendida por este emperador. Fuente: cgbfr.es

Estos años y los siguientes fueron años duros para Roma y años buenos para los godos. Entre el 261 y el 270 sembraron la destrucción desde Creta hasta Rodas, a Dacia y a las costas orientales de Italia. Llegaron a saquear varias ciudades de Grecia, entre ellas Argos, Corinto y Esparta, hasta que acabaron en Atenas, donde encontraron una férrea resistencia y donde los atenienses lograron infligirles hasta 3.000 bajas. Los godos huyeron hacia el norte, hacia Tracia, donde el emperador Galieno acudía ya con un nuevo ejército y les causó una grave derrota, eliminando al rey de los hérulos, aniquilando miles de guerreros, apresando a gran parte de sus mujeres y niños y liberando a todos los prisioneros romanos que tenían, una victoria que probablemente sea la que está inmortalizada en el sarcófago Ludovisi. Muerto Galieno por traición, fue Claudio II el que ascendió al poder y reanudó la lucha contra los godos.

En el año 268 se produjo una invasión gigantesca de godos. Las fuentes estiman unas 320.000 personas, una cifra sin duda exagerada pero que nos da pistas sobre la magnitud del grupo. Otro calificativo que dan las fuentes a esta horda fue el de “pesadilla de los godos”, pero a pesar de todo los meses pasaron y las ciudades que fueron asediando lograron resistir. Llegado el invierno y muertos de hambre y frío, los godos se dividieron en dos grupos, yendo el primero hacia las islas del Egeo con intención de abastecerse y el otro poniendo rumbo hacia Macedonia. Pero a estos los estaba esperando el emperador en la figura de Aureliano, su jefe de caballería, quien hostigó a los godos para que siguieran desplazándose hacia el norte siguiendo el plan de Claudio para interceptarlos con el ejército a pie.

Y es que el ejército de Claudio II era imponente, estimándose en unos 6.000 jinetes y unos 45.000 soldados de a pie. La batalla entre godos y romanos estuvo ciertamente reñida, pero la actuación de la caballería de Aureliano fue decisiva para envolver a los bárbaros, lográndose así una rotunda victoria romana en la que se estiman unos 50.000 muertos del bando visigodo; una victoria tan grande que le mereció a Claudio II el sobrenombre de Gothicus (el Gótico). Los godos que sobrevivieron lograron irse al sur y entrar en Atenas, saqueando y dañando lugares emblemáticos como la Academia o la Biblioteca de Adriano, pero la caballería de Aureliano los fue hostigando hasta acabar con ellos. Claudio II acabaría muriendo tras contraer la peste, de modo que fue Aureliano el encargado de reclamar el Imperio y de terminar con los últimos resquicios de las bandas godas, persiguiéndolas hasta más allá del limes danubiano y llevando la guerra hasta las tierras de los godos. Tales victorias le valieron a Aureliano el sobrenombre de Gothicus Maximus, revelando que para el año 271 los godos eran el enemigo más temido por Roma en el Danubio.

Imagen 4. Antoniniano del emperador Aureliano mirando hacia la derecha en el anverso, mientras que en el reverso se representa la Restitutor Orbis, la “Restauración del Mundo”, apareciendo la paz entregando una corona de laurel a Aureliano, que está vestido con armadura y sostiene una lanza. Es una clara referencia al contexto de crisis y cambio que se vivía en el Imperio; donde continuamente había que hacer referencia a la paz y a la restauración del orden romano. Fuente: cgbfr.es

A pesar de todo, las sucesivas victorias obtenidas por Claudio II y Aureliano no pudieron impedir que el nuevo emperador reconociera como definitivamente perdida la provincia de Dacia conquistada por Trajano. Pero a pesar de ello, Aureliano logró mantener la paz en el Imperio y acabar con el Imperio de Palmira, restaurando el Imperio Oriental y, del mismo modo, logró someter al Imperio Galo, reintegrando aquella región para Roma. El Imperio volvía a ser fuerte y reunificado bajo un emperador.

A finales del siglo III los godos no dieron excesivos problemas a Roma, al contrario, se alistaron como soldados del ejército romano en época de Diocleciano y Galerio para luchar contra Persia entre el 295 y 298, pero mientras tanto se fortalecían y se reponían de la dura derrota ante Claudio II y Aureliano.

Imagen 5. Antoniniano del emperador Diocleciano con diadema y mirando hacia la derecha. En el reverso se representa a los cuatro miembros de la Tetrarquía de finales del siglo III: Diocleciano, Maximiano, Constantino y Galerio bajo la fórmula Virtus Militum, el “Poder de los Militares”. En el Bajo Imperio Romano fue habitual que las dos partes del Imperio, Occidente y Oriente, fueran gobernadas por dos emperadores y dos césares como su mano derecha, aunque esto era motivo frecuente de guerras civiles. Fuente: cgbfr.es

Contactos en el siglo IV.

En el 319 los godos rompieron las defensas que Diocleciano y Galerio habían establecido en el Danubio, pero Constantino logró convencerlos de que era mejor que se retiraran y liberaran a los cautivos de sus incursiones en Tracia, bajo el mando de Licinio, que se mostró sumamente ofendido por ese acuerdo. Derrotado este y reunificado el Imperio, Constantino proyectó su poder hacia las fronteras, donde no podía permitir que los godos siguieran haciéndose más fuertes, pues poco a poco los godos se estaban agrupando en confederaciones tribales de las que destacaban sobre todo dos: los tervingios entre los ríos Dniéster, Danubio y Tisza y los greutungos entre los ríos Dniéster y Don. Sin duda tenemos que afirmar que estas entidades políticas eran muy difusas, pero desde luego suponían un salto cualitativo y cuantitativo en cuanto a poder militar que los godos podían reunir y en cuanto a su desarrollo político, social y económico.

Imagen 6. Follis del emperador Constantino en bronce con el emperador con diadema mirando hacia la derecha en el anverso, mientras en el reverso se representa al Sol Invicto Comiti el emperador “acompañado por el Sol invicto”, haciendo así propaganda de su victoria sobre los demás líderes del Imperio y sobre los bárbaros. Fuente: cgbfr.es

En el 328 Constantino ordenó reforzar el limes danubiano y construir nuevas fortalezas antes de que la guerra estallara, lo que finalmente sucedió en el 331. Fue un enfrentamiento costoso en hombres y recursos, pero el dominio romano del río permitió a estos ir aislando a los godos, que carecían de logística alguna, hasta que en el invierno de 331-332 hasta 100.000 godos tervingios perecieron de hambre y frío, quedando los supervivientes realmente desmoralizados y con pocas ganas de luchar más. El emperador firmó con ellos entonces un foedus mediante el cual el jefe de los tervingios, Ariarico, aceptaba dejar de percibir subsidios y respetar la frontera romana, además de entregar como rehén a su hijo y mandar al menos 3.000 guerreros cuando se le requiriera. A cambio, se permitía a los godos poseer la mayor parte de la antigua provincia de Dacia y comerciar con las provincias romanas limítrofes.

Fueron estas aventuras las que, poco a poco, fueron configurando unos nuevos godos que conocería la Historia y nosotros mismos como los visigodos y los ostrogodos.

Bibliografía:

Imagen destacada: La victoria de Claudio II sobre los godos, relieve contenido en el conocido como sarcófago Ludovisi. Fuente: Historia National Geographic.

Jiménez Garnica, Ana Mª. (2010): Nuevas gentes, nuevo Imperio: los godos y Occidente en el siglo V, Editorial UNED, Madrid.

Sanz Serrano, R. (2009): Historia de los godos, una epopeya histórica de Escandinavia a Toledo, La Esfera de los Libros, Madrid.

Soto Chica, J. (2020): Los visigodos. Hijos de un dios furioso, Desperta Ferro Ediciones, Madrid.

La huella arqueológica de los pueblos germánicos

En la entrada anterior vimos cómo el reino de Tolosa se desvanecía tras el desastre sucedido en la batalla de Vouillé. El pueblo visigodo perdía su reino y a su rey de un plumazo y fue la Península Ibérica la que ahora sería la sede definitiva de este pueblo errante durante siglos. ¿Realmente podemos rastrear esa migración hacia Hispania? ¿Tenemos fuentes arqueológicas que nos permitan esclarecer claramente el paso y el asentamiento de nuevos pobladores? En la entrada de hoy vamos a ir de mano de la arqueología para intentar esclarecer si los pueblos germánicos en general dejaron una huella arqueológica tan visible como para ser rastreados por el territorio. Continúa leyendo La huella arqueológica de los pueblos germánicos