Conociendo a los tervingios: nacimiento, auge y transformación

En la entrada de hoy rastrearemos a los tervingios a través de las fuentes, y también recorreremos sus acciones a lo largo de la frontera del Danubio hasta dar con Valente en la gran batalla de Adrianópolis, de la que nos ocuparemos en una entrada posterior.

Rastreando las fuentes.

Podemos atribuir al controvertido testimonio del “Divino Claudio”, una de las vidas de emperadores contenidas en la Historia Augusta, la primera aparición de los tervingios como tal en una fuente. Son citados en torno al 268 en una lista de tribus que avanzaron sobre la frontera romana produciendo saqueos en lugares muy dispares del Imperio de Oriente. En esta lista también encontramos pueblos como los peucinos, greutungos, gépidos, hérulos y algunos otros pueblos recogidos en términos ya un poco obsoletos para la fecha como los escitas y los celtas. Veinte años después, en un panegírico del emperador Maximiano pronunciado por el poeta Claudio Mamertino en 292, en Tréveris, se mencionó a los tervingios de forma expresa relacionándolos con el agitado maremágnum de pueblos bárbaros en la frontera.

Que los tervingios aparezcan citados en un poema pronunciado muy lejos de donde eran originarios tiene que revelarnos que éstos no podían ser una novedad, y que su poder era lo suficientemente grande como para ser recogidos como protagonistas. Y es que su poder era manifiesto, ya que estaban empujando a los gépidos y a los vándalos de sus hábitats originales, del mismo modo que harían con los carpos y los sármatas. Será Jordanes el que intente engrandecer un poco esta historia al enlazar a los Amalos, la familia real a la que pertenecía Teodorico el Grande donde Jordanes servía, con la familia de los Baltos, familia a la que pertenecía Ataúlfo, segundo rey visigodo.

Imagen 1. Caudillo visigodo recibe a un probable legado romano con alguna propuesta. Fuente: archivoshistoria.com

Amiano Marcelino distingue entre el término de “magistrado” o de “juez” para referirse a Atanarico, el soberano tervingio que guerreó con Valente entre 367 y 369, mientras que para referirse a Ermenrico, el jefe de los greutungos, usa el término “rey”. La investigación histórica ha querido ver aquí que tal vez los tervingios tenían unos jefes con poder político limitado y que no tenían linaje real; pero Zósimo sí que menciona que los tervingios tenían dicho linaje, algo que también mencionan otros textos del siglo IV.

De lo que no cabe duda es de que los tervingios fueron muy capaces de sobrevivir y expandirse en la tumultuosa frontera romana. Temistio, cuyos escritos se fechan entre 369 y 370, señala la existencia de varios reyes tervingios que aceptaban la jefatura suprema del juez Atanarico, el cual los dirigía en la guerra y representaba ante Valente.

La evolución de los tervingios.

Nos gustaría que el lector visualizara ahora la ciudad de Roma en el siglo III, cuando el emperador Aureliano, en un fastuoso triunfo, mostró a los romanos la gloria y el poder de Roma reconstituidos al mostrar a Zenobia de Palmira cargada de cadenas de oro junto a todos los tesoros de Oriente; pero también pudieron ver los romanos a un grupo de amazonas godas, multitud de cautivos godos atados y, lo más relevante, el carro del rey de los godos.

Imagen 2. Reconstrucción virtual del rostro del emperador Aureliano por el artista Haroun Binous, una llamativa e interesante forma de acercarnos el pasado. Fuente: muhimu.es.

Este detalle, aparentemente un apunte literario sin importancia, es muy llamativo porque fue el vehículo elegido por el emperador para mostrarse a los romanos. Y no es que el emperador no tuviera carros a su disposición, mucho más ricos y decorados que este, sino porque estaba claro que Aureliano quería mostrar su aplastante victoria sobre los godos mostrándose sobre el carro de su rey. ¿Entonces es que los godos tenían un rey que fue derrotado por Aureliano? ¿No estábamos hablando de bandas dirigidas por caudillos que no dejaban impronta política o dinástica? Trebonio Polión nos informa de que Aureliano venció a Canabaudes, a quien había matado junto a 100.000 de sus guerreros. Restando importancia a las cifras, parece ser que ese tal Canabaudes tenía la suficiente entidad o poder como para ser el candidato perfecto para ser rey de los godos, tanto poder como para que Aureliano se llevara su rústico y bárbaro carro para pasearse por Roma, es decir, Canabaudes era un caudillo que destacaba sobre cualquier jefe godo como nunca antes hizo ninguno. Podemos por tanto aventurar un paralelismo con que este jefe godo fuera un juez o rey de los tervingios para el año 268.

Jordanes menciona en sus escritos que los godos contaban con un rey de nombre Geberico, quien luchó contra los vándalos y logró expulsarlos de la Dacia. Este rey puede ubicarse en torno al año 292, cuando Claudio Mamertino nos ofrecía noticias acerca del desplazamiento de los vándalos de sus tierras a manos de los godos, pero no sería un caudillo aislado, pues antes de él encontraríamos a Canabaudes y, si atendemos a la petición de auxilio de los vándalos a Constantino en el 334 porque los godos de Ariarico los seguían acosando, podemos establecer una línea dinástica entre estos tres personajes sucesivos.

Imagen 3. Grabado idealizado del rey tervingio Atanarico, realizado en el siglo XVIII por Manuel Rodríguez. Fuente: wikimedia.org

Esta línea dinástica encontró turbulencias en torno al año 376 cuando Atanarico perdió el control del estado tervingio a manos de los caudillos Alavivo y Fritigerno. ¿Quiénes eran estos? Cabe pensar como lo más probable que fueran reyezuelos ligados a la figura política de Atanarico, pero de un linaje lo suficientemente importante como para disputarle el liderazgo del reino tervingio, lo que nos sugiere que uno de ellos o ambos, fueran descendientes de la familia real a la que pertenecían Canabaudes y Geberico.

El empujón imperial.

Bien es cierto que, como dijimos en entradas anteriores, los tervingios recibieron un inestimable empujón imperial para asentar su hegemonía. Roma no sólo convirtió a estos godos en sus interlocutores válidos a través de pactos o foedera para emplearlos como guerreros o para establecer rutas comerciales, sino que intervino activamente para eliminar al que se alzaba como poderoso rival de los tervingios, una tribu que según se nos dice en la Origo Constantini Imperatoris era la “más numerosa y poderosa de las tribus godas”, en el 334; allanando sin duda el camino de los tervingios para establecer su hegemonía.

Imagen 4. Recreación de la construcción de una torre de vigilancia en el limes danubiano. Los limitanei, o tropas de la frontera, la fortifican y ultiman los detalles. Fuente: arrecaballo.es

Parece que fue Atanarico, hijo de Aorico, quien tuvo el enfrentamiento más duro con Roma, y de hecho hablaremos de sus periplos relacionados con ésta. Parece que el origen de estos enfrentamientos fue que, desde el año 332, el poder tervingio no había dejado de crecer y ahora se buscaba una relación más igualada con el Imperio.

Atanarico intervino activamente con el envío de tropas en la rebelión de Procopio, primo de Juliano, cuando Joviano fue elegido como nuevo augusto. Como Procopio podía —y seguramente sería— considerado un potencial peligro por el nuevo emperador, renunció a sus cargos públicos y se retiró a sus fincas en Capadocia. Muerto Joviano, fue Valente el que ascendió al trono, quien consideró que no le convenía que un miembro de la familia de Constantino El Grande siguiera vivo y envió hombres para detenerlo. Procopio huyó a Crimea y aprovechó que Valente preparaba una campaña contra Persia para ir a Constantinopla y comenzar allí una rebelión, obteniendo algunos éxitos iniciales. Aquí entra en el juego Atanarico, apoyando al pretendiente que creía más sólido, enviando 10.000 guerreros en su ayuda; pero Procopio fue vencido en la batalla de Nicolea el 26 de mayo de 366, siendo ajusticiado poco después.

Imagen 5. El limes danubiano o moesio transcurría siguiendo el río Danubio hasta su desembocadura. Esta región se vio seriamente comprometida desde el siglo III. Fuente: arrecaballo.es

Atanarico se veía ahora en una posición tremendamente comprometida, porque había apoyado al bando perdedor de la guerra civil romana y había perdido 10.000 guerreros, un tercio de su fuerza total.

Así que Valente, viendo que Atanarico había traicionado a los dos augustos legítimos —él y su hermano Valentiniano—, decidió que aplastaría a los godos. Comenzó a reunir y a abastecer un formidable ejército para cruzar el Danubio al año siguiente y acabar con Atanarico y los tervingios.

Las campañas godas de Valente fueron tediosas, caras y sin éxitos claros o notables, ya que Atanarico optó por la guerra de guerrillas y se retiró a las montañas de los Cárpatos, ya que no quería un enfrentamiento directo con Valente. En el 369, en la tercera campaña, Valente logró enfrentarse por fin a los tervingios cuando éstos y su juez supremo acudieron en ayuda de los greutungos que el emperador ya combatía. Valente logró la victoria sobre los bárbaros, pero, como decimos, no fue una victoria decisiva y poco cambiaba la situación respecto al punto de inicio. Ambos protagonistas empezaron a recibir presiones: por un lado, Valente recibía presión del senado de Constantinopla urgiéndole a acabar ya aquella costosa e incierta guerra, y por otro estaba Atanarico, que no había sido derrotado, pero era muy consciente de que otra campaña romana más llevaría a su gente a la inanición y a la consecuente muerte por el hambre o por la espada.

Así que Valente, consciente de que no podía costearse una cuarta campaña goda teniendo la persa ya casi lista, decidió que sus generales Víctor y Ariteo gestionaran la paz con los tervingios, pero dejando muy claro su victoria para aumentar el prestigio imperial que tanto necesitaba. Pero claro, Atanarico también tenía que dejar alto el listón si quería mantener el liderazgo y evitar insurgencias o incluso que se deshiciera su confederación. Así que Atanarico dejó claro a Víctor y Ariteo que quería la paz pero que no se humillaría para lograrla, acudiendo tanto él como Valente al río, a territorio en teoría neutral, para firmar una paz “entre iguales”. Valente tenía que aceptar, aunque no era lo que él quería, no sólo porque necesitaba las manos libres para guerrear con Persia, sino porque necesitaba que Atanarico siguiera conteniendo a su gente para no tener una confederación deshecha en numerosas bandas de saqueadores imposibles de controlar en la frontera.

Imagen 6. Recreación del tránsito de personas y mercancías en el limes danubiano. Cuando los godos violentaban esta frontera era muy difícil detener tantas bandas guerreras; por eso desde Roma siempre se trató de buscar un caudillo que liderara a todas las bandas o a la mayoría de ellas. Fuente: Arrecaballo.es

Así que ambos se entrevistaron en el Danubio y acordaron unos términos duros para los godos, pero aceptables. Los términos del nuevo foedus no dejan lugar a duda de la derrota de Atanarico. En primer lugar, los 10.000 guerreros mandados en ayuda de Procopio no volverían a sus tierras, sino que serían alistados en el ejército romano de Valente. En segundo lugar, los tervingios se comprometerían a no cruzar el Danubio bajo ningún contexto, cesando así las incursiones en el delta del río. En tercer lugar, los tervingios renunciaban a los subsidios y prebendas del Imperio, y finalmente, se limitaba el comercio con Roma a dos puntos, dos ciudades designadas por el emperador para que los funcionarios imperiales controlaran mejor el tráfico y gestionaran los impuestos.

Valente podía, por fin, despreocuparse del Danubio y centrarse en Persia, mientras Atanarico vio seriamente comprometido su poder. Es en este momento, en 370, cuando Alavivo y Fritigerno comenzaron a socavar el poder del juez supremo y de su clan, los Baltos. En este contexto tan convulso y de disgregación los godos tendrán que afrontar la nueva amenaza que se cernía sobre ellos desde las estepas: los hunos.

Bibliografía:

Imagen destacada: Reconstrucción del limes romano en Kastell Zugmantel, Taunus, Alemania.

Jiménez Garnica, Ana Mª. (2010): Nuevas gentes, nuevo Imperio: los godos y Occidente en el siglo V, Editorial UNED, Madrid.

Sanz Serrano, R. (2009): Historia de los godos, una epopeya histórica de Escandinavia a Toledo, La Esfera de los Libros, Madrid.

Soto Chica, J. (2020): Los visigodos. Hijos de un dios furioso, Desperta Ferro Ediciones, Madrid.

La aparición de los godos en la sociedad y el ejército romano.

Hemos visto en la entrada anterior cómo los bárbaros y entre ellos los godos fueron vistos desde la óptica romana de orden y civilización. También hemos recorrido los orígenes que las culturas mediterráneas daban a esos extranjeros, muchas veces no más allá de cuentos o historias mitológicas, pero siempre colocando una clara barrera entre ellos y los de más allá, inaugurando el concepto de frontera o limes que veníamos explicando también en la entrada anterior, teniendo su reflejo material más relevante en el muro de Hadriano. Continúa leyendo La aparición de los godos en la sociedad y el ejército romano.

Bárbaros en las fronteras. La visión romana acerca del extranjero y su choque cultural con Roma

En la anterior entrada pudimos observar cómo las gentes entendidas como grupos familiares más o menos extensos eran originarios, según los romanos, de lugares lejanos, inhóspitos y muchas veces fantásticos, como los hiperbóreos; que eran originarios de un lugar donde nunca salía el sol. Poco a poco esas gentes fueron migrando hacia el Sur y hacia el Oeste, en dirección a las fronteras del Imperio y empujadas por diversas razones como hambrunas, pestes, guerra o la búsqueda de territorios más favorables para el cultivo y el asentamiento humano. El Imperio era el remedio perfecto a todas esas contingencias. Poco a poco lograrán permeabilizar el mítico limes o frontera del Imperio, un concepto muy importante para la población romana y acabarán como federados e integrantes de los ejércitos imperiales; un atributo característico de la Roma bajoimperial. Continúa leyendo Bárbaros en las fronteras. La visión romana acerca del extranjero y su choque cultural con Roma