La crisis feudal de León frente a la expansión oriental

Imagen de cabecera: Vista panorámica de Ledesma, Salamanca.

En la anterior entrada estuvimos desgranando un poco más a fondo todo el fenómeno expansivo que se dio sobre todo en la cuenca del Duero en los siglos IX y X. Esta expansión, potenciada por la iniciativa individual de familias campesinas de dos conyuges, se veía sancionada por un poder político superior que iba integrando esos nuevos asentamientos campesinos en la red de asentamientos del reino de León, formando un tupido entramado en un territorio hasta ahora de nadie que comenzaba a amenazar la supremacía andalusí en estas tierras de frontera. Hoy veremos cómo el modelo monárquico heredero de una potestas publica, heredero en parte de lo que fue la monarquía visigoda para el caso asturleonés, entrará en una grave crisis que dará lugar a una monarquía de corte feudal que entra de lleno en la nueva mentalidad de la nobleza que ostentaba poder en el reino. Paralelamente, veremos cómo en el reino de Pamplona y en los condados catalanes la historia será diferente. ¡Bienvenidos a Hispania!

Los primeros síntomas de debilitamiento y de oposición nobiliaria.

La alianza navarro-leonesa será muy efectiva en la primera mitad del siglo X, pero siempre bajo la hegemonía leonesa. El califa cordobés, Abd al-Rahman III, lanzó una poderosa ofensiva contra Simancas con el objetivo de destruir la plaza y de frenar la expansión colonizadora que ya se movía al sur del Duero.  Los ejércitos se encontraron en Simancas en 929 y la contienda se saldó con una victoria de los reinos cristianos y el califa no pudo llevar a cabo ninguno de los objetivos planteados y propició que los cristianos avanzaran más al sur del Duero pues Ramiro II repobló Salamanca, Ledesma y otra serie de plazas en el curso bajo del Tormes. En el flanco oriental fue el conde castellano Fernán González quien repobló Sepúlveda.

Un éxito comparable a los que se sucedieron en la época del rey Alfonso III y su hijo García, unos treinta años antes. Llega con Ramiro II el culmen del poder del monarca del reino asturleonés, el vencedor de Simancas y repoblador del Tormes y del macizo de Sepúlveda. Un éxito repoblador con escala de grises también, pues treinta años después las campañas de Almanzor arrasarán estos territorios y tendrán que volver a ser repoblados en tiempos de Alfonso VI.

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Imagen 1. Evolución territorial del condado de Castilla.

Siendo aún muy reciente la victoria de Simancas, el rey Ramiro II manda encarcelar a Fernán González, el conde de Castilla como hemos visto, y a Diego Muñoz, el conde de Saldaña. Ambos pertenecían a la más alta aristocracia y poseían un poder capaz de hacer sombra al propio rey, sobre todo Fernán González, que ya se autotitulaba comes Castelle. Respecto a Diego Muñoz, el conde de Saldaña, pertenecía al linaje de los Banu Gómez. No ostentaba tanto poder como el conde de Castilla, pero desde luego aspiraba a tenerlo. Los intereses comunes llevaron a ambos a plantear una alianza que debió de disgustar y despertar el recelo de Ramiro II. Cabe la posibilidad de que por este hecho encomiende el condado de Monzón a Asur Fernández, enemigo tradicional del linaje de Lara al que pertenecía Fernán González. El condado de Monzón quebraba así como una cuña la coherencia de los condados de Castilla y Saldaña; y los condes expresaron quizá su descontento con demasiada evidencia, siendo encarcelados y desposeídos de sus títulos inmediatamente. Pocos meses después recuperaron la libertad, pero todavía pasaría un tiempo hasta que recuperasen sus posesiones.

¿Qué llevó a Ramiro II a realizar tal acción? Lo más probable es que el rey quisiera mostrar su poder superior al de los condes, reafirmando la potestad pública y real; aunque también es cierto que puede entenderse desde el punto de vista de que el rey era cada vez más consciente del desmesurado poder que había adquirido ya la aristocracia.

La potencia expansiva del reino de Pamplona.

La sociedad navarra inicia a comienzos del siglo X un gran movimiento expansivo que va ligado a la afirmación de la autoridad monárquica. En este siglo X asciende al poder la familia de los Jimeno en circunstancias más bien desconocidas pero que tienen que ver con el debilitamiento de la familia Arista, muy castigados tras los enfrentamientos con los Banu-Qasi de Zaragoza y con los emires cordobeses. La ruptura que la nueva dinastía llevará a cabo con los musulmanes de Zaragoza y el acercamiento al reino de León debemos entenderlo en la línea de un nuevo dinamismo expansivo: mientras que los Arista habían permanecido latentes siendo imposible una expansión hacia el sur para no chocar con sus aliados Banu-Qasi; los Jimeno apuestan por los leoneses para comenzar a comer terreno a esos antiguos aliados del reino pamplonés.

También hay otros factores que explican ese acercamiento entre reinos: El fortalecimiento del poder político en Córdoba con el acceso al emirato de Abd al-Rahman III y el vacío que produce en el Ebro el declive de los otrora poderosos Banu-Qasi y que comienza a ser ocupado por la acción directa del emir. Así pues, la alianza entre ambos reinos busca poner freno al peligro común pero también procurar la expansión de ambos reinos; el de Navarra hacia el Ebro y la Rioja alta y el de León hacia el reino de Zaragoza.

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Imagen 2. Campañas militares en el siglo X.

La alianza se materializó en la ofensiva conjunta de Sancho I Garcés de Navarra y de García de León. Sancho avanzó por las tierras de Estella ocupando las fortalezas musulmanas hasta llegar al Ebro y se instaló definitivamente en Monjardín. García obtuvo una importante victoria en Arnedo en el 914, dando vía libre al monarca navarro para continuar en adelante con las agresiones hacia los Banu-Qasi. También Ordoño II, sucesor de García, colaboró con el monarca navarro en un ataque conjunto contra La Rioja y contra las principales plazas del Ebro como Calahorra, Viguera, Arnedo y Tudela; aparte de obtener la victoria en expediciones contra Evora y Mérida, que se saldaron con la conquista de Alange y un botín de prisioneros de guerra. Abd al-Rahman III atacó Osma, San Esteban de Gormaz y Clunia. Marchó sobre Calahorra, Tudela y penetró en territorio navarro. El califa derrotará violentamente a la alianza navarro-leonesa en Valdejunquera aunque no logró echar por tierra el espíritu agresivo de ambos reinos; de hecho tres años después Sancho I y Ordoño II reemprenden la conquista de La Rioja apoderándose de Nájera y Viguera. Cuando murió el monarca navarro habían quedado incorporados todos los territorios entre los ríos Arga y Ebro, así como toda La Rioja alta.

El condado de Aragón.

Aragón estaba gobernado a comienzos del siglo X por el conde Galindo Aznar II que había iniciado una labor repobladora desde los valles del Echo y Canfranc hasta las riberas del Gállego. Esta repoblación suponía la afirmación de la autoridad del conde sobre los habitantes de los valles que quedaban bajo su control. En cada valle se establecía un noble, un senior, asentado en un pequeño castillo que ejercía labores administrativas sobre dicha demarcación. Así se lograba superar la fragmentación de los valles y unificarlos todos bajo la autoridad política del conde. Se organizaba así el condado de Aragón de forma más compleja, pero aún era un territorio demasiado débil para resistir la fuerza expansiva del reino de Navarra. La expansión navarra hasta las orillas del Gállego cerró todas las posibilidades de Aragón de seguir expandiéndose, por lo que la absorción era inminente. Esta no debió ser mediante conquista sino más bien como una supeditación, un reconocimiento de superioridad por parte del conde hacia el rey navarro; quedando así Aragón integrado en Navarra, pero conservando su estructura interna.

La Marca Hispánica.

En estos territorios también vamos a ver una auténtica afirmación del poder condal en la figura, sobre todo, de los condes de Barcelona. Aquí, no obstante, el proceso de reafirmación política es distinto al que se produce en Asturias y León. Mientras que allí asistimos a una superación del caudillaje puramente militar bajo el difuso manto de la tradición romano-visigoda, en los condados nororientales el poder público se hallaba firmemente apuntalado en aquella tradición al haber sido mantenido por el Imperio Carolingio. En este caso la afirmación del poder condal no surge de la nada superando estructuras precedentes, sino que surge en el momento en que estos condados se desvinculan del aparato político carolingio. La manifestación más clara que tenemos de esa autoridad independiente es la transmisión hereditaria de los derechos condales, que se realiza independientemente de las decisiones del monarca franco. No sólo eso, además el conde controla todo el aparato político y administrativo de los territorios bajo su control. Podemos ver ya indicios de feudalización en los territorios más septentrionales del Imperio Carolingio mediante la patrimonialización del poder, pero en los más meridionales como los que nos ocupan, la tradición de la potestas publica romano-visigoda es aún muy fuerte y la feudalización sólo se presenta como una vía de autonomía respecto a esta realidad aceptada.

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Imagen 3. Condados catalanes entre los siglos X y XI.

Esa desconexión de los condados catalanes venía ya produciéndose poco a poco como una tendencia inherente a la evolución social y política de los territorios bajo la autoridad imperial, pero fue sobre todo a partir de 887 cuando se vio favorecida y más o menos legitimada con la deposición de Carlos el Gordo y la elevación al trono de Eudes, un noble que fue elegido al año siguiente como rey por los magnates del Imperio pero que no pertenecía ya a la dinastía carolingia. Siendo estrictos, esa elección suponía la ruptura de la legitimidad dinástica y justificaba la ruptura del vasallaje formal que vinculaba personalmente a los condes de la Marca con la dinastía carolingia.

Esta desconexión será palpable sobre todo tras la muerte de Wifredo el Velloso. Su primogénito, Wifredo Borrell, heredó los condados de Barcelona, Gerona y Vic-Ausona; que de ahora en adelante se mantendrán unidos dando lugar a lo que será el núcleo de la futura Cataluña. El segundogénito, Mirón II, hereda Cerdaña, Besalú, Berguedà y Conflent. Por último, Suniefredo hereda el condado de Urgel. Aún quedará el hermano pequeño Suñer, que permanecerá bajo la tutela de Wifredo y de alguna manera asociado a él hasta el punto de heredar los condados de su hermano cuando éste fallezca. Todos los hermanos gobernarán conjuntamente, pero quedando clara la preeminencia del condado de Barcelona. Aunque esta forma de cogobierno se mostrará a la larga inviable —pues entre los hermanos surgirán rivalidades y el condado de Urgel será fragmentado en dos—, destaca la fuerte unión que se establece entre los condados de Barcelona, Gerona y Vic-Ausona; que posibilitará una dinámica expansiva mayor y más vigorosa que el resto.

La intensificación de la colonización.

La acción más destacada de Wifredo el Velloso fue la colonización y repoblación del condado de Vic-Ausona, que queda ya prácticamente configurado durante su gobierno. Entre su muerte y la primera mitad del siglo X se producirá una proliferación de núcleos fortificados en los espacios fronterizos, síntoma de que la repoblación oficial y la colonización campesina avanzan a buen ritmo. Estos castillos articulan, cada vez con mayor eficacia, las comunidades campesinas y les otorgan protección al estar en frontera; una divisoria extremadamente peligrosa pues, a diferencia del caso leonés en que la cuenca del Duero supone un espacio inmenso e inhabitado entre cristianos y musulmanes, aquí la proximidad es tan real como peligrosa y requiere una protección e intervención constante del conde.

Para materializar esa presencia del poder condal, los condes establecerán en los castillos a los vicarii o veguers, que ostentarán funciones militares, de policía, de administración e incluso justicia. Para su sustento, estos castillos tenían adscritas unas parcelas de tierra para que los veguers pudieran sustentarse denominada fevum comitale. La autoridad del conde estaba plenamente reconocida y por ello también lo estaba su capacidad de otorgar o revocar estos nombramientos, que conllevaba la pérdida de los beneficios que proporcionaba ese fevum comitale. Este hecho nos remite a una red de castillos perfectamente articulados y gobernados de manera funcionarial sustentada por la potestas publica del conde, mucho más activa y arraigada que en el resto de reinos cristianos. Una autoridad que no quedará finalmente exenta del debilitamiento monárquico que comenzaba a producirse en León a mitad del siglo X. Así encontramos que en Barcelona se produce el primer frenazo colonizador y repoblador en la década de 940 y 950. No hablamos tanto de la falta de la colonización campesina sino del debilitamiento del poder condal en este proceso colonizador; un debilitamiento que redunda en la adquisición de poder de la nobleza y de esos veguers que cada vez adquieren más prebendas y riquezas en los territorios que gobiernan restándoselas al conde.

Ese lento pero inexorable proceso de transformación de las relaciones de carácter público en relaciones de carácter personal condicionará una posición de debilidad condal al respecto del exterior. En el año 936 el conde Suñer lanza una expedición contra los jefes musulmanes de Tortosa para aliviar la presión que éstos venían ejerciendo en la frontera; un enfrentamiento al respecto del cual Córdoba siempre se había mantenido indiferente o poco interesada. Pero ahora Abd al-Rahman III necesitaba reafirmar su poder sobre todo tras el revés de Simancas en 929, con lo que mandó una flota a bloquear Barcelona que llevó al conde Suñer a firmar una paz en los términos en que quiso el califa cordobés. Es este acontecimiento el que nos indica que la fortaleza del conde comienza a resquebrajarse producto de la debilidad interna que comienza a ser evidente.

Bibliografía:

MÍNGUEZ FERNÁNDEZ, JOSÉ MARÍA: La España de los siglos VI al XIII. Guerra, expansión y transformaciones, Editorial Nerea, 2004.

ISLA FREZ, AMANCIO: Ejército, sociedad y política en la Península Ibérica entre los siglos VIII-X, Editorial CSIC, 2010.

 

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