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En la anterior entrada descubrimos juntos cómo el reino suevo se configuró pro fin mediante el establecimiento de una sede regia que fuera capital y que resultó ser Braga, o eso parece deducirse de las pistas que tenemos, y cómo llegó a su fin el concepto de jefe bárbaro guerrero que llevaba consigo su tesoro más o menos abundante. Los suevos realizaron una evolución lógica desde la barbarie nómada y depredadora hacia el establecimiento de un Estado —con mayor o menor fortuna— que aunase a una serie de súbditos y cuyo referente de poder se encontraba en una capital.
La expresión con la que encabezamos esta entrada no es baladí, pues es la que Hidacio, cronista fundamental para entender la historia sueva en el siglo V, utilizó para referirse a la aplastante derrota que los suevos sufrieron en la batalla del río Órbigo en 456, una derrota tan grande que llevó al cronista a pensar que el reino finalmente había sido destruido. Como hemos ido viendo no fue así, ya que los suevos se reorganizaron con éxito; pero en la entrada de hoy sí que asistiremos a la destrucción definitiva del reino suevo de manos, otra vez, de un visigodo ilustre, el rey Leovigildo.
En la anterior entrada recorrimos juntos el periplo de los suevos a lo largo de su historia desde un punto de vista territorial, para así ver cómo las fronteras de lo que acabó por ser el reino suevo se fueron conformando con el paso del tiempo, si bien todo esto ocurrió en muy poco tiempo históricamente hablando. Como el lector recordará, se pasó de un vasto territorio a principios del siglo V a apenas una provincia a finales del mismo, un territorio que nominalmente abarcaba al principio la totalidad de las provincias Gallaecia, Baetica, Carthaginense y Lusitania, pues solo la Tarraconense quedaba en manos imperiales, si bien los suevos cedieron la Carthaginense a Roma poco después. Tras esto, los suevos encontraron el desastre en la batalla del Órbigo, lo que fue contrayendo sus fronteras hasta que quedaron reducidos a la provincia Gallaecia poco más o menos y bajo tutela visigoda. Hoy descubriremos cómo la otrora Bracara Augusta pasó a convertirse en capital y sedes regia del pueblo suevo. ¡Bienvenidos a Hispania!
Si en la anterior entrada descubrimos juntos cómo se conformó finalmente un reino suevo independiente en Gallaecia; hoy descubriremos los límites del reino, cómo eran y cómo fueron creciendo o menguando dependiendo del momento donde nos encontremos. De modo que ¡Bienvenidos a Hispania!
Las primeras fronteras.
Los suevos se dedicaron en el siglo V a reivindicar un territorio que considerar propio, hasta que más por una imposición violenta más que por llegar a un acuerdo con el Imperio lo consiguieron. Fue un periplo muy accidentado, pues ni los romanos querían ceder su territorio sin recibir nada a cambio —recordemos que los suevos nunca sirvieron a Roma como federados—, ni los godos, en su afán expansionista, iban a tolerar que se crease un reino suevo independiente y por supuesto tampoco la población local, que resistiría mucho tiempo la imposición de un poder extranjero.
Los suevos comprendieron a lo largo del siglo V que necesitaban dos ingredientes fundamentales para obtener la clave de su aceptación progresiva en el territorio que habían escogido; esto es, necesitaban fijar unas fronteras definidas y establecer una sede regia. Ambas cosas permitirían contar con un espacio definido de representación del poder.
No es hasta el año 450 aproximadamente en que los suevos tienen unos primeros límites geográficos en Hispania. Jordanes nos relata que en Rávena concedieron a los suevos el siguiente territorio, que más o menos se corresponde a la Gallaecia y gran parte de la Lusitania:
(…) Las regiones que se extienden por el lado derecho de Hispania a lo largo de la costa del Océano y están limitadas al este por Autrigonia, al Oeste por el promontorio sacro, el monumento dedicado al general romano Escipión, al norte por el Océano, al sur por Lusitania y el río Tajo, que arrastra grandes riquezas entre su despreciable limo y en cuyas arenas lleva mezclado metal de oro. (En Pablo C. Díaz, 2013, p. 118).
Imagen 1. Situación de la Península Ibérica en 476 d.C., año de la caída del Imperio Occidental. Fuente: mundiario.com
Esta referencia es un poco ambigua pues da dos referencias diferentes; una primera que entrega a los suevos todo el occidente de la Península Ibérica hasta la desembocadura del Guadalquivir y que alude probablemente al monte Caepionis o torre de Cepión en dicha desembocadura mientras que el promontorio sacro hace referencia al cabo de San Vicente y luego una segunda parte, que limita esas posesiones al norte del Tajo. Es posible que la primera entrega territorial, más generosa, se correspondiera a tiempos de Valentiniano, entre los años 452 y 454, mientras que la segunda parte correspondería a un momento posterior a la derrota del Órbigo y que se mantendría después.
Esa búsqueda de fronteras llevó a los suevos a guerrear prácticamente con todo ser viviente de Hispania, pues actuaron en todas las provincias hispanas. En el 440 ocuparon Mérida y poco después conquistan Sevilla. Sabemos que en ese período del reparto de Valentiniano de 452-454 del que nos habla Jordanes, los suevos habían devuelto formalmente la Cartaginense a los romanos, pero desconocemos qué sucedía en la Bética, es probable que la provincia fuera partida en dos y entregada también la parte occidental a los suevos, pues éstos controlaron Sevilla sin interferencias durante 17 años, articulando un eje territorial en Braga-Mérida-Sevilla.
El nacimiento del reino definitivo.
La derrota sueva del Órbigo supondrá, según Hidacio, la pérdida de cualquier frontera e incluso del reino, pues es bastante tajante al afirmar «regnum destructum et finitum est», y desde luego no nos parece una metáfora o una exageración, sino la constatación de la destrucción de un reino aceptado por romanos y visigodos. Nueve años anduvieron descabezados los suevos hasta que, en 465, Remismundo intentó dotar de nuevo al reino de unas fronteras en un momento en que el sur del Tajo se encontraba ya muy lejos de su alcance y expectativas, pues Mérida es ahora un acantonamiento visigodo. La ocupación de Lisboa en el 468 parece un suceso efímero, pues cuando el reino suevo quede plenamente conformado la ciudad no se encontrará en sus límites. Es por esto que la frontera sudoccidental del reino se situará más al norte, quizá en el Mondego o aledaños, ya que la documentación del siglo VI no deduce actividad sueva más al sur de este río.
Imagen 2. Fronteras tras la derrota del río Órbigo en 456. Los suevos retrotrayeron su «territorio» sustancialmente perdiendo gran parte de la Lusitania y la mitad occidental de la Bética, correspondiendo estos límites al reinado de Remismundo y posteriores. Fuente: twitter.com
A finales del V e inicios del VI con Eurico y Alarico II, los visigodos cercan ciertamente a los suevos; un cerco militar en el sur en Mérida y Santarem y otro civil en la Submeseta norte. Estos hechos, unidos a la debilidad sueva, supondrán el afianzamiento de unos nuevos límites más reducidos. Comienza aquí la creación de un reino propio; las incursiones y los pillajes han dado ahora lugar al consenso y a la inclusión de toda la población en un orden regido por la monarquía sueva. En estos momentos, cuando el Imperio aún existe, pero es completamente inútil, algunos aristócratas locales comienzan a confiar a y preferir a los suevos frente a los visigodos. No creemos que tan sólo algunos aristócratas hispanorromanos dieran este paso, sino que seguramente lo hicieran masas poblacionales más extensas, quizá llevadas por esas aristocracias.
Estas fronteras se fueron consolidando en el siglo VI, aunque siempre de forma permeable como pasa incluso hoy día. Los suevos mantienen ahora contactos con los francos por intereses mutuos y por esa homogeneidad cultural y comercial que siempre existió entre los pueblos del Cantábrico y el Atlántico y además con el mundo bizantino, unidos ambos por sus intereses contra los visigodos; contactos diplomáticos y evidentemente comerciales, pues así lo atestiguan los hallazgos de cerámica oriental en Gallaecia. Por último, este mundo galaico también mantuvo relaciones con el mundo británico, y así lo atestigua la implantación de una colonia bretona en territorio suevo en estos tiempos.
Imagen 3. Asentamientos britanos del siglo VI, contando con uno de ellos en las costas suevas. Fuente: wikimedia.org
Como decíamos, es muy difícil precisar límites nítidos de las fronteras suevas, aunque parece aceptarse que el río Esla funcionó como línea divisoria entre un reino y otro. En esta frontera hay una serie de asentamientos fortificados que bien pudieron estar en manos suevas, visigodas o hispanorromanas, pero que parecen apuntar a una situación fronteriza. Sí parece más claro que la futura Zamora fue un clave suevo, o así parecen atestiguarlo los cercanos enterramientos de Fuentespreadas con grupos armados suevos; mientras que Salamanca y su territorio sería un punto fuerte visigodo. Fronteras que dieron lugar a poderes locales, o eso nos dice Juan de Biclaro cuando En 572 Leovigildo invade Sabaria y somete a los sappos y su territorio. Es difícil localizar el topónimo, pero se especula con que podría tratarse de los límites de Zamora y Salamanca con el noreste de Portugal, donde se ubican topónimos como el río Sabor, la localidad portuguesa de Sabrosa o la comarca zamorana de Sanabria. En esta línea, Leovigildo invadió en 574 los montes Aregenses, en el entorno de León-Zamora-Orense, y allí sometió al señor del lugar con su familia y bienes. Así pues, vemos que la frontera oriental sueva era multiforme y tan extensa que dio cabida incluso a poderes autónomos.
Se fijó así un límite territorial que poco a poco ayudaría a conformar la identidad de los suevos junto con la de la población local. La conformación territorial podría dar paso a la organización administrativa del reino. Faltaba ahora una sede regia desde la que orquestar todo el aparato regio; ¿Cómo sucedió? ¿Tuvieron problemas los suevos para establecer una capital? ¡Lo descubriremos en la siguiente entrada!
Bibliografía:
DÍAZ, P.: El reino suevo (411-585), Akal, 2013.
JIMÉNEZ GARNICA, ANA Mª: Nuevas gentes, nuevo Imperio: los godos y Occidente en el siglo V, UNED Editorial, 2010.
En el artículo anterior, hicimos un recorrido por la monarquía sueva y sus representantes tras la derrota del río Órbigo, perpetrada por el rey godo Teodorico. Con un tremis del último emperador de Occidente, Rómulo Augústulo, como imagen destacada, hoy recorreremos los últimos coletazos del Imperio Occidental y lo que ello significó de cara a establecer un reino suevo independiente. ¡Bienvenidos a Hispania!