Pactos de hospitalidad en los últimos siglos de Roma

En la entrada anterior hemos podido recorrer una historia de romance y rebeldía por parte de dos amantes aparentemente incasables entre sí pero que lograron sobreponerse a unas circunstancias con un fin mayor, instaurar un imperio romano-gótico. La misteriosa muerte de Ataúlfo y del hijo de éste dio al traste con unos ambiciosos planes, definitivamente truncados cuando Gala Placidia fue devuelta a su hermano, el emperador Honorio. Pero, ¿Pasaron los godos a ser enemigos de los romanos entonces? ¿Prefirieron ir por libre? Hoy vamos a descubrirlo.

A pesar de su superioridad militar, los godos siempre prefirieron en los comienzos de su andadura mostrarse cercanos a los emperadores y ponerse a su servicio para obtener prebendas; no sucedía así con otros pueblos germánicos, pues de ser esto cierto los emperadores no mandarían a sus aliados visigodos una y otra vez a combatir a los demás pueblos que merodeaban por el resto de las provincias.

En el año 418 los godos gozaban de un pacto de hospitalidad con Honorio, por el cual prestaban su servicio militar a cambio de unas tierras en la Galia donde asentarse, tierras que fueron ampliadas paulatinamente hasta conformar las fronteras del reino de Aquitania, donde los godos se mantuvieron hasta 507, año en que fueron derrotados por los francos y pasaron definitivamente a la Península Ibérica. Para este momento, los visigodos estaban ya alejados del concepto Barbaricum, un lazo de unión que hacía ya mucho estaba roto.

Su asentamiento en Aquitania, como decíamos, fue fruto de uno de esos acuerdos de hospitalidad o foedus, cuya base se remontaba muchos siglos atrás y que estaba basado en la amistad mutua y la fidelidad entre las partes. Era algo generalizado a todos los pueblos occidentales y era algo parecido a un derecho internacional primitivo, un modelo de pacto muy habitual en la Antigüedad Tardía por su marcado carácter militar. La vigencia de los pactos quedaba confirmada hasta que murieran ambas partes contrayentes; una situación demasiado habitual en los convulsos siglos finales del Imperio.

Imagen 1. Tésera de hospitalidad romana. Este formato de tésera que representa dos manos en el momento de estrecharse fue habitual durante todo el Imperio. En la parte trasera reflejaría ambas partes contratantes del pacto o foedus y ambas partes conservarían uno como garantía del contrato.

A pesar de ser un contrato tan estrecho, el foedus no implicaba la concesión inmediata de la ciudadanía romana, sino que ésta se iba adquiriendo con el tiempo. Bien es cierto que la ciudadanía tenía un peso mayor en los tiempos de la República o el Alto Imperio ya que el escalón social entre extranjeros y romanos era mayor; pero en el siglo III d.C. se extendió dicha ciudadanía a todo el Imperio y ello significó la homogeneización general de todos los, ahora, ciudadanos. A pesar de ello, no tenemos que interpretar que la ciudadanía dejó de tener un peso específico, ya que el emperador Atalo la debió conceder a Ataúlfo para poder casar con Gala Placidia. La ciudadanía seguía siendo indispensable para casar con romanas y para poder acceder a desempeñar alguna magistratura.

Este pacto, por tanto, permitía a los bárbaros asentarse en tierra romana pero ¿Haciendo qué? Probablemente a la nobleza territorial no le importara tener más mano de obra que trabajara en sus tierras o incluso nobleza bárbara con la que repartirlas, ya que significarían una protección armada excelente contra cualquier invasor. Tradicionalmente se ha interpretado que los recién llegados no trabajarían la tierra ni se dedicarían al comercio, sino que simplemente se dedicarían a extorsionar a los habitantes locales para obtener de ellos útiles y bienes pero, ¿Cabe acaso imaginarse a miles de bárbaros deambulando por unas tierras que dejarían baldías y dedicándose únicamente al pillaje? Es una tesis que creo obsoleta, pues no podemos olvidar que eran emigrantes en búsqueda de tierras con las que sustentar a sus familiares y a ellos mismos y que, en efecto, eran una minoría entre los habitantes locales.

Imagen 2. La franja de color oscuro representaría las tierras dadas a los visigodos en un primer momento. Éstos ampliarían sus fronteras continuamente para tener salida al Mediterráneo, logrando finalmente todo el territorio coloreado más claro en derredor de la franja, el reino de Aquitania o de Tolosa, perdido en 507.

Probablemente la aristocracia bárbara recibiría unas tierras determinadas que repartiría entre sus seguidores más cercanos y a conveniencia con la aristocracia local. Todo ello, evidentemente, no los apartaría de su ejercicio militar; pero debemos desterrar el hecho de que los visigodos, francos, suevos y un largo etcétera únicamente se dedicasen a deambular y a robar con el uso de la fuerza. Orosio reafirma nuestra impresión con estas palabras:

A pesar de todo eso (…) los bárbaros, despreciando las armas, se dedicaron a la agricultura y respetan a los romanos que quedaron allí poco menos que como aliados y amigos (…) (En Rosa Sanz, pp. 150-151, 2009).

Además de lo ya dicho, no podemos olvidar que la posesión de la tierra sería una fuente de riqueza y, por ende, un elemento más que añadir a la dote en el matrimonio además de significar un elemento de arraigo y de pertenencia a un lugar; un elemento nada desdeñable teniendo como modelo a unos godos en busca de patria constantemente.

Finalmente debemos hacer un pequeño hincapié en el asunto de los matrimonios. La legislación romana prohibía el matrimonio entre romanos y bárbaros con el teórico fin de evitar la descendencia mestiza, no obstante, esos matrimonios siempre se llevaron a cabo fuera de la ley. La verdadera razón de que ésta ley se mantuviera vigente con tanto interés por parte de los emperadores sería evitar los lazos entre las aristocracias bárbaras y las aristocracias locales, cerrando así pactos y acuerdos de gran relevancia. Que los godos mantuvieran esta política matrimonial tras la caída de Roma se ha interpretado de dos maneras:

  • Evitar la mezcla de los godos arrianos con los romanos católicos.
  • Evitar que la nobleza local realizara pactos y acuerdos con otros jefes bárbaros.

Creo que, desde el punto de vista material y económico es mucho más plausible la segunda razón, una razón que preocuparía mucho a los monarcas visigodos ya que la mantuvieron hasta su abolición con Leovigildo en el siglo VI.

Bibliografía:

SANZ SERRANO, R: Historia de los godos. Una epopeya histórica de Escandinavia a Toledo, Madrid, 2009.

CEBRIÁN, J.A.: La aventura de los godos, Madrid, 2002.

Imagen 1: http://goo.gl/Qgm38W

Imagen 2: http://goo.gl/6Aw7on

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