El fin de una Era. Alarico entra en Roma

En la anterior entrada hemos podido ver cómo surgió en la historia política europea un nuevo personaje que tuvo mucho que decir en el Imperio Romano. Se trataba de Alarico, un rey visigodo que logró obtener de Roma lo que quería a cambio de la no devastación de territorio romano. Vimos cómo su amistad con Estilicón, el gran general imperial, impidió que otro godo con aviesas intenciones, Radagaiso, devastara Italia entera. Alarico era un hombre ambicioso que aspiraba a lograr por las buenas o por las malas las magistraturas y las riquezas que pretendía. Hoy veremos que al final tuvo que optar por las malas.

La muerte de Estilicón había provocado un revuelo generalizado en el ejército romano que, dividido y falto de los aliados godos que ahora servían al rey Alarico, se veía superado por todos los frentes. Jordanes nos dice que a la muerte del general vándalo, Alarico propuso al emperador “establecerse en paz en Italia, viviendo con el pueblo romano, de manera que las dos naciones pudieran parecer una sola, mientras que si se hacía la guerra el que fuera capaz de vencer al otro podría con toda tranquilidad imponer su autoridad”.

El mismo cronista nos cuenta que el emperador contestó entonces “que Alarico con su nación, si eran capaces, reivindicasen como propias las provincias de los confines (Galia e Hispania), que él mismo había ya casi perdido y que estaban tomadas por la invasión de Geiserico, el rey de los vándalos”. (En Rosa Sanz, 2009, p. 120). Estas declaraciones desesperadas nos dan una visión de cómo veía ya el Imperio la situación en el extremo Occidente. En estos momentos establece Jordanes la dominación visigoda de Hispania, fruto de esa concesión imperial que los godos creyeron además como sagrada por estar confirmada por un oráculo.

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Imagen 1. “Los favoritos del emperador Honorio” John William Waterhouse, 1883. Honorio mostró un empecinamiento irreal a pactar con los godos en una situación crítica para el Imperio. Un empecinamiento que resultó muy caro. Fuente: Wikimedia.

Alarico quería más y con el fin de forzar al emperador a concederle la magistratura militar del Ilírico, se dirigió hacia Roma, a la que puso sitio en 408. Este asedio conmocionó a todo el Imperio y más que a nadie a los romanos residentes en la capital, tanto paganos como cristianos. Hacía casi mil años que los galos saquearan Roma y sólo Espartaco y Aníbal se habían aproximado siquiera a la ciudad. El Senado ejecutó públicamente a Serena, la esposa del difunto Estilicón, a ojos de Gala Placidia, acusada junto con su esposo de haber provocado aquella terrible situación. Alarico no pretendía conquistar la ciudad sino que el emperador ratificara aquella magistratura y le procurase un suministro de alimentos y oro a cambio de proteger a Roma. La falta de reacción de Honorio llevó al Senado a pactar con el godo en su lugar una vez la ciudad pasó hambrunas y fue pasto de las enfermedades, pues los godos bloquearon incluso el curso del Tíber. Alarico recibió cinco mil libras de oro, tres mil de plata, cuatro mil túnicas de seda, tres mil mantos de púrpura y treinta mil libras de pimienta, entre otras riquezas.

Zósimo nos cuenta que cuando los senadores preguntaron a Alarico qué dejaba a los habitantes de Roma, éste respondió “sus vidas”.

En 409 se produjo el segundo asedio de la ciudad respondía a otro intento del insaciable rey visigodo por conseguir más prebendas. Pretendía renunciar a la magistratura del Ilírico y obtener el gobierno militar del Nórico, Dalmacia y las dos Venecias, además de una paga en trigo y en oro. De nuevo Roma fue puesta en jaque y el terror cundió entre sus habitantes, provocando la huida masiva de gran parte de la aristocracia incluido el Papa Inocencio. El Senado nombró como emperador al prefecto de Roma Atalo para que nombrase a Alarico magister militum de Italia y África. Con esta maniobra, Occidente tenía tres emperadores: Honorio en Rávena, Atalo en Roma y Constantino III en la Galia.

Alarico se sintió insultado por recibir aquel título de un títere y lo depuso en Rímini en el año 410, mandando a Honorio la diadema y la púrpura imperiales con una nueva proposición de acuerdo. El Imperio languidecía hasta el punto de que un rey godo ponía y quitaba emperadores y asediaba la Ciudad Eterna. El emperador, lejos de buscar el entendimiento, contrató mercenarios hunos para atacar a Alarico, unos hunos que fueron derrotados en batalla bajo el mando del general Saro.

Esto desencadenó el suceso que tuvo lugar en 410, esto es, el tercer asedio y saqueo de la ciudad. Fue un episodio atípico, ya que no hubo batalla, ni asalto durante la noche, ni rendición, ni entrega oficial de la ciudad por el Senado. Hubo acuerdos, sin duda, ya que los godos entraron en la ciudad en la noche del 24 de Agosto de 410 por la puerta Salaria. Procopio de Cesarea cuenta que fue una familia romana cristiana, la familia Anicia, la que abrió la puerta a los godos para evitar la masacre que el Senado, en su mayoría pagano, estaba dispuesto a asumir junto al emperador Atalo. Esto es asumible, ya que algunas basílicas cristianas extramuros fueron respetadas y sirvieron de refugio a los ciudadanos. Además, todos los senadores presumiblemente cristianos que quisieron pagar su rescate, fueron conducidos a las basílicas donde debían permanecer a salvo. El saqueo de Roma duró cuatro días y dos siglos más tarde, San Isidoro realzaría este suceso afirmando que “la ciudad vencedora de todos los pueblo sucumbió vencida por los godos triunfadores y, convertida en su presa, les sirvió como esclava”.

Imagen 2. “El saqueo de Roma”, Joseph Noel Sylvestre, 1890. Pintura paradigmática del concepto decimonónico de bárbaro. Dos bárbaros semidesnudos se disponen a derribar una estatua de un emperador ante la mirada de Alarico en el fondo.

El espectáculo se volvió esperpéntico cuando Honorio, alejados ya los godos de la ciudad, entró triunfante en Roma como si volviera victorioso de una campaña militar, perfumado y cargado de boato, protegido por guardias de varias naciones bárbaras, mientras el populacho andrajoso y hambriento lo observaba tras haber perdido a sus familias y sus bienes. Era el comienzo del fin para Roma.

Bibliografía:

SANZ SERRANO, R: Historia de los godos. Una epopeya histórica de Escandinavia a Toledo, Madrid, 2009.

CEBRIÁN, J.A.: La aventura de los godos, Madrid, 2002.

FERNÁNDEZ DELGADO, A.: “La caída de Roma” en Desperta Ferro, 1, pp. 6-9.

Imagen 1: http://goo.gl/udMUKU

Imagen 2: http://goo.gl/2wA1zD

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