Adrianópolis. El equilibrio de poder entre Roma y los godos.

En esta entrada desgranaremos la batalla de Adrianópolis con fuentes y con apreciaciones acertadas acerca del desarrollo y consecuencias de la batalla. Veremos cómo Valente sucumbió en persona ante la nueva realidad que se gestaba en Europa: la del protagonismo de los bárbaros frente a la hegemonía romana.

Decisiones funestas.

Según hemos ido viendo, los godos tervingios no eran un grupo homogéneo liderado por un jefe claro, sino que eran multitud de pueblos y etnias liderados por un cabecilla que, en ocasiones, ganaba cierto protagonismo. Como podemos ver, Fritigerno fue quien destacó entre los demás dirigentes godos, pero no era el único que se desplazaba y combatía en los Balcanes. Así que nos encontramos ante una caótica contienda en la que participaron numerosos combatientes que no tenían una jefatura clara o suprema. Ese maremágnum de bandas y guerreros jugó a favor de los bárbaros, ya que impedía a los romanos acudir a un único punto a combatir.

Imagen 1. Sólido del augusto Graciano. Fuente: biddr.com

Mientras tanto, Graciano, el augusto occidental, acudía en persona a ayudar a Valente como una especie de salvador victorioso, ya que sus tropas habían derrotado a los alamanes y también habían acabado con una partida de guerra de jinetes alanos en su camino hacia Constantinopla. Valente, por tanto, se mostraba impaciente por poder lograr una victoria decisiva que le permitiera afianzar su poder y su fama respecto a su colega occidental. Es por eso por lo que cuando su comandante Víctor logró significativas victorias sobre algunas bandas de saqueadores godos y otro de sus generales, Sebastiano, logró otras tantas victorias contra unos seguidores de Fritigerno, Valente se convenció a sí mismo de que podía enfrentarse a los tervingios sin ayuda de nadie más, una decisión funesta porque Fritigerno, asustado por los acontecimientos, comenzó a reunir a sus dispersas bandas y a acercarse a los grupos de greutungos que también pululaban por la región dirigidos por Sáfrax y Alateo.

Imagen 2. Sólido del augusto Valente. Fuente: tauleryfau.bidinsidecom

Desoyendo a todos, incluso a sus comandantes y a Graciano, que le pedían encarecidamente que esperara, Valente avanzó a Adrianópolis con un ejército no inferior a 40.000 soldados. La marcha del ejército romano hacia el campamento de Fritigerno se hizo bajo un sol de justicia de principios de agosto, y allí formaron. El godo llevaba varios días tratando de negociar y de retrasar a Valente para que a sus bandas les diera tiempo de regresar y, contra todo lo que cabría esperarse de un emperador capaz, Valente se dejó enredar por Fritigerno.

El emperador tenía dos opciones igualmente válidas: podía atacar de inmediato a Fritigerno y aplastarlo con su superioridad numérica y táctica, o bien fortificar una posición para que sus hombres comieran y descansaran; pero Valente no hizo ni una cosa ni otra, dejando que sus hombres formaran bajo el sol que abrasaba sus cuerpos y haciéndoles padecer de hambre y de sed y dejando también que Fritigerno se fortaleciese cada vez más con cada grupo de guerreros que regresaba.

El inicio y el desarrollo de la batalla.

Valente no pudo retener a sus tropas y estas se lanzaron al ataque hartas de esperar y llenas de miedo y estrés. El ala derecha de la caballería romana protegía el despliegue de la infantería, pero el ala izquierda se había retrasado por la congestión de los caminos llenos de transporte de víveres y aún se encontraba muy por detrás de su lugar en la batalla, haciendo peligrar mucho el flanco izquierdo de la infantería. Pronto la infantería ligera romana y los arqueros fueron rechazados por los godos que resistían tras sus carros dispuestos en círculo sobre la colina, pero eso no tenía por qué ser algo irremediable.

Imagen 3. Ilustración que recrea la batalla de Adrianópolis y que refleja la intensidad y la tensión del momento. Ilustración de Radu Oltean recogida en “Adrianópolis” de Desperta Ferro Ediciones. Fuente: flickr.com

Lo que sí sucedió a continuación sería lo que decantase la batalla, porque coincidió con la llegada de los greutungos de Sáfrax y Alateo a la llamada de Fritigerno. Viendo el flanco izquierdo desprotegido, los greutungos cargaron de manera devastadora contra las legiones, desatando una matanza y un caos increíbles a los que pronto se sumaron las tropas de Fritigerno, abandonando sus posiciones en la colina.

La batalla fue convirtiéndose en un infierno. El calor, el polvo y el humo impedían a los soldados ubicarse bien en el campo de batalla, mientras que los godos tenían muy visible el campamento de carros. Aun con todo, las legiones resistieron de manera hercúlea.

Amiano Marcelino nos cuenta cómo al final los romanos rompieron filas, sucumbiendo al pánico que a tantos ejércitos había derrotado. Los caminos de Adrianópolis se llenaron de miles de hombres que huían y buscaban refugio tras sus murallas. Valente no sobrevivió al enfrentamiento, pues quedó aislado en un refugio aislado que pronto fue rodeado y quemado por los bárbaros, poniendo fin a su historia en este lugar.

El análisis del conflicto.

La caballería germánica desempeñó un indudable papel en la batalla al caer sobre el desprotegido flanco romano, pero no podemos caer en el tópico de pensar que fue esto lo que decantó la batalla, pues muchos de estos jinetes desmontaron y lucharon a pie tras el choque inicial, tal y como era costumbre en los pueblos germánicos. En segundo lugar, la infantería germánica también jugó un papel fundamental al resistir los envites de la infantería ligera romana y de las legiones.

Imagen 4. Reconstrucción del escenario del conflicto de Adrianópolis en fases. Fuente: wikimedia.org.

Pero hay algo que también hay que afirmar, y es que en esta batalla se demostró que las tropas romanas eran más disciplinadas y estaban mejor armadas que las bárbaras, y Amiano Marcelino resalta una y otra vez el valor de los romanos y la férrea determinación al combatir. Pero entonces, si los romanos aguantaron sus posiciones combatiendo durante horas, ¿por qué perdieron? Podemos afirmar que la causa fundamental la hallamos en la mala información y en el liderazgo pésimo que sufrieron. Analicemos por qué.

¿Qué pasó con las cifras? Los exploradores romanos no supieron evaluar correctamente la fuerza enemiga, pues estimaron en “algo más de 10.000 guerreros” las fuerzas de Fritigerno y así se lo hicieron saber a Valente. Pero a la hora de la verdad, en Adrianópolis, a esos 10.000 combatientes se les sumaron los greutungos y otras bandas, por lo que la cifra ascendió a cerca de 35.000 efectivos, triplicando ampliamente las cifras que Valente había barajado. Además, a este error se sumó otro de graves consecuencias, pues los exploradores romanos no supieron ubicar correctamente a las fuerzas enemigas. Valente y sus comandantes estaban seguros de que todos ellos estaban concentrados en el campamento de carros, y en realidad no era así en absoluto, pues muchas de las fuerzas de Fritigerno estaban dispersas por el campo a unas millas de allí y acudieron a la batalla en el momento exacto.

¿Y en cuanto al mando? Valente tomó pésimas decisiones, haciéndolo todo mal. En primer lugar, porque obvió cualquier consejo de índole estratégica que sus comandantes le proporcionaban, poniendo por encima su interés en obtener gloria y fama. Si hubiera esperado a Graciano, el resultado de esta batalla habría sido muy diferente. En segundo lugar, Valente no aprovechó la ventaja inicial de la sorpresa y no desplegó acertadamente a sus tropas para doblegar al enemigo.

Las consecuencias de Adrianópolis.

La batalla que nos ocupa no fue la batalla de un Imperio que era decadente y que estaba condenado a la desaparición, pues la prueba de ello es que el Imperio de oriente resistió durante mil años más. Pero esta batalla sí que marcó el inicio de una nueva fase en la relación entre romanos y bárbaros y, por supuesto, fue el inicio de la génesis de los visigodos.

No olvidemos que la formación de “pueblos” en este período está muy ligada a la aparición de líderes carismáticos y guerreros capaces de lograr triunfos que aportaran prestigio y bienestar a sus huestes. Ese prestigio hacía que el individuo en cuestión comenzara a identificarse con algo nuevo, como partícipe o incluso fundador de una nueva identidad que aglutinaba elementos a menudo muy dispares. Es por ello por lo que no sería Fritigerno quien iniciaría este nuevo caminar del pueblo godo, sino otro personaje que ha pasado a la Historia con gran trascendencia por sus gestas dirigiendo a los visigodos en su migración hacia Occidente, Alarico.

Bibliografía:

Imagen destacada extraída de despertaferro-ediciones.com, concretamente del evento de recreación tardoantigua de Saint-Romain en 2010.

Jiménez Garnica, Ana Mª. (2010): Nuevas gentes, nuevo Imperio: los godos y Occidente en el siglo V, Editorial UNED, Madrid.

Sanz Serrano, R. (2009): Historia de los godos, una epopeya histórica de Escandinavia a Toledo, La Esfera de los Libros, Madrid.

Soto Chica, J. (2020): Los visigodos. Hijos de un dios furioso, Desperta Ferro Ediciones, Madrid.

Allanando el camino hacia Adrianópolis. Las causas del desastre.

La batalla de Adrianópolis supuso un punto de inflexión en las relaciones entre Roma y los godos. Éstos, acosados y desesperados por los hunos que descendían desde las estepas, presionaban cada vez más las fronteras del Danubio, pidiendo asilo para defenderse de las hordas de las estepas. Veremos aquí cómo se desató el desastre antes de la batalla.

Surgen nuevos líderes tervingios.

Hemos visto cómo el pacto de paz entre Valente y Atanarico suponía el empeoramiento de las condiciones pactadas tradicionalmente por godos y romanos, pero, aún así, el emperador comprendía la necesidad de seguir manteniendo en el poder a un godo que ya conocía para que mantuviera sujetas a sus bandas guerreras antes que tener a esas bandas pululando libremente por la frontera.

Imagen 1. Goths crossing a river de Évariste Vital Luminais. Esta representación romántica de la migración goda podría corresponderse con el cruce del Danubio por este pueblo en el siglo IV. Fuente: antareshistoria.com

Atanarico era muy consciente de que su poder había sido menguado y de que su reino estaba prácticamente deshecho para soportar el empuje de los hunos. Entonces, ¿por qué no condujo a su pueblo hacia territorio imperial solicitando el acceso y dejó que Alavivo y Fritigerno le usurpasen la autoridad? Tradicionalmente se ha tenido en cuenta que Atanarico se debía a un juramento realizado a su padre, mediante el cual nunca pisaría territorio romano. Pero esta explicación carece de lógica en cuando Amiano Marcelino nos dice cómo Atanarico y su gente estaban esperando para entrar después de que los jefes tervingios Alavivo y Fritigerno lo hubieran hecho ya. Amiano nos aclara también que existía una prohibición expresa de las autoridades romanas a que pasaran otros godos que no fueran los de los jefes mencionados.

Atanarico se vio privado de su vía de escape, y además había sido incapaz de sujetar a sus seguidores y de salvaguardar las fronteras como se había dispuesto en los tratados. Y por si eso fuera poco, había perseguido a los cristianos hasta el punto de martirizar a San Sabas “El Godo”, cuyo cuerpo fue rescatado por soldados romanos en operaciones de auténticos comandos. Por todo ello, Atanarico consideró mejor retirarse a lo profundo de los bosques y las montañas abriéndose paso entre sármatas y carpos para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos.

El colapso de la frontera.

Cuando a Valente le llegaron los informes que mencionaban a miles de refugiados godos intentando cruzar el Danubio e instalarse en el Imperio, tuvo que sopesar si le convenía más tener a miles de colonos que trabajaran la tierra y sirvieran en el ejército y también debilitar a su federado, Atanarico, pues se vería privado de una considerable parte de sus fuerzas que, conducidas por Alavivo y Fritigerno, serían un arma para utilizar contra él. Y esto fue lo que decantó al emperador a acoger a los seguidores de estos caudillos sin ser consciente de que estos no querían desempeñar el papel de servidores sumisos del Imperio.

Imagen 2. Representación de Angus McBride de los godos cruzando el Danubio ante las autoridades romanas, que no supieron dirigir correctamente la masiva afluencia de refugiados. Fuente: Pinterest.com

Desgranando los detalles que nos proporciona Amiano Marcelino, encontramos que los godos de Alavivo y Fritigerno renunciaban a su condición de federados, ya que, al solicitar asilo, entregar las armas y someterse al emperador, adquirían un nuevo estatus. Tenemos que tener presente que, mientras estos hechos se sucedían, nuevos grupos de refugiados se iban sumando a estos dos caudillos, bandas de diverso origen, es decir, no sólo estaban en movimiento los tervingios y los greutungos, sino que otros muchos pueblos los seguían debido al acoso generalizado de los hunos. Y esto supuso el caos.

Valente se encontraba en Siria enfangado en una guerra con los sarracenos dirigidos por Mavia, al tiempo que se producían saqueos desde Egipto al Éufrates. Así que fueron dos oficiales imperiales, Lupicino y Máximo, los encargados de organizar la acogida de los refugiados en Tracia, añadiendo su granito de arena al caos. Vamos a desentrañar el desastre.

En primer lugar, las autoridades imperiales fueron incapaces de organizar convenientemente el paso del Danubio por las ingentes multitudes humanas de refugiados. Las fuentes mencionan la caótica y anárquica forma de proceder y los espantosos naufragios en un río muy crecido por el deshielo invernal. Además de eso, las fuentes señalan el fracaso de las autoridades romanas al desarmar a los godos y no sólo eso, sino también por no ser capaces de elaborar un simple pero esencial censo de personas. En otras palabras, los romanos estaban dejando pasar a miles de hombres armados, sin tener idea de cuántos eran y que, por su nuevo estatus de sometidos al emperador, tenían que proveer de tierras y alimentos. Si a esto le añadimos la infiltración de bandas guerreras enteras de diversos pueblos, tal y como menciona Zósimo, tenemos además la generalización de los saqueos durante 377 desde “Mesia a Tesalia”.

Imagen 3. Esta representación del enfrentamiento de Adrianópolis nos sirve para ilustrar la batalla que tuvo lugar en la ciudad de Marcianópolis entre los romanos de Lupicino y los godos de Fritigerno, el primer desastre de este enfrentamiento que desembocaría definitivamente en Adrianópolis poco después. Fuente: guerrasconhistoria.wordpress.com

La situación pintaba realmente negra, ¿no creéis?, pero eso no era todo, porque tenemos que añadir que los oficiales al cargo de todo esto decidieron sacar provecho personal y comenzaron a extorsionar a los refugiados, a los que cobraban cifras desorbitadas por cosas que debían proveerles de forma gratuita o a un coste simbólico. La corrupción se generalizó y se hizo mucho más atrevida y violenta, pues muchos godos campesinos y sus familias eran esclavizados directamente y vendidos a propietarios romanos. La desesperación y la rabia llegaron a tal límite que estallaron de forma violenta. Los godos se organizaban en grupos que saqueaban aldeas y villas, mientras los destacamentos romanos los atacaban y asaltaban. Lupicino trató de sofocar la revuelta tomando como rehenes a Alavivo y Fritigerno en la ciudad de Marcianópolis, pero todo salió mal; pues Fritigerno logró que lo soltaran y se convirtió inmediatamente en el líder de la rebelión. Lupicino demostró además ser un pésimo comandante, ya que fue arrastrado y barrido por Fritigerno en una batalla campal.

Tras la derrota de Marcianópolis, las fuerzas romanas locales se vieron incapaces de controlar no sólo a Fritigerno y su séquito, sino también la propia frontera danubiana. Greutungos, alanos, taifales, carpos, sármatas, esciros y bandas de hunos cruzaron en tropel la frontera; y es que las tropas romanas que debían detenerlos ni siquiera estaban ahí, porque Valente se las había llevado a Siria confiando en que Atanarico contendría a toda esa multitud.

El camino hacia Adrianópolis.

En semejantes circunstancias, no es de extrañar que las insuficientes tropas romanas perdieran el control de los Balcanes y que, como es de esperar, cientos de refugiados godos con sus caudillos correspondientes siguieran cruzando el Danubio. Pero estaríamos en un error si pensáramos solamente en bárbaros, ya que, a estas bandas se unieron también miles de esclavos y gente desesperada de origen romano.

Imagen 4. Sólido del emperador Valente mostrándose diademado en el anverso y acompañado de la victoria en el reverso. Fuente: monedas-antiguas.blogspot.com

Valente comprendió que debía volver de inmediato a los Balcanes para hacerse cargo de la situación, pero corto de guerreros comprendió que sería sensato pedir ayuda a su sobrino Graciano, augusto de Occidente, quien respondió fielmente enviando tropas en su ayuda. Lo siguiente que hizo Valente fue enviar algunas legiones por delante para controlar la situación de forma preliminar, pero fueron dispersadas por Fritigerno debido a la incompetencia de los comandantes romanos, aumentando todavía más la fama del líder tervingio. El emperador se desesperaba, y ya cerca de Constantinopla, envió por delante a la caballería para contener a los bárbaros, pero tampoco fue suficiente, y las correrías continuaron sin control por Tracia hasta llegar a los mismos arrabales de Constantinopla.

Tan sólo podemos anotar una clara victoria para los romanos en este momento, y es que los greutungos, que se habían dispersado por los Balcanes saqueándolo todo a su paso, se habían coaligado con un gran grupo de jinetes taifales. Su líder, Famovio, trató de lograr la misma fama que había alcanzado Fritigerno derrotando a los romanos, pero las tropas enviadas por Graciano derrotaron a los bárbaros dando muerte a Famovio y capturando a los supervivientes, que fueron deportados a Italia para labrar los campos y servir en el ejército. En esta situación nos encontramos cuando Adrianópolis comenzaba a verse ya en el horizonte.

Bibliografía:

Imagen de cabecera: Recreación de Constantinopla durante la Antigüedad Tardía. Fuente: algargosarte.blogspot.com

Jiménez Garnica, Ana Mª. (2010): Nuevas gentes, nuevo Imperio: los godos y Occidente en el siglo V, Editorial UNED, Madrid.

Sanz Serrano, R. (2009): Historia de los godos, una epopeya histórica de Escandinavia a Toledo, La Esfera de los Libros, Madrid.

Soto Chica, J. (2020): Los visigodos. Hijos de un dios furioso, Desperta Ferro Ediciones, Madrid.

Rastreando el pasado (I): ¿De dónde provienen los godos?

Dedicamos esta entrada a descubrir, a través de la historia y la arqueología, el origen de los godos y las razones que los llevaron a entrar en contacto con otros pueblos y con las fronteras romanas en el siglo III de nuestra era. Además, analizaremos qué clase de región era Germania y sus características principales.

Hay una región en Suecia que, desde tiempos antiguos, se llama Götaland y que en tiempos antiguos albergó un pueblo que conocemos como los götar o gautas, o, dicho de otra manera, los godos. Esta región se hallaba dividida en numerosos señoríos agrupados en dos entidades territoriales superiores: la Gotia del Este o Vestrogotia, y la Gotia del Oeste u Ostrogotia.

Imagen 1. Mapa de la región de Götaland en la Suecia actual, con Göteborg como capital de la región conservando aún el nombre de los godos. Fuente: Wikimedia.org

Durante toda la Edad Media, los habitantes de Götaland reivindicaron siempre a sus ancestros godos, y esa identificación podemos rastrearla documentalmente en el siglo VIII cuando se redacta el poema épico Beowulf, un héroe que ostenta de hecho el título de rey de los gautas o godos. Esa identificación se alargó durante toda la Baja Edad Media y aún en el siglo XVII encontramos evidencias de que suecos y españoles afirmaban ser descendientes de los godos. A este respecto encontramos la obra de Diego de Saavedra Fajardo Corona gótica, castellana y austriaca políticamente ilustrada, un tratado destinado a facilitar el acercamiento en las negociaciones entre españoles y suecos de cara a la Paz de Westfalia de 1648. Pero remontémonos más atrás.

Jordanes, en su archiconocida obra Getica escrita hacia 551 d.C. afirmó que Escandinavia era el lugar desde donde los godos habían partido y que, por lo tanto, allí se encontraba su cuna. Hay que destacar que Jordanes no nos habla de la Escandinavia del año 100 a.C. sino de la contemporánea al momento en que él escribe. El autor señala a los gautigodos como una raza de “hombres fieros, siempre dispuestos a combatir”. Tras ellos, menciona a los ostrogodos y los greoringos. Parece viable identificar a los gautigodos de Jordanes con los gautas de Beowulf, una teoría que refuerza Procopio cuando también describe la Escandinavia del siglo VI colocando a los gautas. La conexión entre estos gautas del siglo VI y los del siglo VIII del poema épico parece clara, pero ¿qué hay de los godos que aparecieron en las fronteras romanas durante el siglo III? ¿Podían los godos del siglo VI tener evidencias ciertas de su origen escandinavo? Echemos un vistazo a una historia que Procopio recoge.

Imagen 2. Idealización de unos guerreros bárbaros. Los gautas/godos podrían encajar con este perfil. Fuente: etniasdelmundo.com

Había asentado un gran contingente de hérulos en la región danubiana al servicio del emperador Justiniano. Habían llegado allí en torno al año 510 tras ser derrotados por los longobardos, pero algunas bandas de hérulos decidieron emigrar hacia otros lugares. Una de ellas concretamente decidió emprender un largo camino hacia el norte hasta alcanzar la costa del mar Báltico, en torno a lo que hoy es Mecklemburgo y Pomerania. Aún caminarían más, pues liderados por caudillos de la familia real, atravesaron el Báltico hasta las tierras de los daneses y a las de los hérulos del norte, sus parientes, y allí decidieron instalarse junto a los gautas o godos.

Años más tarde, los hérulos que se habían quedado en tierras de Justiniano como federados del emperador, asesinaron a su rey. Pero poco después se arrepintieron y decidieron mandar una embajada a las lejanas tierras nórdicas de sus parientes, aquellos que hacía ya treinta años que se habían asentado allí en torno a las raíces de su pueblo. Tras numerosos meses de viajes y penurias, la embajada llegó al lejano norte y allí seleccionó a un miembro superviviente de la vieja familia real hérula que, junto a unos doscientos guerreros, emprendieron el camino de vuelta hacia las tierras del emperador Justiniano. Como había pasado tanto tiempo, los hérulos que quedaron en territorio imperial se cansaron de esperar y pidieron al emperador que les diese un rey. Éste, encantado con la idea, les envió a Suartuas, un noble hérulo de su confianza que le servía como guardia personal y que, poco después, fue aclamado como rey de los hérulos.

Todo fue perfecto hasta que la embajada del norte regresó a salvo y triunfante, con nada menos que un rey hérulo de Escandinavia para acaudillar a su pueblo. El choque entre ambos monarcas fue inevitable, y los hérulos del Danubio acabaron por abandonar al que había propuesto Justiniano para pasarse al otro bando. El emperador no se lo tomó demasiado bien y apoyó con tropas y dinero a su candidato en una encarnizada guerra civil que ensangrentó al pueblo hérulo. Temerosos de la cólera imperial, muchos hérulos se pusieron bajo la protección de los gépidos, longobardos y ávaros, pueblos en guerra permanente con el Imperio y entre sí mismos. Así llegamos al final de la historia, encontrando que los hérulos fueron diluyéndose poco a poco hasta encontrar la última mención al respecto de ellos en el 599, entremezclados y diluidos ya con grupos de gépidos, búlgaros y eslavos.

Una historia fascinante, pero lo que nos interesa es que Procopio afirmó que tomaba sus fuentes de informantes directamente llegados de Escandinavia y de hérulos protagonistas de los sucesos que hemos mencionado, es decir, que en pleno siglo VI un pueblo germánico que había migrado desde Escandinavia a la par que los godos y que había vagado por Europa, desde España hasta Ucrania, conservaba todavía el vivo recuerdo de su origen escandinavo hasta el punto de regresar para asentarse en la tierra de sus ancestros. Es evidente que nada de esto se habrían planteado si los hérulos no conservasen, además de recuerdos, noticias ciertas y frescas de la pervivencia de sus parientes asentados en el norte. El relato de Procopio nos muestra, por tanto, con qué facilidad un pueblo podía migrar en la Europa de aquel momento y cómo una banda guerrera de no más de doscientos miembros podía plantearse atravesar media Europa para buscar a un candidato con el que reclamar un trono y unas tierras ubicadas en el Imperio.

Así que tal vez las sagas y canciones germánicas a las que con frecuencia acude Jordanes encierren no poca verdad y, en el caso del origen escandinavo de los godos, tener toda la razón. Pero ¿qué hay de la arqueología?

Imagen 3. Ruta de emigración del pueblo godo hacia el sur con sus respectivas fechas. Fuente: arrecaballo.es

La arqueología nos muestra que en el siglo I a.C. se produjo un gran despoblamiento por abandono de las tierras que las fuentes ubican como lugar de origen de los godos, pero no se han hallado pruebas del “traslado” de estas poblaciones al sur del Báltico. Por tanto, los arqueólogos tenemos que aceptar, aunque sea a regañadientes, la multitud de relatos históricos entre los siglos I y IV que coinciden en afirmar aquellas tierras como las originarias de los godos.

Así que podemos concluir que en torno al año 100 a.C. hubo grupos de godos que abandonaron Escandinavia para trasladarse al otro lado del mar Báltico y que, hacia el 20 a.C., tras haber sometido a los habitantes del lugar, estaban sólidamente asentados en las tierras en torno a la desembocadura del río Vístula. Por otro lado, como Jordanes indica que en su migración hacia el sur los godos arrollaron a los vándalos, se ha pensado una cierta relación entre la migración de los godos hacia el sur y el este con el desplazamiento hacia el oeste y el sur de otros pueblos como longobardos, vándalos y burgundios; dando lugar así a las feroces guerras marcomanas producidas entre el 165 y el 189 d.C.

Bibliografía:

Imagen destacada tomada de Desperta Ferro Especiales XXIII: Ejércitos medievales hispánicos (I). Los visigodos. Autor: Adrian Ziliox.

Jiménez Garnica, Ana Mª. (2010): Nuevas gentes, nuevo Imperio: los godos y Occidente en el siglo V, Editorial UNED, Madrid.

Sanz Serrano, R. (2009): Historia de los godos, una epopeya histórica de Escandinavia a Toledo, La Esfera de los Libros, Madrid.

Soto Chica, J. (2020): Los visigodos. Hijos de un dios furioso, Desperta Ferro Ediciones, Madrid.

Reseña de “Adrianópolis”, Desperta Ferro. Después de la batalla.

Imagen de cabecera: Transcurso de la batalla de Adrianópolis. Fuente: araceliunpocodehistoria.com

En esta segunda reseña del número 50 de Desperta Ferro Antigua y Medieval terminaremos de desgranar las consecuencias que tuvo para ambas partes del Imperio romano la derrota de Adrianópolis en la que el emperador Valente perdió la vida. Nos hemos dilatado en el tiempo, pero para los que todavía no tenéis el número en vuestro poder os animamos encarecidamente a haceros con él, nunca habíamos visto un análisis tan exhaustivo y bien documentado de un hecho con sus consecuencias. ¡No os lo podéis perder! Sin más, procedemos a terminar esta reseña sobre la revista. ¡Bienvenidos a Tracia! Continúa leyendo Reseña de “Adrianópolis”, Desperta Ferro. Después de la batalla.