La Hispania sueva, vándala y alana. “La espada y el arado”.

Hemos visto en la entrada anterior cómo la nobleza romana occidental atesoraba ya grandes privilegios y poderes, hasta el punto de tener reservada para sus miembros toda una élite municipal en las ciudades, unos cargos que ya habían dejado ser públicos y accesibles a cualquier ciudadano romano en la práctica. Hoy nos trasladaremos de nuevo a la Hispania inmediatamente posterior a Dídimo y Veriniano. Hoy hablamos de esas oleadas de suevos, vándalos y alanos que se desperdigaron por la Península y la reacción romana –godos mediante– para intentar recuperar estos territorios.

Como dijimos en la entrada de los dos nobles hermanos, el año 409 es en el cual cambió para siempre el equilibrio de poder en la Península Ibérica. Hasta ahora sólo había hispanorromanos, unos 4 o 5 millones, a los que ahora se les añadía un nuevo elemento: unos grupos más o menos homogéneos ya de bárbaros, de nuevas gentes. Para conocer estos momentos tenemos que contar con el obispo de la ciudad portuguesa de Chaves, antiguamente Aquae Flaviae que los presentó como la única razón de todos los males que se abatieron sobre Hispania. En su obra, Hidacio nos refleja el siguiente patrón de asentamiento:

(…) Se distribuyen por suerte los territorios de las provincias para asentarse en ellas. Los vándalos (llamados asdingos) ocupan Galicia, y los suevos su parte occidental, situada al borde del mar océano. Los alanos ocupan la Lusitania y la Cartaginense, y los vándalos silingos se quedan con la Bética. Los hispanos sobrevivientes a las plagas por ciudades y castillos se someten como esclavos a los bárbaros que dominan las provincias. (En Rosa Sanz, 2009, p. 183).

Imagen 1. Plano de Bracara Augusta en época romana y medieval. Bracara fue la capital de los suevos que permanecieron en Galicia hasta la absorción del reino por Leovigildo.

Lo más relevante es que los hispanos se replegaron a las ciudades y centros amurallados, desde donde los patronos y los burgarii o milicias de los burgos se encargarían de organizar la defensa. Respecto a su asentamiento seguramente el criterio de elección de lugares correspondería a sitios donde podían asentarse y conseguir un buen botín ante la falta de autoridad. Es cierto que al no tener firmado ningún foedus o pacto de hospitalidad, estos bárbaros no dejaban de ser invasores que debían permanecer en un estado de alerta constante. A pesar de ello Orosio nos diría que pasado un tiempo intentarían cambiar sus espadas por arados con que labrar la tierra, apoyando y convirtiéndose en amigos y aliados de los hispanos y obteniendo la paz.

Los alanos encontrarían la provincia más extensa con importantes núcleos poblacionales y comerciales como el puerto de Cartagena. A pesar de ello parece que Hidacio da más poder en su relato a los vándalos, tanto los de Galicia como los de la Bética. A pesar de no encontrar una resistencia organizada, parece evidente que en un primer momento no era tan importante el saqueo y la guerra sino encontrar sustento. Hablamos de una Hispania muy poco poblada y los bárbaros tendrían que saquear pequeñas aldeas dispersas para conseguir algo de comer antes que lanzarse al ataque de los grandes centros amurallados para obtener botines y riquezas. El cultivo de las tierras y la paz vendrían después. Si bien hubo resistencia por parte de algunas metrópolis a esa invasión como fue el caso de Mérida; el autor atribuye a los godos del rey Walia el éxito de que los demás pueblos fueran expulsados. Nos cuenta cómo ocasionaron numerosas muertes a los vándalos y mandaron a su rey Fredibalo a Rávena, también nos dice que derrotaron a los alanos y dieron muerte a su rey Adace y que en definitiva fueron ellos los que confinaron a los restos de aquellos grupos a los límites de Galicia. Fue por ello que se les concedieron tierras en Aquitania.

Con estos detalles Hidacio, que siempre fue pro imperial y confiaba en la voluntad de Honorio de reconquistar la Península, ponía de manifiesto cómo el emperador utilizaba a sus gloriosos federados para reinstaurar el orden romano en las provincias más occidentales.

Honorio y el general Constancio fallecieron poco después, quedando así el poder imperial en manos de Valentiniano III, hijo de Gala Placidia, la cual asumió el gobierno imperial hasta su mayoría de edad. Es en este momento donde destacan tres poderosos generales: Aecio y Félix en Italia y Bonifacio en África, tres comandantes ambiciosos y sobre los que destacará Aecio en un capítulo tan decisivo como los Campos Cataláunicos. Esa ambición llevó a dos de ellos, Bonifacio y Félix, a pugnar por la supremacía del uno sobre el otro. Félix cometió el error de reclutar a los bárbaros que deambulaban por la Península tras la derrota infligida por los visigodos y los utilizó de mercenarios para pasar a África. El asalto a las provincias africanas se realizó en 428 desde el estrecho de Gibraltar con un número estimado de 80.000 personas aparte de efectivos puramente militares. Una vez desembarcados en Tánger avanzaron por la Mauritania Tingitana, Cesariense y Sitifense sin que nadie les presentara resistencia. Poco a poco las familias fueron quedando en estos lugares mientras los guerreros avanzaban por Numidia, la Africa Proconsularis, la Bizacena y Tripolitania en su parte occidental, controlando rápidamente ciudades como Cartago y Trípoli.

Imagen 2. Progresión de la conquista vándala de África y la creación del reino en 439 bajo Hunerico.

El rey vándalo Genserico nunca se tropezó ni luchó con Bonifacio, pues Gala Placidia lo había hecho llamar para que le ratificara su lealtad. Con esa invasión huyeron muchas aristocracias hispano africanas, pero hubo parte de la nobleza que se quedó para colaborar y mezclarse con los recién llegados, organizando lo que ya era a efectos prácticos el reino vándalo de África. Los sucesivos monarcas vándalos reorganizaron rápidamente las estructuras políticas existente y pronto se adaptaron a las formas de vida romanas. En el año 439 se creaba pues el reino vándalo de Cartago y en 440 Aecio prometía a la pequeña hija de Valentiniano con Hunerico, el hijo de Genserico. Pocos problemas más tuvieron los vándalos hasta que Justiniano se lanzó a la reconquista de Occidente un siglo más tarde.

Bibliografía:

SANZ SERRANO, R: Historia de los godos. Una epopeya histórica de Escandinavia a Toledo, Madrid, 2009.

JIMÉNEZ GARNICA, A. Mª: Nuevas gentes, nuevo imperio: los godos y Occidente en el siglo V, Madrid, 2010.

CANDELAS COLODRÓN, C.: “Hidacio, ¿Obispo de Chaves? Iglesia, territorio y poder en el siglo V”, en Gallaecia, 21, pp. 287-294, 2002.

Imagen 1: http://goo.gl/HLoZJz

Imagen 2: http://goo.gl/4Ofq6W

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