Rastreando el pasado (I): ¿De dónde provienen los godos?

Dedicamos esta entrada a descubrir, a través de la historia y la arqueología, el origen de los godos y las razones que los llevaron a entrar en contacto con otros pueblos y con las fronteras romanas en el siglo III de nuestra era. Además, analizaremos qué clase de región era Germania y sus características principales.

Hay una región en Suecia que, desde tiempos antiguos, se llama Götaland y que en tiempos antiguos albergó un pueblo que conocemos como los götar o gautas, o, dicho de otra manera, los godos. Esta región se hallaba dividida en numerosos señoríos agrupados en dos entidades territoriales superiores: la Gotia del Este o Vestrogotia, y la Gotia del Oeste u Ostrogotia.

Imagen 1. Mapa de la región de Götaland en la Suecia actual, con Göteborg como capital de la región conservando aún el nombre de los godos. Fuente: Wikimedia.org

Durante toda la Edad Media, los habitantes de Götaland reivindicaron siempre a sus ancestros godos, y esa identificación podemos rastrearla documentalmente en el siglo VIII cuando se redacta el poema épico Beowulf, un héroe que ostenta de hecho el título de rey de los gautas o godos. Esa identificación se alargó durante toda la Baja Edad Media y aún en el siglo XVII encontramos evidencias de que suecos y españoles afirmaban ser descendientes de los godos. A este respecto encontramos la obra de Diego de Saavedra Fajardo Corona gótica, castellana y austriaca políticamente ilustrada, un tratado destinado a facilitar el acercamiento en las negociaciones entre españoles y suecos de cara a la Paz de Westfalia de 1648. Pero remontémonos más atrás.

Jordanes, en su archiconocida obra Getica escrita hacia 551 d.C. afirmó que Escandinavia era el lugar desde donde los godos habían partido y que, por lo tanto, allí se encontraba su cuna. Hay que destacar que Jordanes no nos habla de la Escandinavia del año 100 a.C. sino de la contemporánea al momento en que él escribe. El autor señala a los gautigodos como una raza de “hombres fieros, siempre dispuestos a combatir”. Tras ellos, menciona a los ostrogodos y los greoringos. Parece viable identificar a los gautigodos de Jordanes con los gautas de Beowulf, una teoría que refuerza Procopio cuando también describe la Escandinavia del siglo VI colocando a los gautas. La conexión entre estos gautas del siglo VI y los del siglo VIII del poema épico parece clara, pero ¿qué hay de los godos que aparecieron en las fronteras romanas durante el siglo III? ¿Podían los godos del siglo VI tener evidencias ciertas de su origen escandinavo? Echemos un vistazo a una historia que Procopio recoge.

Imagen 2. Idealización de unos guerreros bárbaros. Los gautas/godos podrían encajar con este perfil. Fuente: etniasdelmundo.com

Había asentado un gran contingente de hérulos en la región danubiana al servicio del emperador Justiniano. Habían llegado allí en torno al año 510 tras ser derrotados por los longobardos, pero algunas bandas de hérulos decidieron emigrar hacia otros lugares. Una de ellas concretamente decidió emprender un largo camino hacia el norte hasta alcanzar la costa del mar Báltico, en torno a lo que hoy es Mecklemburgo y Pomerania. Aún caminarían más, pues liderados por caudillos de la familia real, atravesaron el Báltico hasta las tierras de los daneses y a las de los hérulos del norte, sus parientes, y allí decidieron instalarse junto a los gautas o godos.

Años más tarde, los hérulos que se habían quedado en tierras de Justiniano como federados del emperador, asesinaron a su rey. Pero poco después se arrepintieron y decidieron mandar una embajada a las lejanas tierras nórdicas de sus parientes, aquellos que hacía ya treinta años que se habían asentado allí en torno a las raíces de su pueblo. Tras numerosos meses de viajes y penurias, la embajada llegó al lejano norte y allí seleccionó a un miembro superviviente de la vieja familia real hérula que, junto a unos doscientos guerreros, emprendieron el camino de vuelta hacia las tierras del emperador Justiniano. Como había pasado tanto tiempo, los hérulos que quedaron en territorio imperial se cansaron de esperar y pidieron al emperador que les diese un rey. Éste, encantado con la idea, les envió a Suartuas, un noble hérulo de su confianza que le servía como guardia personal y que, poco después, fue aclamado como rey de los hérulos.

Todo fue perfecto hasta que la embajada del norte regresó a salvo y triunfante, con nada menos que un rey hérulo de Escandinavia para acaudillar a su pueblo. El choque entre ambos monarcas fue inevitable, y los hérulos del Danubio acabaron por abandonar al que había propuesto Justiniano para pasarse al otro bando. El emperador no se lo tomó demasiado bien y apoyó con tropas y dinero a su candidato en una encarnizada guerra civil que ensangrentó al pueblo hérulo. Temerosos de la cólera imperial, muchos hérulos se pusieron bajo la protección de los gépidos, longobardos y ávaros, pueblos en guerra permanente con el Imperio y entre sí mismos. Así llegamos al final de la historia, encontrando que los hérulos fueron diluyéndose poco a poco hasta encontrar la última mención al respecto de ellos en el 599, entremezclados y diluidos ya con grupos de gépidos, búlgaros y eslavos.

Una historia fascinante, pero lo que nos interesa es que Procopio afirmó que tomaba sus fuentes de informantes directamente llegados de Escandinavia y de hérulos protagonistas de los sucesos que hemos mencionado, es decir, que en pleno siglo VI un pueblo germánico que había migrado desde Escandinavia a la par que los godos y que había vagado por Europa, desde España hasta Ucrania, conservaba todavía el vivo recuerdo de su origen escandinavo hasta el punto de regresar para asentarse en la tierra de sus ancestros. Es evidente que nada de esto se habrían planteado si los hérulos no conservasen, además de recuerdos, noticias ciertas y frescas de la pervivencia de sus parientes asentados en el norte. El relato de Procopio nos muestra, por tanto, con qué facilidad un pueblo podía migrar en la Europa de aquel momento y cómo una banda guerrera de no más de doscientos miembros podía plantearse atravesar media Europa para buscar a un candidato con el que reclamar un trono y unas tierras ubicadas en el Imperio.

Así que tal vez las sagas y canciones germánicas a las que con frecuencia acude Jordanes encierren no poca verdad y, en el caso del origen escandinavo de los godos, tener toda la razón. Pero ¿qué hay de la arqueología?

Imagen 3. Ruta de emigración del pueblo godo hacia el sur con sus respectivas fechas. Fuente: arrecaballo.es

La arqueología nos muestra que en el siglo I a.C. se produjo un gran despoblamiento por abandono de las tierras que las fuentes ubican como lugar de origen de los godos, pero no se han hallado pruebas del “traslado” de estas poblaciones al sur del Báltico. Por tanto, los arqueólogos tenemos que aceptar, aunque sea a regañadientes, la multitud de relatos históricos entre los siglos I y IV que coinciden en afirmar aquellas tierras como las originarias de los godos.

Así que podemos concluir que en torno al año 100 a.C. hubo grupos de godos que abandonaron Escandinavia para trasladarse al otro lado del mar Báltico y que, hacia el 20 a.C., tras haber sometido a los habitantes del lugar, estaban sólidamente asentados en las tierras en torno a la desembocadura del río Vístula. Por otro lado, como Jordanes indica que en su migración hacia el sur los godos arrollaron a los vándalos, se ha pensado una cierta relación entre la migración de los godos hacia el sur y el este con el desplazamiento hacia el oeste y el sur de otros pueblos como longobardos, vándalos y burgundios; dando lugar así a las feroces guerras marcomanas producidas entre el 165 y el 189 d.C.

Bibliografía:

Imagen destacada tomada de Desperta Ferro Especiales XXIII: Ejércitos medievales hispánicos (I). Los visigodos. Autor: Adrian Ziliox.

Jiménez Garnica, Ana Mª. (2010): Nuevas gentes, nuevo Imperio: los godos y Occidente en el siglo V, Editorial UNED, Madrid.

Sanz Serrano, R. (2009): Historia de los godos, una epopeya histórica de Escandinavia a Toledo, La Esfera de los Libros, Madrid.

Soto Chica, J. (2020): Los visigodos. Hijos de un dios furioso, Desperta Ferro Ediciones, Madrid.

Reseña de “Adrianópolis”, Desperta Ferro. Antes de la batalla.

¡Volvemos a la carga germanos! Pido disculpas por este largo parón al que he tenido sometido el blog y también a todos vosotros, que me seguís por el interés que demostráis en lo que aquí se publica. El trabajo, los estudios del máster y la falta de tiempo han provocado ese parón, pero con esta primera de dos reseñas que pretendo llevar a cabo acerca del número 50 de Desperta Ferro quiero volver a dar vida al blog. De nuevo, ¡muchas gracias por estar ahí! Continúa leyendo Reseña de “Adrianópolis”, Desperta Ferro. Antes de la batalla.