Conociendo la Península Ibérica por los cuatro costados (IV). La red fluvial y la vegetación.

Con este artículo finalizamos por fin nuestro recorrido por la Península Ibérica a todos los niveles de la Geografía física: a través del origen del relieve, los tipos de relieve y el tipo de climas que caracterizan las regiones que habitamos. Hoy cerramos esta serie de cuatro artículos con un recorrido por los ríos y la vegetación predominante según la región española donde nos encontremos. ¿Conocéis la vegetación característica de vuestra zona? Descubrámosla.

La red fluvial en España.

Como hemos visto, la Península Ibérica, debido al relieve que la caracteriza y a su basculamiento hacia el Atlántico, vierte prácticamente todos sus ríos a este océano; incluyendo aquí también a los del mar Cantábrico. Pero también tiene otros que vierten hacia el Mediterráneo. Hemos de decir que en ambos archipiélagos no hay ríos tal y como los conocemos, sino torrentes y barrancos que pueden llevar mucha agua en un momento determinado cuando llueve. Veamos esas vertientes.

Imagen 1. Vertientes españolas con los ríos y afluentes principales. Fuente: aprendogeografiaensociedad.blogspot.com

La vertiente atlántica.

Imagen 2. Vertiente atlántica con los ríos más relevantes. Fuente: pinterest.com.

Es la más extensa, ya que engloba el 69% del caudal peninsular. Aquí incluimos por un lado la vertiente cantábrica, los ríos que discurren por la Meseta y el Guadalquivir.

– La cuenca norte incluye los ríos cantábricos y gallegos. La mayoría de ellos nacen en la Cordillera Cantábrica, y en su recorrido excavan profundos cursos para poder salvar el relieve que los separa del mar. Tienen una gran fuerza erosiva y carácter torrencial, su caudal es abundante y regular, con régimen de alimentación pluvio-nival, es decir, se alimentan tanto de las lluvias como de las nieves de las montañas. Los ríos vascos son más regulares, como el Bidasoa o el Nervión, mientras que los cántabros y astures como el Sella o el Narcea tienen una gran fuerza erosiva. Por último, los ríos gallegos como el Sil o el Miño tienen cursos más suaves.

– Los grandes ríos meseteños y el Guadalquivir son de gran longitud y discurren por extensas llanuras en un ambiente mediterráneo continental con aridez estival, lo que redunda en un régimen irregular a lo largo del año, aunque reciben aporte hídrico de sus afluentes. Estos ríos son el Duero, el Tajo, el Guadiana y el que ilustra el apartado.

La vertiente mediterránea.

Imagen 3. Vertiente mediterránea con los ríos más relevantes. Fuente: colegiomadridsur.blogspot.com

Se extiende de norte a sur por el litoral mediterráneo, y esta divisoria viene determinada por el Sistema Ibérico y las Cordilleras Béticas. La proximidad generalizada de estos relieves al mar, determina que sus cuencas sean reducidas, los cursos tengan poca longitud y que las cabeceras tengan pronunciadas pendientes como sucede en el caso cantábrico; aunque el Ebro es la excepción, tanto en estas características como en el estiaje que sufren los demás caudales mediterráneos, aunque todos ellos pueden experimentar repentinas crecidas ante fenómenos climáticos recurrentes como las DANAS. Destacamos aquí ríos como el Tero el Llobregat, el Júcar o el Segura y el Almanzora o el Guadalhorce.

Los ríos insulares, Ceuta y Melilla.

En las islas Baleares encontramos cauces secos durante la mayor parte del año, existiendo crecidas cuando hay abundantes precipitaciones. Hemos de tener en cuenta que, debido al relieve calizo predominante, mucha de la circulación fluvial es subterránea.

En las islas Canarias la aridez y el roquedo volcánico provocan que no existan cursos permanentes de agua, ya que las escasas precipitaciones caen rápidamente al mar a través de barrancos.

En Ceuta y Melilla encontramos arroyos de escasa longitud y marcado carácter estacional y torrencial cuando llueve mucho. Cabe destacar el río Oro en Melilla como ejemplo de cauce seco.

La vegetación en la Península Ibérica.

Imagen 4. Regiones biogeográficas de Europa occidental y el norte de África determinadas por el clima. Fuente: elauladehistoria.blogspot.com

Antes de desgranar nada hemos de destacar que, tanto en España como en Portugal, las formaciones vegetales son actualmente formaciones regresivas, es decir, formaciones vegetales muy alteradas por el hombre. Se trata, por tanto, de una vegetación cada vez más alejada de lo que denominamos estado climácico o de equilibrio entre la vegetación y el medio en ausencia de actividad humana. Este estado es visible en dos aspectos: por un lado, los bosques, que han reducido drásticamente su extensión y por otro, las especies vegetales foráneas introducidas por el hombre, como el eucalipto, que han hecho retroceder a las especies autóctonas.

Hemos de distinguir por tanto entre las regiones y tipos de vegetación existente en nuestro país:

La región eurosiberiana.

Se ubica en el área septentrional donde predomina el clima oceánico, y se distinguen sobre todo dos formaciones vegetales: el bosque caducifolio, el matorral atlántico y el bosque de transición.

Imagen 5. Hayedo de Liébana (Cantabria), el ejemplo de vegetación climácica de la región eurosiberiana. Fuente: guiarepsol.com

            – Bosque caducifolio: Supone la vegetación climácica de la región. Se trata de un bosque denso que genera zonas de umbría, con árboles de tronco recto y gran altura. Debido a la escasa luz que se filtra, el sotobosque es pobre, y destacan especies autóctonas como el roble o el haya; mientras que como especies foráneas destacan el castaño, el pino y el eucalipto.

            – Matorral atlántico: Conformado por especies como el tojo, el brezo, la retama y el piorno. Es una formación leñosa y densa que sustituye al bosque cuando se degrada. Al mismo tiempo, cuando se degradan las zonas de matorral atlántico, aparecen las praderas.

            – Bosque de transición o marcescente: Se da en zonas de transición al clima mediterráneo, y está conformado por especies como quejigos y rebollos, especies adaptadas a la sequía y al frío.

En lo que respecta a los suelos de esta región, encontramos el predominio de la tierra parda y rica en humus, apta para el cultivo y los pastos. En los suelos silíceos se forma el ránker y en los calizos la rendsina que, erosionados y en pendiente, sólo pueden ser aprovechados para bosque y pasto.

La región mediterránea.

Imagen 6. Encinar de Los Pedroches (Córdoba), el ejemplo de vegetación climácica mediterránea. Fuente: comunidadism.es

Se ubica en aquellas áreas donde predomina el clima mediterráneo, excepto en las áreas de montaña. La aridez estiva es muy acusada, y es por ello por lo que encontramos bosque esclerófilo y matorral mediterráneo, con especies adaptadas a la sequía y a las altas temperaturas.

            – Bosque esclerófilo: Supone la vegetación climácica de la región. Predominan especies adaptadas a la aridez, con hojas perennes, pequeñas y endurecidas, siendo la encina el exponente principal por su capacidad de adaptación a diversos medios y altitudes. Hoy en día no quedan ya encinares climácicos, pues han sido sustituidos por dehesas para aprovechamiento ganadero. A parte de la encina, destacamos especies como el alcornoque, el roble, el algarrobo o el acebuche, siendo el pino la principal especie foránea.

            – Matorral mediterráneo: Conformado por hábitats como la maquia, la garriga y la estepa. La maquia cuenta con especies como la jara o el brezo, la garriga cuenta con el tomillo o el romero y la estepa con especies como el palmito, el tomillo o el espárrago.

En lo que respecta a los suelos de esta región, encontramos el predominio de la tierra parda meridional dedicada a las dehesas y pastizales, el suelo rojo mediterráneo muy fértil para todo tipo de cultivos, los vertisoles o tierras negras muy fértiles también y, por último, el serosem o suelo gris subdesértico, típico del sureste peninsular y muy malo para el cultivo.

La región macaronésica.

Imagen 6. Bosque de pino canario en el parque natural de Tamadaba (Canarias), el ejemplo de vegetación climácica de la región macaronésica. Fuente: wikimedia.org.

En nuestro caso, se da en el archipiélago canario, donde se combinan especies de origen tropical y atlántico con otras mediterráneas, conformando así una gran diversidad de especies con muchos endemismos, es decir, especies que se dan únicamente aquí. Pero mientras que en las islas de Fuerteventura y Lanzarote la vegetación es pobre, en las demás tenemos que fijarnos en la altitud, ya que dependiendo de eso encontraremos unas especies u otras.

            – Piso basal: Se da hasta los 400 metros de altitud, hay altas temperaturas y aridez y la vegetación es xerófila, adaptada a la sequía, como el cardón y la tabaiba.

            – Piso intermedio: Se da hasta los 800 metros de altitud, hay mayor humedad y las temperaturas se suavizan. Destacamos aquí la palmera canaria.

            – Piso montano: Se da hasta los 1200 metros de altitud, hay menor temperatura y disminuye la humedad. Destacamos los bosques de laurisilva y el brezal.

            – Piso montano mesocanario: Se da hasta los 2000 metros de altitud, y encontramos gran aridez. Destacan los bosques secos de pino canario y la vegetación climácica, acompañada de jaras, tomillos y retamas.

            – Piso de altas cumbres supracanario: Se da a más de 2000 metros de altitud, encontrando aquí un endurecimiento considerable de las condiciones climáticas, más aridez y fuertes heladas. La vegetación es escasa, pero aún así encontramos endemismos fantásticos como la violeta del Teide.

Para concluir el artículo, debemos dedicar unas líneas a hacer mención a la vegetación de ribera, donde encontramos especies caducifolias e hidrófilas, adaptadas a la presencia constante de agua. Se ubica en las orillas de los ríos y lagos, y encontramos especies como el aliso, el sauce, el chopo, el espino y la zarza, junto a helechos y enredaderas. Actualmente este tipo de vegetación está en franco retroceso por la actividad humana.

La vegetación de montaña cerraría los tipos de vegetación existente en la península, una vegetación que varía en función de la región biogeográfica donde nos encontremos. En el caso de la Península Ibérica distinguimos las especies eurosiberianas y las mediterráneas.

Bibliografía:

Imagen de cabecera: Parque Natural de Tamadaba, Gran Canaria.

VV.AA (2002): Geografía de los Grandes Espacios Mundiales I y II. Editorial UNED.

VV.AA (2009): Geografía General I. Geografía Física. Editorial UNED.

Conociendo la Península Ibérica por los cuatro costados (II). Las unidades montañosas.

En la anterior entrada hicimos un recorrido más o menos sintético —y un poco intenso— por el origen del relieve en el caso de nuestro país. Hicimos un largo viaje por las eras geológicas desde los más remotos orígenes precámbricos hasta la actualidad, lo que nos servirá de base para entender mejor el asunto que tratamos aquí: ¿Cómo es el relieve peninsular? ¿Y el de las islas? Vamos a descubrirlo.

Dentro del relieve peninsular, en la gran diversidad de rocas que lo caracteriza, distinguimos sobre todo dos grandes conjuntos: por un lado, la Meseta, que es la unidad clave y central del relieve peninsular y que, a su vez, está dividida en unidades interiores que descubriremos a continuación, y los rebordes montañosos que la rodean. Además, vamos a encontrar lo que denominamos como unidades exteriores alpinas, como los Pirineos o las Cordilleras Béticas, debido a su origen en la orogenia alpina que también descubrimos en la anterior entrada.

El epicentro del relieve español: La Meseta.

Imagen 1. Diagrama de la Península Ibérica donde se ubica la Meseta y sus divisiones en dos submesetas. Fuente: e-junior.net

Como decíamos, es la unidad central del relieve peninsular y que tiene una elevada altitud media —unos 660 metros sobre el nivel del mar—. Se trata de un gran zócalo de rocas silíceas cristalinas emergidas durante el Paleozoico, muy arrasado por la erosión del Mesozoico que se encuentra inclinada hacia el Atlántico, determinando así la red fluvial. La Meseta está dividida a su vez en dos submesetas por el Sistema Central, compuestas por rocas silíceas cubiertas de materiales sedimentarios y donde dominan los paisajes horizontales, tal es el caso de las grandes llanuras castellanas. Vamos a analizarla más de cerca:

– El zócalo paleozoico: Fue formado por rocas silíceas durante el Precámbrico y el Paleozoico como granito, pizarra y cuarcita, que sólo son visibles en superficie en la zona de Salamanca, Zamora, Extremadura y el Alentejo portugués; mientras que en el resto de lugares está cubierto por materiales sedimentarios erosionados y excavados por el río Duero en la submeseta norte y por el Tajo y Guadiana en la submeseta sur.

– Las cordilleras interiores: Están formadas por materiales silíceos levantados durante el Paleozoico según el modelo de horst o bloques levantados y graben o bloques hundidos. Los bloques levantados se corresponderían con el Sistema Central y los Montes de Toledo y los hundidos con las dos submesetas. Hemos de recordar que la orogenia alpina revitalizó estos relieves y los volvió a levantar un poco. De entre los bloques levantados, destacamos por su importancia al Sistema Central, que divide la Meseta en dos y que, a su vez, está dividido en cuatro conjuntos, que son Somosierra, Guadarrama, Gredos y Gata. Por su parte, los Montes de Toledo dividen la submeseta sur en dos, separando así las cuencas de los ríos Tajo y Guadiana.

Imagen 2. Vista aérea desde Ávila de la sierra de Gredos, una de las partes del Sistema Central. Fuente: wikimedia.org.

– Las cuencas sedimentarias interiores: Se corresponden con las ya citadas submesetas norte y sur y se formaron por el hundimiento de los bloques duros durante la orogenia herciniana, generando lagos que luego se colmataron de sedimentos. Hemos de decir que la submeseta norte es más alta y uniforme, rondando los 800-850 metros de altitud media. Está recorrida por el río Duero y en su parte más occidental pueden verse los afloramientos del zócalo que mencionábamos antes, concretamente en los Arribes del Duero, mientras que la submeseta sur es más baja, rondando los 500-700 metros de altitud media.

Imagen 3. Vista de la amplitud de la Meseta en uno de los tramos del Camino de Santiago. Fuente: caminoadventures.com

Los rebordes montañosos de la Meseta.

Son varias unidades las que encontramos aquí, y todas se originaron cuando el macizo Hespérico, el primitivo núcleo que formó la Península Ibérica, se fracturó.

– El Macizo Galaico: La orogenia alpina fracturó este bloque del zócalo y produjo un gran abombamiento recorrido por fallas. Su composición es de roca silícea y la erosión lo ha redondeado. Se compone de los Montes de León, donde sobresalen alturas como el pico del Teleno de 2.188 metros, montañas y cuencas medias como el Bierzo y una zona costera muy recortada y que forma rías, como en la costa gallega.

Imagen 4. Vista del Macizo Galaico atravesado por el río Sil. Fuente: riosdelplaneta.com.

– La Cordillera Cantábrica y los Montes Vascos: Se extienden desde Galicia hasta los Pirineos y aíslan la Meseta de la influencia marina del mar Cantábrico. La Cordillera Cantábrica tiene una parte occidental, de rocas paleozoicas fracturadas con cumbres altas y romas y una parte oriental, de rocas calizas con altas cumbres y hoyas, destacando picos como Torre Cerredo con 2648 metros de altitud.

La montaña de transición a los Montes Vascos, también conocida como montaña santanderina, combina zócalo paleozoico con una cobertera sedimentaria caliza, habiendo sido el relieve erosionado por la acción del agua durante millones de años generando cavidades y cuevas naturales como Altamira, ocupadas desde el Paleolítico. Como decíamos, los Montes Vascos, también de naturaleza caliza, enlazan con los Pirineos.

Imagen 5. Vista de los Picos de Europa, una de las zonas más representativas de la Cordillera Cantábrica. fuente: haciendadedonjuan.com.

– Sistema Ibérico: Se extiende desde la sierra de la Demanda, en Burgos, hasta Valencia. Aquí predominan las rocas calizas, aunque en algunos lugares podemos ver los materiales paleozoicos del zócalo. Distinguimos su mitad septentrional, donde se dan las sierras plegadas y falladas en la sierra de la Demanda o los Picos de Urbión; y su mitad meridional, donde se da el ramal exterior o aragonés, con materiales calizos como en el Maestrazgo y el ramal interior o castellano con materiales paleozoicos como en la sierra de Albarracín, aunque también encontramos algunas regiones calizas como la serranía de Cuenca. Ambos sectores están separados por la fosa de Calatayud – Teruel.

Imagen 6. Vista del Pico del Moncayo, al fondo, en el Sistema Ibérico. Fuente: wikimedia.org.

– Sierra Morena: Se trata de un escalón tectónico que separa la Meseta de la depresión del Guadalquivir, de naturaleza silícea y formada en el paleozoico. Destacan las sierras de Madrona, Almadén, Alcudia y los Pedroches; siendo Despeñaperros el paso habitual desde el valle del Guadalquivir hacia la Meseta y viceversa.

Imagen 7. Cascada de la Cimbarra, en Aldeaquemada, Sierra Morena. fuente: wikimedia.org.

Las unidades exteriores a la Meseta o alpinas.

Aquí encontramos todas las unidades del relieve que encontramos fuera de la Meseta y sus rebordes, como son los Pirineos, la Cordillera Costero-catalana, las Cordilleras Béticas y las depresiones del Ebro y del Guadalquivir.

– Los Pirineos: Unen a la Península Ibérica con el continente europeo y encontramos su altitud máxima en su parte central. Su nacimiento se debió a la colisión de la microplaca Ibérica con la Euroasiática durante la orogenia alpina, sufriendo posteriormente un modelado por los hielos muy intenso.

Hemos de destacar la parte central o Pirineo Axial, donde afloran los restos del macizo paleozoico y los materiales más antiguos. Aquí se dan las mayores altitudes con los picos como el Aneto con 3404 metros muy afectados por la erosión glaciar. Por otro lado, se encuentra el Prepirineo, formado por materiales sedimentados durante el Mesozoico y que se levantaron en la orogenia alpina. Son de composición caliza y tienen estructura plegada por tratarse de materiales blandos.

Imagen 8. Vista del Pirineo Axial, la parte central y de más elevación de los Pirineos. fuente: iagua.es.

– Cordillera Costero-catalana: Se trata de dos alineaciones montañosas que se extienden paralelas a la costa y que aíslan la depresión del Ebro de la influencia marina del Mediterráneo, además de enlazar desde los Pirineos hasta el Sistema Ibérico. Entre ambas alineaciones se encuentra una estrecha depresión habitada por poblaciones como Sabadell o Terrasa, y están atravesadas por los ríos Ter y Llobregat.

Imagen 9. Vista de Montserrat, en la Cordillera Costero-catalana. Fuente: nationalgeographic.com.es.

– Cordilleras Béticas: Se extienden desde Cádiz hasta el cabo de la Nao, prolongándose hacia Baleares. Su levantamiento se produjo en la orogenia alpina y podemos dividirlo en tres unidades.

Por un lado, la cordillera Penibética, próxima a la costa y que se extiende desde la Serranía de Ronda hasta el desierto de Tabernas, en Almería. En Sierra Nevada afloran los restos del paleozoico con los materiales más antiguos, y encontramos glaciarismo sólo en Sierra Nevada y en su pico más alto, el Mulhacén, con 3479 metros.

Por otro lado, la cordillera Subbética, situada al norte de la anterior y que se extiende desde Ronda y Grazalema hasta las sierras de Cazorla, Segura y Las Villas. Acto seguido se sumerge en el Mediterráneo, para finalmente emerger formando las islas Baleares. Aquí encontramos altitudes menores y sus rocas son de composición caliza.

Por último, la depresión intrabética, situada en la zona intermedia entre aquellas dos. Se trata de un conjunto de extensas llanuras de materiales blandos y arcillosos, produciendo un paisaje variado y donde encontramos formaciones como cárcavas y badlands debido al arrastre de las aguas en un suelo inestable y que se extienden desde las Hoyas de Ronda y Antequera hasta Guadix y Baza.

Imagen 10. Vista de Sierra Nevada desde la estación de esquí. Fuente: turgranada.es

Hemos de dedicar algunas líneas a las depresiones del Ebro y del Guadalquivir. La primera se encuentra encerrada entre los Pirineos, el Sistema Ibérico y la Cordillera Costero-catalana y desemboca en el Mediterráneo. La segunda se ubica entre Sierra Morena y las Cordilleras Béticas y desemboca en el Atlántico y no forma una cuenca simétrica, ya que el río está mucho más próximo a Sierra Morena que a las Cordilleras Béticas.

El relieve de las islas Baleares y Canarias.

Las Baleares están conformadas por las islas de Mallorca, Menorca, Ibiza, Formentera y Cabrera, y se tratan de una prolongación de la Cordillera Subbética de la que ya hemos hablado. En algún momento de la orogenia alpina los materiales calizos sedimentados se alzaron y emergieron del mar conformando el archipiélago.

Mallorca se divide en tres unidades. Por un lado, la Sierra de Tramontana en el noroeste con picos como el Puig Major con 1445 metros y la Sierra de Levante en el sureste. Entre ambas encontramos una llanura interior llamada Pla, de rocas arcillosas. Menorca es fundamentalmente llana y destacan comarcas como la de Tramontana o la del Migjorn, al sur de la isla.

Imagen 11. Vista de la Cala Pi, de Mallorca, en un típico paisaje calizo. fuente: viajerospiratas.es.

Respecto a las islas Canarias, hemos de decir que su origen es volcánico y emergieron hace aproximadamente 20 millones de años atrás, aunque no todas las islas al mismo tiempo ya que su edad es decreciente desde el este hacia el oeste, siendo Lanzarote la más antigua y El Hierro la más reciente. El relieve de Fuerteventura y Lanzarote está ya muy erosionado y aplanado, presentando formas volcánicas características como barrancos y malpaíses; mientras que el relieve del resto de islas es más abrupto y presenta mayores altitudes, como por ejemplo Tenerife con el Teide, de 3718 metros, además de presentar numerosos conos volcánicos, barrancos de gran profundidad y calderas como la de Taburiente en la isla de Gran Canaria.

Imagen 12. Vista del Parque Nacional de la Caldera de Taburiente, en Gran Canaria. Fuente: wikimedia.org.

Bibliografía:

Imagen destacada extraída de: lavozdepuertollano.es

vv.aa (2002): Geografía de los Grandes Espacios Mundiales I y II. Editorial UNED.

vv.aa (2009): Geografía General I. Geografía Física. Editorial UNED.