Dídimo y Veriniano. La situación de Hispania en el siglo V

En la última entrada de 2014 vimos qué tipos de pactos regulaban las relaciones entre romanos y bárbaros, los conocidos como pactos de hospitalidad o foeda. Hoy vamos a centrarnos en Hispania y en su situación previa al saqueo de Roma por Alarico. ¿Qué pasó en esta provincia mientras en Italia los godos ponían en jaque al emperador? Es famosa la historia de los hermanos Dídimo y Veriniano y su defensa heroica de Hispania frente a usurpadores y bárbaros; pero ¿Realmente la historia es como nos la han contado? Hoy vamos a analizar a estos dos personajes para entender la situación política de Hispania a principios del siglo V y comprobar si esta provincia estaba inmersa en las dinámicas del resto del Imperio o por el contrario fue un fenómeno a parte. Continúa leyendo Dídimo y Veriniano. La situación de Hispania en el siglo V

El fin de una Era. Alarico entra en Roma

En la anterior entrada hemos podido ver cómo surgió en la historia política europea un nuevo personaje que tuvo mucho que decir en el Imperio Romano. Se trataba de Alarico, un rey visigodo que logró obtener de Roma lo que quería a cambio de la no devastación de territorio romano. Vimos cómo su amistad con Estilicón, el gran general imperial, impidió que otro godo con aviesas intenciones, Radagaiso, devastara Italia entera. Alarico era un hombre ambicioso que aspiraba a lograr por las buenas o por las malas las magistraturas y las riquezas que pretendía. Hoy veremos que al final tuvo que optar por las malas. Continúa leyendo El fin de una Era. Alarico entra en Roma

El desastre de Adrianópolis

En la anterior entrada hemos podido ver la inestabilidad completa que caracterizó el siglo III para el Imperio de Occidente con la muerte de un emperador en guerra contra los bárbaros. En el siglo IV pudimos ver también la centralización absoluta de la monarquía imperial, que ponía ahora los asuntos en manos de consejeros y una burocracia estancada y despreocupada por los asuntos de las fronteras. En esta nueva entrada podremos acercarnos a uno de los dos sucesos que grabaron a los godos como protagonistas de la caída de Roma en el siglo V. ¿Estáis preparados?

Entre Occidente y Oriente.

Hemos de comenzar mencionando el nombramiento de Valentiniano como emperador. Valentiniano era un hombre nacido en el frente, un guerrero nacido de otro guerrero y además muy rudo, un emperador casi inculto pero con un carácter militar que intentó emplear en conducir al Estado a una situación más favorable. En 364 nombró a su hermano Valente el gobierno del Imperio Oriental mientras él se desplazaba a Tréveris para combatir desde allí los desmanes de los bárbaros incursores y reforzar así el limes occidental. Una vez allí tuvo que pacificar toda Britania y dar al traste con los intentos independentistas del norte de África dirigidos por indígenas.

Imagen 1. Siliqua romana de Valentiniano (364-375 d.C.), emperador de la parte occidental del Imperio. Fuente: tesorillo.com

Imagen 2. Siliqua de plata de Valente, (364-378 d.C.), emperador de la parte oriental del Imperio y protagonista de la gran derrota romana de Adrianópolis. Fuente: tesorillo.com

La dinastía valentiniana fue la que experimentó la suma fragilidad de la red militar del Imperio. Amiano Marcelino cuenta que Valentiniano tuvo que pedir ayuda a lo burgundios para luchar contra los francos, sajones y alamanes después de que los reclutas romanos de sus filas hubieran sido diezmados y le fuera imposible reunir nuevos soldados entre las reclutas obligatorias. Como pago, parte de esos bárbaros fueron asentados en el valle del Po, en el norte de Italia, y por tanto a las puertas de la misma Roma; lo que refleja la debilidad del emperador a negarse ante un pueblo bárbaro que quería asentarse en un territorio determinado.

Los choques entre Roma y los godos.

Desplazándonos ahora al lado romano-oriental, es en esta época en la que se fortalecieron los movimientos migratorios de los godos. Amiano distinguió dos confederaciones:

  • Los tervingios localizados entre los ríos Dniéster y Don y que se han representado como visigodos por Jordanes en el siglo VI.
  • Los greutingos localizados al otro lado del Dniéster y que se representaron después como ostrogodos.

Las fuentes nos presentan a Atanarico como primer jefe del pueblo godo manteniendo tratos con el emperador Valente respecto a armas, comida y respecto a misioneros arrianos en sus dominios, a los que, según estas fuentes, en un primer momento expulsó molesto y sin contemplaciones.

A estas incursiones godas se sumarían las de otros pueblos como sármatas, cuados, roxolanos, alanos y otros pueblos que en aquel momento habitasen en la zona danubiana. Las renovadas incursiones germanas en Occidente abrían así el período más conflictivo en las relaciones entre romanos y bárbaros, período materializado en dos sucesos que vamos a desgranar a continuación.

Imagen 3. Una imagen representativa de Tracia, mezcla de estepas y montes con flora característica del bosque mediterráneo. Fuente: flickr.com

El primero de ellos fue la buscada muerte de Valentiniano, emperador de Occidente en 375, enfrentando a los cuados del Danubio cuyo jefe había sido asesinado en un banquete durante unas negociaciones de paz. Su muerte supuso la automática reunificación del Imperio bajo el reinado de su hermano Valente aunque este entregó Galia, Hispania y Britania a Graciano e Italia, África e Iliria a Valentiniano II, hijo de una concubina y que quedó bajo la tutela de Graciano. Ambos eran hijos del difunto emperador occidental. El segundo de estos sucesos resulta más impactante. Zósimo narra cómo la confusión reinaba en las fronteras danubianas por culpa de los godos mientras el emperador organizaba de nuevo a los ejércitos para enfrentarse a los pueblos de Tracia desde su base en Marcianópolis. Desde aquí el emperador oriental desató una ira desmedida contra los bárbaros de las aldeas construidas entre selvas y pantanos empleando la guerra sucia y generando tanto horror y odio que después se materializaron en el episodio de Adrianópolis.

(…) Como éstos no se atrevían a aguardar a pie firme un combate en regla, sino que se mantenían ocultos en los pantanos (…) ordenó a los soldados que se mantuvieran en su sitio y, reuniendo a todos cuantos formaban parte del servicio del ejército y también a los encargados de vigilar los equipajes, prometió regalar cierta cantidad convenida de oro al que presentase una cabeza de bárbaro. Todos entonces, súbitamente exaltados por la esperanza de enriquecerse, penetraron en selvas y pantanos dando muerte a cuantos hallaban (…) (En Rosa Sanz, p. 107, 2009).

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Imagen 4. Godos y romanos chocan en Adrianópolis, una batalla en la que pereció el propio emperador Valente y que supuso un punto de inflexión en la relación de Roma con los godos. Fuente: despertaferro-ediciones.com

Las razones que dieron paso a este suceso y que nos narra Amiano Marcelino consisten en que los godos suplicaron al emperador Valente que éste los admitiera en sus territorios. El emperador puso como condición que éstos debían despojarse de las armas. El historiador relata que los romanos cometieron todo tipo de engaños pues los generales les pedían un precio exorbitado por la carne que aquellos solicitaban para saciar su hambre e incluso les vendieron perros inmundos a cambio de sus propiedades, hijos y padres, a los que entregaron como esclavos para que no murieran de hambre. Además tuvieron la intención de asesinar a sus cabecillas Alavivo y Fritigerno en un banquete; tras lo cual las masas atacaron y mataron un gran número de soldados y estos jefes se decidieron por proseguir la guerra, realizando terribles matanzas y, portando las armas romanas, se dispersaron por un amplio territorio sin encontrar oposición. Zósimo nos dice:

(…) Cruzaron los oficiales superiores y cuantos desempeñaban mando militar con el objeto de escoltar a los bárbaros desarmados por las fronteras romanas, pero no atendieron sino a elegir mujeres hermosas, a capturar muchachos lozanos con propósitos inmundos y a procurarse siervos y aparceros. Absortos en ello, descuidaron cualquier otra medida encaminada al provecho público, de donde naturalmente resultó que la mayoría pasó inadvertidamente con sus armas. (En Rosa Sanz, p. 109, 2009).

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Imagen 5. Momento en que las fuerzas de Valente, intentando asaltar la posición elevada y fortificada con un círculo de carretas de las fuerzas de Fritigerno; son rodeadas por éstas y exterminadas. Fuente: wikimedia.org

La culminación de la narración de estos hechos consiste en la debacle romana de Adrianópolis que le costó la vida a Valente el 9 de Agosto de 378 a manos del jefe godo Fritigerno, jefe de los greutingos y rival de Atanarico, del que ya hemos hablado. Los godos en realidad habían sido las víctimas de la corrupción romana y su reacción estuvo justificada. Valente estuvo solo a pesar de que pidió ayuda a Graciano.

La exterminación que sufrieron los romanos fue tal, que lo impactante de todo es que el cuerpo del emperador nunca fue recuperado, tal terror albergaron los romanos a acercarse tras la batalla al lugar del enfrentamiento. Los bárbaros se extendieron entonces abriendo un nuevo período histórico.

Graciano eligió a Teodosio como emperador de Oriente en 379, un emperador nacido en Cauca (Segovia). Desde ese momento fue el encargado de lidiar con los distintos grupos beneficiados del desastre (tervingios y greutingos), que deambulaban ahora por Mesia, Grecia, Tracia y Panonia.

Bibliografía:

LENSKI, N.: “El día más nefasto. La batalla de Adrianópolis”, en Desperta Ferro Antigua y Medieval Nº 50, pp. 40-48. Madrid, 2019.

SANZ SERRANO, R: Historia de los godos. Una epopeya histórica de Escandinavia a Toledo, Madrid, 2009.

La decadencia del Imperio de Occidente

En entradas anteriores hemos realizado un recorrido por todo el Barbaricum de más allá de las fronteras imperiales, hemos conocido a los pueblos que lo componían y los motivos que los llevaron a ser tan osados con sus vecinos mediterráneos. Hemos visto cómo el Estado romano integraba a los jóvenes bárbaros en las filas de las legiones para así aculturarlos a la manera romana y esperar con ello que esos jóvenes sirviesen de defensa previa contra los bárbaros de más allá del limes. Hoy vamos a trasladarnos al siglo III para conocer los problemas que, de forma creciente, pusieron en jaque a los sucesivos emperadores occidentales.

El comienzo de la decadencia de la hegemonía romana.

Podemos situar el punto de partida a mediados de este siglo, ya que en el año 251 d.C. el emperador Trajano Decio murió en la batalla de Abrittus contra una confederación de pueblos germánicos. La magnitud de esta muerte sienta una base para los peligros que están por venir para el Imperio, ya que los bárbaros habían dejado de ser una amenaza que combatir en escaramuzas. Ahora se habían llevado por delante la vida de un emperador. Tan sólo diez años después el emperador Valeriano era sometido a la esclavitud luchando en el frente oriental contra los persas.

Imagen 1. Áureo del emperador Trajano Decio, muerto en la batalla de Abrito en 251 d.C. a manos de los godos de Cniva. Fuente: aureocalico.bidinside.com

En este caos es cuando tenemos noticias de posibles godos atacando las provincias danubianas bajo la denominación de gépidos. Esto podemos saberlo porque siglos más tarde San Isidoro menciona que fue en aquel momento cuando los godos descendieron de los montes que habitaban y devastaron las provincias llegando incluso hasta el Peloponeso griego e incluso a Bizancio en el año 258. Zósimo nos relata el peligro de estos tiempos, incluso los peligros que los bárbaros suponían para Roma:

Los escitas se aunaron en un propósito común y congregaron todos sus pueblos y linajes en un solo cuerpo, una fracción del cual devastaba Iliria y saqueaba las ciudades de aquella zona, mientras que la otra, tras invadir Italia, marchaba sobre Roma. En tanto que Galieno se hacía fuerte en los lugares de más allá de los Alpes y se ocupaba de guerrear contra los germanos, el Senado, viendo que Roma se hallaba en situación extrema, armó a los soldados que se encontraban en la ciudad, entregó igualmente armas a los más fuertes de entre la plebe y reunió un ejército que superaba en número a los bárbaros; atemorizadas ante ello, las fuerzas enemigas abandonaron Roma, pero se lanzaron sobre Italia, a la que castigaron prácticamente en su totalidad.

Los godos continuaron sus acciones conjuntas con los escitas en el Mar Negro, obligando al emperador Claudio II apodado “El Gótico” por sus victorias sobre aquellos, a reorganizar las defensas. A esta situación de peligro en Oriente se sumó la llegada de los germanos al extremo occidental del Imperio, pues grupos principalmente de francos y alamanes llegaron hasta la Península Ibérica. Orosio (en Rosa Sanz, pp. 97-98) denuncia la extrema violencia de estos grupos en regiones como Tarragona, y aunque si bien sus textos se han tildado de apocalípticos y catastrofistas, no hay que darlos por malos. La única suerte de los habitantes del Imperio era la incapacidad por aquel entonces de los godos y otros pueblos de no saber organizarse políticamente ya que el número de integrantes de esos grupos era muy reducido y el control que podían ejercer sobre ciudades y regiones era nulo.

La fortificación de las ciudades del Imperio.

Hasta tal punto este terror caló en la mentalidad romana que Roma fue fortificada con una nueva muralla construida por el emperador Aureliano entre 270 y 275, mientras que sus sucesores, Galieno y Probo, se vieron obligados a tratar con los grupos que merodeaban por las provincias integrándolos en el Imperio mediante la estructura de foeda o contratos de servicio militar a cambio de tierras. A estos grupos se los distribuyó por las provincias del limes, que sin dejar de sufrir el continuo devenir de las incursiones, ya estaban prácticamente barbarizadas.

Imagen 2. Plano de Roma. En oscuro tenemos el recinto protegido por las murallas servianas, del siglo IV a.C., las primeras murallas de Roma, y del recinto protegido por las murallas aurelianas, realizadas a finales del siglo III d.C. ante la amenaza bárbara. Los siglos III y IV d.C. fueron un momento de auge de la fortificación de los municipios romanos de todo el Imperio ante la amenaza cada vez más frecuente de ataques bárbaros. Fuente: wikimedia.org

Los acontecimientos que hemos descrito para el siglo III nos dan la impresión de que los bárbaros conocían lo que se gestaba más allá de su particular limes con los romanos. Ataques en los extremos de las fronteras siendo además aparentemente coordinados nos dan la impresión de ello. Además deberían conocer todas las guerras civiles que sacudían también las estructuras imperiales, conocían el escaso valor militar de las legiones en aquel período y la incapacidad del Estado para pagar a sus mercenarios tras décadas de guerras civiles. El culmen de ese descontento puede comprobarse en que algunas de las provincias brindaban su ayuda a estos bárbaros para intentar sacudirse de esa desesperada situación.

El traslado de la capital imperial a Constantinopla en tiempos de Constantino, pensando que así estaría mucho más protegido, provocó la mayoría de sucesos que tendrán lugar en el siglo IV. Los emperadores se aislaron progresivamente en sus cortes rodeados de eunucos y asesores que realmente dirigían los designios del Imperio. Poco a poco la visión del emperador-general que dirigía a las legiones fue desapareciendo y en su lugar apareció el emperador recluido en la Corte y protegido por un costoso aparato simbólico representado en las monedas y el arte. En un momento dado el obispo Sinesio de Cirene, al tiempo que se lamentaba de los problemas militares, incluso instaba al emperador Arcadio a mantener una mayor humildad de costumbres y de vida; no obstante la monarquía estaba ya muy lejos del Senado o del ejército, se había vuelto incontrolable y ello suponía que se encontraba cuestionada por muchos frentes: El Senado quedó como una institución honorífica, los decisiones las tomaba el consejo imperial o sacrum consistorium, concretamente al maestro de oficios que compartía el poder con el responsable de la justicia y el responsable del tesoro imperial. Ahora una burocracia interminable, despreocupada y anquilosada, miraba con indiferencia los problemas militares de las fronteras.

Las provincias gozaron entonces de mayor autonomía y al mando de los gobernadores provinciales se agruparon en diócesis al frente de cada cual se encontraba un vicario. Estas diócesis dependían en último término del general de caballería, el de infantería y éstos a su vez del magister militum praesentalis o general de los ejércitos; que a estas alturas era ya de procedencia bárbara. Esta organización tan autónoma respecto de la autoridad imperial provocó que no siempre los gobernadores locales o provinciales estuvieran de acuerdo con los designios de los generales; y fue la causa de numerosos movimientos rebeldes y secesionistas en el siglo IV con los bárbaros como indiscutibles protagonistas.

Bibliografía:

SANZ SERRANO, R: Historia de los godos. Una epopeya histórica de Escandinavia a Toledo, Madrid, 2009.

FERNÁNDEZ DELGADO, A.: “La caída de Roma” en Desperta Ferro, 1, pp. 6-9.